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Sueño tras ictus

hace 1 día
23 min de lectura

Actualizado: hace 19 minutos

La neurorrehabilitación también tiene turno de noche


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Levantad la mano quienes durmierais bien anoche. Así empecé la charla del 27 de octubre de 2026 en la III Jornada para familiares y pacientes con ictus, organizada por el Servicio de Neurología del Hospital Universitario Clínico San Cecilio de Granada, dos días antes del Día Mundial del Ictus. Se levantaron más o menos la mitad de las manos, que es justo lo que dicen los estudios. Y cuando pregunté cuántas de las que no habían dormido bien compartían cama con alguien que ronca, volvieron a subir unas cuantas (con alguna risa nerviosa).

Esta entrada recoge aquella charla y la amplía con sus fuentes. La idea que quiero que os llevéis es sencilla: tras un ictus, la neurorrehabilitación también tiene turno de noche. Mientras dormimos, el cerebro consolida lo que ha practicado, se reorganiza y se limpia; el ictus desordena ese turno, y dormir mal, a su vez, se asocia a más ictus. Lo bueno es que casi todo lo que lo desordena tiene arreglo.


¿Veinticinco años perdidos?

Si vivimos unos 75 años (y, por suerte, en nuestro entorno cada vez vivimos más), pasaremos unos 25 durmiendo. Un tercio de la vida. En una sociedad en la que todo es productividad (el rato que me sobra para el gimnasio, para ligar, para hacer fotos y subirlas a las redes), el sueño se ve casi como tiempo perdido, lo primero que recortamos cuando el día no da para más. Y se nota: según la Sociedad Española de Neurología (SEN), el 54 % de los adultos duerme menos de las 7 a 9 horas recomendadas, el 48 % no tiene un sueño de calidad y solo está diagnosticado alrededor del 10 % de quienes tienen un trastorno del sueño. Nueve de cada diez andan por ahí, escondidos (a veces, en la almohada de al lado, roncando).

¿De verdad importa tanto? Fijaos en algo que acabamos de vivir. El pasado domingo 25 de octubre atrasamos el reloj una hora. El día no fue ni más largo ni más corto: solo cambiamos el nombre que le damos a cada hora. Pues bien, en Finlandia, entre 2004 y 2013, los ingresos por ictus isquémico subieron un 8 % en los dos días siguientes a los cambios de hora, y un 20 % en mayores de 65 años. Es un efecto pequeño y pasajero (en el conjunto de la semana ya no se apreciaba), así que no es motivo de alarma; pero sí es una pista de lo mucho que le importa a nuestro cuerpo su reloj biológico.


Tres verdades y un mito

En la charla jugamos a verdad o mito con cuatro frases. Os las dejo aquí para que jueguéis antes de leer la respuesta (y si os quedáis con ganas de más, tenéis nuestra entra de Neuromitos en neurociencia clínica).

  • Diecisiete horas seguidas sin dormir afectan como conducir con alcohol. Verdad. Dawson y Reid lo publicaron en Nature en 1997: cuarenta personas hicieron una tarea de coordinación ojo-mano, unas veces sin dormir y otras tras beber alcohol. Tras 17 horas despiertas rendían como con 0,5 g/L de alcohol en sangre (el límite legal general para conducir en España), y tras 24 horas, como con 1 g/L. Si os levantasteis a las siete, a medianoche ya lleváis 17 horas despiertos; y pensad en cualquier profesional sanitario al final de una guardia.


  • El día después de adelantar la hora hay más infartos y accidentes. Verdad, con matices. En Michigan, con más de 42.000 ingresos por infarto tratados con angioplastia, hubo un 24 % más de infartos el lunes siguiente al cambio de primavera, aunque el total de la semana no varió; tras el cambio de otoño, el que acabamos de hacer, hubo un 21 % menos el martes (Sandhu y colaboradores, 2014). En la charla lo uní al cambio de anteayer y me colé: el aumento es al adelantarel reloj, cuando perdemos una hora de sueño. En Estados Unidos, los accidentes de tráfico mortales suben un 6 % la semana del cambio de primavera, sobre todo por la mañana (Fritz y colaboradores, 2020), y en un gran sistema sanitario estadounidense los incidentes de seguridad del paciente atribuibles a error humano aumentaron casi un 19 % en esa misma semana (Kolla y colaboradores, 2021).

  • Quien duerme menos de seis horas se resfría más a menudo. Verdad. Prather y colaboradores (2015) midieron durante una semana, con un sensor de muñeca, cuánto dormían 164 adultos sanos (no les quitaron el sueño: lo midieron tal cual) y después les pusieron gotas nasales con el virus del resfriado. Quienes dormían entre cinco y seis horas tuvieron más de cuatro veces más probabilidades de resfriarse que quienes dormían más de siete.

  • Una copita antes de dormir ayuda a descansar mejor. Mito. El alcohol acorta el tiempo que tardamos en dormirnos, eso es cierto, pero fragmenta la segunda mitad de la noche y reduce el sueño REM. Además, empeora la respiración durante el sueño: de media, suma unas dos o tres apneas o hipopneas más por hora, y bastantes más en quien ya ronca o tiene apnea. Te duermes antes, pero duermes peor.


Si la evolución no se ha deshecho del sueño, por algo será

Dormir es peligroso: mientras dormimos no vemos venir al depredador. Y, sin embargo, el sueño aparece en animales muy alejados entre sí, con soluciones a veces sorprendentes. Los delfines duermen con medio cerebro: un hemisferio descansa mientras el otro vigila, a menudo con un ojo abierto, y así siguen nadando y subiendo a respirar; es lo que en mi pueblo se diría dormir como las liebres (en Jaén hay más liebres que delfines). Hay aves marinas, pasan hasta diez días volando sobre el océano y duermen en pleno vuelo unos 42 minutos al día, en microsiestas de segundos y a veces con un solo hemisferio, cuando en tierra duermen más de doce horas. Los elefantes salvajes se conforman con unas dos horas diarias, medidas con un sensor en la trompa. Y la medusa Cassiopea, que no tiene cerebro, sino una simple red de neuronas, también entra en un estado parecido al sueño.

No está demostrado que duerman todas las especies (se han estudiado muy pocas), pero que algo tan arriesgado se haya conservado desde las medusas hasta nosotras dice mucho de su importancia. Allan Rechtschaffen, uno de los pioneros de la investigación del sueño, lo resumió en una frase muy citada: si el sueño no cumple una función absolutamente vital, es el mayor error que ha cometido la evolución.


Un camino de ida y vuelta

El sueño y el ictus se influyen en los dos sentidos: dormir mal se asocia a más riesgo de tener un ictus, y el ictus, a su vez, desordena el sueño. Empecemos por el antes.

El estudio INTERSTROKE comparó unas 4.500 personas de todo el mundo, la mitad con un primer ictus y la otra mitad sin él, con una edad media de 62 años, y les preguntó cómo habían dormido el mes anterior. Dormir menos de cinco horas se asoció a tres veces más riesgo de ictus que dormir siete; roncar, a un 91 % más; las pausas respiratorias que alguien observa, a casi el triple; y tener más de cinco síntomas de mal sueño, a más de cinco veces más. Lo curioso es que dormir mucho tampoco salió bien parado: más de nueve horas se asociaron a más del doble de riesgo.

Antes de asustarnos, un matiz importante. INTERSTROKE es un estudio de casos y controles con síntomas que cuenta la propia persona, así que muestra asociación, no causalidad. Dormir mucho, por ejemplo, podría ser más una señal general de mala salud que una causa de ictus. Lo que sí está bien establecido es que la apnea del sueño grave es un factor de riesgo de ictus reconocido y, sobre todo, tratable. En prevención le damos muchísima importancia (con razón) al colesterol o a la tensión arterial, y muy poca al sueño, que además influye en ambos. Para mí, el sueño y el ejercicio físico deberían estar entre las grandes dianas de la prevención.


La siesta: la dosis hace el veneno

En España no podíamos hablar de sueño sin hablar de la siesta. En Lausana (Suiza) siguieron durante unos cinco años a 3.462 personas: quienes echaban una o dos siestas por semana tuvieron casi la mitad de infartos, ictus e insuficiencia cardíaca que quienes no la echaban nunca, y la duración de la siesta no cambió el resultado. En cambio, en INTERSTROKE, las siestas de más de una hora se asociaron a un 88 % más de ictus, y en el Biobanco del Reino Unido, con más de 350.000 personas, la siesta habitual se asoció a un 20 % más de ictus isquémico. Pero ojo: quienes la echaban a diario roncaban más y tenían más insomnio.

Mi lectura es que la siesta corta y ocasional no es el problema; necesitar todos los días una siesta de hora y pico puede delatar que de noche no se está durmiendo bien, y entonces lo que toca es preguntarse por qué. Y si queréis un dato para defender la siestecilla, ahí va el de la NASA: en vuelos transoceánicos, los pilotos a los que se dio una ventana de 40 minutos para descansar en cabina durmieron unos 26 minutos de media y, después, tuvieron un 34 % menos de despistes en una prueba de atención que quienes no descansaron.


La neurorehabilitación también tiene turno de noche

A las personas que atendemos tras un ictus se lo intento dejar muy claro: dormir no es descansar de la neurorehabilitación, porque una parte de la terapia ocurre de noche. Con fines docentes, me gusta imaginar ese turno de noche con tres trabajadores: un archivero, una cuadrilla de reparación y un equipo de limpieza. Es una simplificación, claro, pero ayuda a entender qué nos jugamos cada noche.


El archivero: guardar lo que se ha practicado

El sueño consolida lo que aprendemos de día, también lo motor. En personas sanas, Walker y colaboradores (2002) enseñaron una secuencia de movimientos de dedos: tras una noche de sueño la ejecutaban un 20 % más rápido, mientras que tras doce horas despiertas apenas mejoraban un 4 %. Es decir, el paso del tiempo no bastaba: hacía falta dormir. Ahora bien, este efecto se ha discutido mucho en personas sanas, y un metaanálisis posterior sugiere que parte de esa mejora podría deberse a cómo se diseñaban los experimentos (el cansancio al final del entrenamiento, la hora del día) y no solo al sueño.

Lo interesante es que, tras un ictus, el efecto parece más claro. Siengsukon y Boyd (2009) pusieron a quince personas con un ictus crónico a practicar una tarea de seguimiento con el brazo: mejoraron fuera de línea tras una noche de sueño, y no tras el mismo tiempo despiertas, mientras que las personas sin ictus de su misma edad no mostraron esa diferencia. Son estudios pequeños, pero apuntan a algo muy práctico: más vale una práctica bien repartida y un sueño regular que una maratón de ejercicios con noches malas. Si os interesa cómo se pasa del rendimiento en la sesión al aprendizaje que se queda, tenéis la serie Aprendizaje motor I, II y III.


La cuadrilla de reparación: reorganizar los circuitos

Durante el sueño profundo, las ondas lentas y unos brotes rápidos de actividad llamados husos del sueño trabajan acoplados, y ese baile parece clave para consolidar lo aprendido. En ratas, el ictus rompe ese acoplamiento; a medida que la rata se recupera, el acoplamiento vuelve, y favorecerlo farmacológicamente mejoró la recuperación motora. También en ratas, facilitar el sueño con baclofeno tras un ictus mejoró la recuperación.

Lo contrario también se ha visto, y asusta un poco. Cuando se impidió dormir a ratas durante doce horas después de un ictus, el infarto fue un 40 % más grande; cuando se repitió tres días seguidos, un 76 % más grande. Y las ratas con el sueño alterado recuperaron peor la destreza para coger comida con la pata durante las cinco semanas siguientes

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El equipo de limpieza: el sistema glinfático

En 2012 se describió en ratones una red que aprovecha el líquido cefalorraquídeo para arrastrar los desechos del cerebro por los espacios que rodean los vasos sanguíneos; se la llamó sistema glinfático (de glía y linfático). Al año siguiente, Xie y colaboradores (2013) publicaron en Science que, en ratones dormidos, el espacio entre las células del cerebro crece más de un 60 % y el beta-amiloide se elimina el doble de rápido que despiertos. El cerebro, literalmente, se esponja para limpiarse.

Aquí toca ser honestos, porque es un campo en plena discusión. En 2024, otro grupo encontró en ratones justo lo contrario, que la limpieza disminuía durante el sueño, y el debate sobre los métodos sigue abierto. En personas, la mejor pista viene de un estudio noruego con resonancia: una sola noche sin dormir redujo la eliminación de un contraste inyectado en el líquido cefalorraquídeo, y la noche siguiente de sueño no lo compensó. Y un matiz para profesionales: en los primeros minutos de un ictus isquémico, esa misma vía introduce líquido en el tejido y contribuye al edema inicial, al menos en ratones. El sistema de limpieza no es bueno ni malo: parece que depende del momento.

Resumiendo: casi todo lo que sabemos del turno de noche viene de animales y de estudios humanos pequeños, y faltan ensayos grandes en personas con ictus. Pero todo apunta en la misma dirección: la neurorrehabilitación no termina cuando acaba la sesión; continúa por la noche.


Cuando el ictus desordena el turno

Tras un ictus, los problemas de sueño no son la excepción, sino lo habitual. En números redondos, de cada diez personas, unas siete tienen algún grado de apnea del sueño, cinco sufren fatiga y cuatro, insomnio. Las cifras vienen de metaanálisis distintos: el de la apnea reúne 89 estudios y más de 7.000 pacientes; el de la fatiga es de Cumming y colaboradores (2016), y el del insomnio, de Baylan y colaboradores (2020), que además lo encuentran más a menudo en quienes tienen ansiedad o depresión. No se suman: una misma persona puede tener varios problemas a la vez. Y la fatiga merece un apunte, porque no es lo mismo que tener sueño y no se arregla con más horas de cama (de ese cansancio que no se ve hablamos en Daño cerebral «invisible» no significa daño cerebral «leve»).


Diez segundos sin respirar

Si nunca habéis sentido lo que es una apnea, podéis probar ahora mismo: podéis intentar, con cuidado, contener la respiración diez segundos. Eso es una apnea, una pausa respiratoria que dura mínimo 10 segundos. En la apnea grave hay más de 30 pausas por hora, toda la noche, y tras un ictus tres de cada diez personas tienen ese grado de apnea. Puede ser obstructiva (la garganta se cierra) o central (el cerebro deja de enviar la orden de respirar), y tras un ictus aparecen las dos, porque el sistema nervioso que regula la respiración también puede estar tocado.

El problema es que, tras un ictus, la apnea se esconde. A menudo no ronca tanto, no da tanto sueño de día y no siempre aparece en el perfil típico de persona con sobrepeso. Además, después de un ictus, uno suele estar un poco atontaíllo durante el día, y hay medicación de por medio, así que la somnolencia pasa desapercibida. Por eso las recomendaciones europeas apoyan buscarla activamente tras un ictus.


Dormir más y soñar distinto

Al principio, muchas personas duermen más de lo habitual: un mes después del ictus, casi cuatro de cada diez duermen más de ocho horas, y la cifra se va moderando con los meses. En algunos ictus, por ejemplo del tálamo, esa necesidad de dormir es muy intensa al principio y mejora a lo largo del primer año. Conviene consultarlo si es extremo, no mejora o impide la actividad del día a día.

Y una curiosidad que me fascina. Bischof y Bassetti (2004) describieron a una mujer de 73 años que, tras un ictus en la parte posterior de ambos hemisferios, dejó de soñar por completo, aunque su sueño REM era normal en duración y en el electroencefalograma. Durante mucho tiempo se dio casi por hecho que soñar y sueño REM iban de la mano. Casos como este sugieren que soñar depende de redes propias, con alta representatividad en zonas distintas de las que generan el REM. Es muy raro, así que nadie se asuste si una noche no recuerda lo que ha soñado; pero dice mucho de lo especializado que está nuestro cerebro (si os apetece pasear por esas regiones, tenéis Un paseo por los sesos; y si os gustan los síndromes que parecen de película, NeuroHalloween I).


Un hospital con el reloj al revés

Y justo cuando más falta hace dormir bien, el hospital no ayuda. No es por falta de interés de los profesionales (lo sé bien, y últimamente, por desgracia, paso mucho tiempo en el hospital), sino porque el entorno no lo pone fácil. En la unidad de ictus de Berna midieron la luz y el ruido cama por cama. Las camas junto a la ventana recibían unas tres horas al día de luz suficiente para poner en hora el reloj biológico; las de junto a la puerta, unos quince minutos. Y, por cómo estaba orientado el edificio, la luz más intensa llegaba al final de la tarde, entre las 18 y las 22 h, justo antes de dormir y no por la mañana, que es cuando la necesitamos. El ruido superó todas las noches los límites que recomienda la OMS (30 dB de noche y 35 dB de día, que es poquísimo: casi un susurro), con entre 39 y 43 dB de media nocturna.

Cuando se ha registrado el sueño con electroencefalograma continuo en unidades de ictus, ningún paciente tuvo ciclos normales: la eficiencia del sueño rondaba el 30%, con unos diez despertares por hora. Es un estudio piloto, con 18 personas, pero muy elocuente. Los propios autores proponen proteger a los pacientes del ruido y de la luz por la noche, y agrupar los cuidados nocturnos parece la medida más lógica, aunque todavía falta medir su efecto en unidades de ictus. Si os interesa lo que los fisios hacemos en esa fase aguda, tenéis la entrada Fisioterapia en unidades de ictus 2025.


Si os despertáis con síntomas: 112

Alrededor de uno de cada cinco ictus ocurre durante el sueño y se descubre al despertar (en un estudio poblacional estadounidense fueron el 14 % de los ictus isquémicos, y en otras series llegan a uno de cada cuatro). Durante años, no saber a qué hora había empezado el ictus dejaba a esas personas fuera de los tratamientos para disolver el coágulo. El ensayo WAKE-UP demostró que, seleccionando a los pacientes con resonancia magnética, tratarlos mejoraba la evolución a los tres meses aunque no se supiera la hora de inicio.

Así que despertarse con síntomas no significa que ya sea tarde. Y es muy fácil quitarle importancia: está adormilado, se acostó tarde, anoche bebió un poco… Si alguien se despierta con la boca torcida, un brazo o una pierna sin fuerza, el habla extraña o una pérdida brusca de visión o de equilibrio, llamad al 112 de inmediato, aunque no sepáis a qué hora empezó. No esperéis a ver si se le pasa.


Qué podemos hacer desde esta noche

La buena noticia es que casi todo lo que desordena el turno de noche se puede detectar y tiene tratamiento. El primer paso es tan sencillo como preguntar bien.


El test del compañero de cama

La familia es un sensor estupendo. Estas tres preguntas caben en la puerta de la nevera:

  1. ¿Ronca fuerte, hace pausas al respirar o se despierta con sensación de ahogo?

  2. ¿Se queda dormido sin querer durante el día (en la sobremesa, viendo la tele, en una conversación)?

  3. ¿Le cuesta dormirse o mantener el sueño casi todas las noches?

Si alguna respuesta es sí, comentadlo con vuestro equipo sanitario, aunque no ronque. Preguntar en concreto marca la diferencia: en un estudio presentado en el congreso de la Academia Americana de Neurología, al preguntar de forma general a pacientes y acompañantes solo el 15 % refería problemas de sueño, y con preguntas concretas, el 60 %. Son datos de congreso, todavía preliminares, pero cuadran con lo que vemos: lo que no se pregunta no aparece.


La receta: seis hábitos

Somos animalicos, y nuestro reloj biológico agradece la rutina. Esto es lo que más respaldo tiene, adaptado siempre a lo que cada persona pueda hacer:


  1. Misma hora de levantarse todos los días, también el fin de semana, y la cama, para dormir: no para ver la tele, comer o pasar la tarde.


  2. Luz de día por la mañana y oscuridad por la noche. Un paseo o un rato junto a la ventana a primera hora; luz tenue al anochecer.


  3. Moverse de día, dentro de las posibilidades de cada uno, y si es al aire libre, mejor.


  4. Siesta corta y temprana, de unos 20 o 30 minutos y que termine, con el horario de invierno, hacia las tres y media o las cuatro de la tarde.


  5. Cenas ligeras, sin alcohol, y nada de estimulantes por la tarde. Las pastillas para dormir, solo con consejo médico.


  6. Una noche segura: luz guía en el camino al baño y lo necesario a mano, porque las caídas nocturnas son frecuentes.


Tratamientos que funcionan

Para la apnea, el tratamiento de referencia es la CPAP, una mascarilla que mantiene abierta la vía respiratoria con aire a presión. Es maravillosa, pero hay personas a las que les cuesta engancharse: en un metaanálisis de diez ensayos con 564 pacientes con ictus, la CPAP mejoró la recuperación neurológica de forma modesta y con resultados heterogéneos, se usó una media de cuatro horas y media por noche y hubo más abandonos que en los grupos control. La clave es la constancia, y hay ajustes de mascarilla y de presión para quien no la tolera. El ensayo más grande hasta la fecha, Sleep SMART, compara empezar la CPAP en la primera semana tras el ictus con el tratamiento habitual en unas 3.000 personas, y tiene previsto terminar a finales de 2026, así que pronto sabremos bastante más.

Para el insomnio, la primera opción no es una pastilla, sino la terapia cognitivo-conductual para el insomnio (TCC-I). En 84 personas que habían tenido un ictus, una versión digital de esta terapia mejoró el insomnio, el tiempo que tardaban en dormirse, la ansiedad y la depresión más que un folleto de higiene del sueño. La luz también es un tratamiento: en un estudio exploratorio en una planta de rehabilitación de Copenhague, una iluminación que imitaba la luz del sol a lo largo del día redujo la fatiga, la depresión y la ansiedad de las personas ingresadas tras un ictus.

Y cuidadito con las pastillas para dormir. Pueden favorecer caídas y confusión, y la declaración europea de 2020 advierte de que el tratamiento farmacológico del insomnio podría aumentar el riesgo de ictus. No os automediquéis: revisadlo siempre con vuestro profesional de medicina.


Para profesionales: cinco gestos para mañana

La declaración europea EAN/ERS/ESO/ESRS apoya diagnosticar y tratar activamente la apnea tras el ictus y considera válida la poligrafía respiratoria; la guía estadounidense AHA/ASA es más prudente y dice que la evaluación de la apnea puede considerarse. Mientras llegan los resultados de Sleep SMART, creo que hay cinco gestos que podemos hacer ya: preguntar por el sueño con preguntas concretas, al paciente y a su acompañante; pedir un estudio de sueño si hay sospecha y acompañar activamente la adherencia a la CPAP; ofrecer la TCC-I como primera línea y ser prudentes con hipnóticos y sedantes; proteger el sueño en planta (agrupar los cuidados nocturnos, menos ruido, luz de día y cama junto a la ventana cuando se pueda); y preguntar también por el sueño de quien cuida.


Y quien cuida, ¿cómo duerme?

No podía dejar fuera a las personas cuidadoras. En el norte de Portugal, dieciocho meses después del ictus, casi siete de cada diez cuidadores notaban cambios en la calidad de su sueño (sobre todo, les costaba dormirse y se despertaban a menudo), dormían unos 35 minutos menos que antes y su satisfacción con el propio sueño había caído un 30% .

Y esto no es solo cansancio. Yoo y colaboradores (2007) tuvieron a un grupo de jóvenes sanos unas 35 horas seguidas sin dormir y les enseñaron imágenes desagradables mientras les hacían una resonancia: la amígdala, nuestro centro de alarma emocional, reaccionó un 60 % más que en quienes habían dormido, y su conexión con la corteza prefrontal, que hace de freno, se debilitó. Con menos sueño somos más reactivos, más irritables y peores reguladores de nuestras emociones (si os apetece entender mejor las emociones, tenéis la entrada Emoción con ciencia).

En la charla también relacioné este cansancio con los trastornos neurológicos funcionales en quienes cuidan. Me parece una hipótesis razonable, porque el estrés mantenido y la hipervigilancia forman parte del terreno en el que aparecen estos trastornos, pero no he encontrado estudios que midan su frecuencia en cuidadores, aunque en mi experiencia sí he observado ciertos patrones, así que la dejo como pregunta abierta (sobre este tipo de trastornos, os recomiendo la entrada Trastornos neurológicos funcionales.

Así que, como en los aviones, primero vuestra mascarilla. Repartir las noches, pedir relevos y consultar el propio insomnio también es cuidar, porque cuidar el sueño de quien cuida es cuidar también a la persona que ha tenido el ictus.


Tres mensajes para llevaros a casa


  • Primero, el sueño no es tiempo perdido. Dormir poco o mal se asocia a más ictus, y la apnea grave es un factor de riesgo que se puede tratar; quizá merezca en prevención el mismo sitio que la tensión o el colesterol.


  • Segundo, tras un ictus la neurorrehabilitación también tiene turno de noche. Mientras dormimos, el cerebro consolida lo que ha practicado, se reorganiza y se limpia; por eso cuidar el sueño no es un lujo ni un premio, sino parte del tratamiento. Y lo que no se pregunta no aparece: preguntad por el sueño, con preguntas concretas, y si alguien se despierta con síntomas, 112 sin esperar.


  • Tercero, el sueño de quien cuida también cuenta, y mucho.

Así que esta noche, cuando apaguéis la luz, recordad que vuestro cerebro no se va de vacaciones: se pone a trabajar. Y unos deberes para las familias: mirad cómo respira quien duerme a vuestro lado.

Gracias al Servicio de Neurología del Hospital Universitario Clínico San Cecilio por invitarnos un año más, y en especial a Ana Isabel Ramos Herrera, que siempre cuenta con nosotros. Es un gustazo tener profesionales así tan cerca.


¿Y vosotras, cómo dormís? Contadnos en los comentarios vuestra experiencia, qué os ha sorprendido y qué echaríais en falta; y si encontráis algún error, decidlo sin miedo, que así aprendemos todas. Si os ha resultado útil, compartidla en redes mencionando a @fundaisse con #VaDeNeuro.


Fuentes recomendadas:

  1. Bassetti CLA, Randerath W, Vignatelli L, Ferini-Strambi L, Brill AK, Bonsignore MR, et al. EAN/ERS/ESO/ESRS statement on the impact of sleep disorders on risk and outcome of stroke. Eur J Neurol. 2020;27(7):1117-1136. doi: 10.1111/ene.14201. PMID: 32314498.

  2. Baylan S, Griffiths S, Grant N, Broomfield NM, Evans JJ, Gardani M. Incidence and prevalence of post-stroke insomnia: a systematic review and meta-analysis. Sleep Med Rev. 2020;49:101222. doi: 10.1016/j.smrv.2019.101222. PMID: 31739180.

  3. Bischof M, Bassetti CL. Total dream loss: a distinct neuropsychological dysfunction after bilateral PCA stroke. Ann Neurol. 2004;56(4):583-586. doi: 10.1002/ana.20246. PMID: 15389890.

  4. Brill AK, Horvath T, Seiler A, Camilo M, Haynes AG, Ott SR, et al. CPAP as treatment of sleep apnea after stroke: a meta-analysis of randomized trials. Neurology. 2018;90(14). doi: 10.1212/WNL.0000000000005262. PMID: 29523641.

  5. Cumming TB, Packer M, Kramer SF, English C. The prevalence of fatigue after stroke: a systematic review and meta-analysis. Int J Stroke. 2016;11(9):968-977. doi: 10.1177/1747493016669861. PMID: 27703065.

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  7. Duss SB, Bauer-Gambelli SA, Bernasconi C, Dekkers MPJ, Gorban-Peric C, Kuen D, et al. Frequency and evolution of sleep-wake disturbances after ischemic stroke: a 2-year prospective study of 437 patients. Sleep Med. 2023;101:244-251. doi: 10.1016/j.sleep.2022.10.007. PMID: 36446142.

  8. Ebrahim IO, Shapiro CM, Williams AJ, Fenwick PB. Alcohol and sleep I: effects on normal sleep. Alcohol Clin Exp Res. 2013;37(4):539-549. doi: 10.1111/acer.12006. PMID: 23347102.

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