Cascadas del desarrollo


Pensad en el día en que un bebé da sus primeros pasos solo. Lo celebramos como un logro motor, y lo es. Pero fijaos en lo que pasa justo después: coge un juguete del suelo, cruza el salón tambaleándose y se lo pone a su madre en las rodillas. Ella lo mira, le sonríe, le dice algo: ¡anda, me has traído la pelota! En ese gesto tan pequeño hay mucho más que marcha. Hay comunicación, hay atención compartida, hay una conversación que antes no se habría producido.
De eso va esta entrada. Cada vez que un niño aprende a moverse de una forma nueva, no solo gana una habilidad: cambia todo lo que puede ver, tocar, oír y compartir. Y ese cambio arrastra a otros. A eso lo llamamos cascadas del desarrollo.
Qué es una cascada
La idea viene de la psicología del desarrollo. Una cascada es el efecto que tiene un cambio en un área sobre otras áreas, y que se va propagando con el tiempo. No es que una cosa cause directamente otra, como una ficha de dominó que tira a la siguiente. Se parece más a abrir una puerta: al otro lado aparecen experiencias nuevas, y esas experiencias son las que hacen avanzar otras capacidades.
Karen Adolph, una de las investigadoras que más ha estudiado el desarrollo motor, lo resume diciendo que el desarrollo motor es habilitante (enabling): cada nueva forma de moverse crea oportunidades para aprender cosas que, en principio, no tienen nada de motor. Es una de las cuatro características que propone, junto a que el movimiento está encarnado en un cuerpo concreto, situado en un entorno y moldeado por la cultura.
Vamos a verlo con ejemplos, siguiendo más o menos el orden en que suelen aparecer.
Las manos: tocar para conocer
Un bebé de tres meses ve un juguete, pero todavía no puede cogerlo. Sus brazos se mueven hacia él, pero sin acertar. Cuando empieza a alcanzar y agarrar, el mundo cambia de categoría: los objetos dejan de ser algo que se mira y pasan a ser algo que se explora. Se pueden girar, golpear, chupar, soltar y volver a coger.
Hay un experimento precioso sobre esto. A bebés de tres meses que todavía no alcanzaban se les pusieron unas manoplas con velcro, de forma que, con solo rozar unos juguetes también con velcro, se les quedaban pegados. Es decir, se les dio de forma artificial la experiencia de coger antes de saber hacerlo. Tras unas sesiones de juego, esos bebés no solo alcanzaban mejor: también miraban los objetos y a las personas de forma distinta. Moverse había cambiado su forma de mirar.
Y fijaos en otra cosa. Nadie le explica a un niño que el vaso sirve para beber y la cuchara para la sopa, ni que un taburete con ruedas no es buena idea para subirse. Lo aprende usándolos. Buena parte de lo que sabemos sobre el mundo, incluidas muchas normas sociales, se construye así: tocando, probando y equivocándonos con objetos reales. Por eso jugar con objetos de verdad enseña mucho más que una ficha en la mesa.
Sentarse: las manos libres y otro punto de vista
Cuando un bebé consigue sentarse solo, gana dos cosas a la vez. Por un lado, ya no necesita las manos para sostenerse, así que puede usarlas para manipular. Por otro, ve el mundo desde otra altura y con la cabeza libre para girarla.
Se ha visto que los bebés que ya se sientan solos y exploran los objetos con las manos y la mirada entienden antes que un objeto tiene una parte de atrás aunque no la estén viendo, es decir, que las cosas son tridimensionales. Algo tan abstracto como entender la forma de los objetos depende, en parte, de haberlos girado entre las manos.
Gatear: el mundo se hace grande
Cuando un bebé empieza a desplazarse por su cuenta, gateando, reptando o como sea, pasa algo enorme: puede elegir adónde ir. Ya no depende de lo que los adultos le acerquen. Puede ir hacia lo que le interesa, alejarse de lo que no le gusta, buscar a su madre en otra habitación.
Los investigadores que más trabajaron en esto lo resumieron en un título que me encanta: viajar abre la mente. Desplazarse cambia la forma en que el bebé se orienta en el espacio, cómo sigue con la mirada lo que señalan los demás e incluso cómo percibe el peligro. Uno de sus hallazgos más llamativos es que el respeto a las alturas, esa cautela ante un desnivel, no aparece simplemente con la edad: aparece sobre todo cuando el bebé tiene experiencia desplazándose por su cuenta.
También cambia la relación con los adultos. Un bebé que se mueve hace cosas que antes no podía: se acerca al enchufe, coge lo que no debe, persigue al gato. Y los adultos empiezan a responder de otra forma: le llaman, le dicen que no, le siguen, le enseñan. El movimiento del niño cambia también el comportamiento de quienes le rodean.
Caminar: llevar cosas para compartirlas
Volvamos al bebé del principio. Cuando un niño camina, tiene las manos libres mientras se desplaza. Y eso le permite algo que gateando es muy difícil: llevar objetos a otras personas.
Comparando a bebés de la misma edad, unos que todavía gateaban y otros que ya caminaban, se vio que los que caminaban cogían más objetos lejanos, los llevaban más a menudo hasta su madre y se los enseñaban para compartirlos. Y las madres, claro, respondían más: nombraban el objeto, comentaban, preguntaban. Se ha observado también una relación entre empezar a caminar y el desarrollo del lenguaje, que va más allá de la edad del niño. No es que las piernas enseñen a hablar. Es que caminar abre más ocasiones de compartir, y compartir abre más ocasiones de conversación.
Cuando falta un eslabón
Si las cascadas funcionan cuando todo va bien, también lo hacen cuando algo falla. Un peque con alteraciones visuales, por ejemplo, suele tener un desarrollo motor más lento sin tener ningún problema motor de base. Le falta lo que más le invita a moverse: ver algo interesante a lo lejos. La cascada va, en este caso, de la visión al movimiento.
Lo mismo puede ocurrir al revés. Un niño con parálisis cerebral que no puede desplazarse por sí mismo no solo tiene una dificultad motora. Tiene menos ocasiones de explorar, de elegir adónde ir, de acercarse a otros niños o de llevar un juguete a alguien. Si no hacemos nada, esa limitación puede extenderse a su forma de conocer el mundo y de relacionarse.
Un aviso: cascada no es causalidad simple
Aquí conviene frenar un poco, porque esta idea es fácil de estirar demasiado. Que moverse abra puertas no significa que cada hito sea imprescindible para lo que viene después. Es el error que hay detrás de afirmaciones como si no gatea, tendrá problemas de lectura, que hemos comentado en otras entradas: no hay evidencia de que saltarse el gateo cause dificultades escolares.
Las cascadas son caminos probables, no obligatorios. Hay muchas formas de llegar a la misma experiencia. Un niño que no gatea pero se desplaza sentado también explora, también elige y también se acerca a los demás. Lo importante no es el hito concreto, sino la experiencia que ese hito permite.
La consecuencia clínica: no esperar a la cadena perfecta
Y esto nos lleva a la idea que, para mí, es la más importante de toda esta entrada. Si lo valioso es la experiencia, no hace falta esperar a completar la cadena ideal de hitos para dar acceso a lo que esos hitos permiten.
Un niño que todavía no se sienta solo puede tener un asiento adaptado que le deje las manos libres para jugar y la cabeza a la altura de los demás. Un niño que no puede desplazarse puede tener movilidad motorizada: una silla eléctrica o, en edades tempranas, coches eléctricos de juguete adaptados, que son baratos y muy motivadores. La evidencia disponible, todavía sobre todo descriptiva, apunta a mejoras en la movilidad independiente, la actividad y la participación. Y un niño que no habla puede tener un sistema de comunicación aumentativa.
Durante años se temió que estas ayudas quitaran ganas de moverse o frenaran el desarrollo. En una entrada anterior ya comentamos que no hay evidencia de que limiten la plasticidad, y que muchos niños las dejan de forma espontánea cuando ganan estabilidad. Lo que sí sabemos es lo que se pierde mientras esperamos: meses o años de exploración, de elección y de interacción que no vuelven.
¿Y en adultos?
Con todas las diferencias, que son muchas, la lógica se parece. Una persona que tras un ictus recupera la capacidad de sentarse con seguridad, o que consigue una silla de ruedas que maneja sola, no solo gana una habilidad motora: vuelve a poder ir a la cocina, salir a la calle o sentarse a la mesa con su familia. A veces, la mejor forma de mejorar la participación no es esperar a que vuelva a andar, sino darle hoy una forma de moverse que le abra esas puertas.
Conclusión
Cuando miramos el desarrollo motor solo como una lista de hitos, perdemos lo más interesante: lo que cada uno de ellos permite. Sentarse, alcanzar, gatear o caminar son, sobre todo, formas nuevas de estar en el mundo. Y nuestro trabajo, muchas veces, no es tanto enseñar el siguiente hito como asegurarnos de que el niño no se pierda lo que hay detrás de esa puerta.
Os dejo la pregunta de hoy: pensad en un niño o un adulto con el que trabajéis. ¿Qué experiencias se está perdiendo mientras esperamos a que consiga el siguiente paso? ¿Hay alguna forma de dárselas ya?
Para saber más
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