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Affordances: lo que el mundo nos invita a hacer

hace 2 días
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Actualizado: hace 14 horas


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Hay palabras que, cuando las entiendes, ya no puedes dejar de verlas por todas partes. A mí me pasó con affordance. En la entrada sobre la hipótesis ecológica en control motor la dejamos en una línea: «las oportunidades de acción que ofrece el entorno». Hoy quiero volver a ella con calma, porque creo que es uno de esos conceptos que cambian la forma de mirar a un paciente, tenga diez meses o setenta años.


Una palabra sin traducción


La propuso el psicólogo James J. Gibson a partir del verbo inglés to afford, que viene a significar «permitir» o «dar la posibilidad de». En castellano se ha traducido como «ofrecimiento», «posibilidad de acción» o «invitación a la acción», pero ninguna termina de convencer, y por eso casi todo el mundo usa la palabra original.

Curiosidad: Gibson se la inventó porque no existía ninguna palabra que dijera lo que él quería decir. Y eso ya nos dice algo: estaba nombrando algo que hasta entonces no sabíamos mirar.


No es solo el objeto, ni la persona ni la tarea


Esta es la idea que más cuesta y la que más importa. Una affordance no es una propiedad del objeto ni de la persona ni de la tarea: es la relación que emerge entre ellos

Pensad en una silla. Para un adulto es un sitio donde sentarse. Para un niño de dos años es una montaña que escalar. Para un bebé que empieza a ponerse de pie es una barandilla. Para un gato, un trampolín hacia la mesa. Y para alguien que acaba de salir del hospital tras un ictus, quizá sea un obstáculo que no se atreve a usar. La silla no ha cambiado. Ha cambiado el cuerpo que la mira.

Por eso, cuando decimos que un escalón «es alto», en realidad estamos haciendo una afirmación sobre nuestras piernas. Percibimos el mundo en unidades de nuestro propio cuerpo. No vemos centímetros; vemos «esto lo subo», «esto lo salto», «aquí no quepo».


No es un sí o un no


Otra idea que me parece preciosa: las affordances no son un interruptor. Hay sitios que cruzamos siempre, otros que casi nunca y una zona gris en medio donde unas veces sale bien y otras no. Y en esa zona gris lo que decidimos no depende solo de lo que podemos hacer, sino de lo que nos juguemos si fallamos.

Lo vemos a diario: os atrevéis a pasar por una puerta estrecha cargados de bolsas porque, como mucho, os quedaréis enganchados; pero no camináis por un bordillo estrecho junto a un barranco, aunque el bordillo sea igual de ancho. Por cierto, esto lo hacemos igual a los veinte que a los setenta: cuando caerse es el precio, todos somos más prudentes.


Los bebés no nacen sabiendo lo que pueden hacer


Aquí viene lo que más me llama la atención. Durante mucho tiempo se pensó que los bebés evitaban los bordes y las pendientes porque «maduraban» un miedo a las alturas. Pues parece que no es así.

Lo que sabemos hoy es que los bebés aprenden qué pueden hacer, y que lo aprenden para cada postura. Un bebé que gatea con soltura sabe perfectamente qué bajadas puede hacer a gatas y cuáles no. Pero el día que empieza a andar, ese conocimiento no le sirve: es como si tuviera que empezar de cero, y se lanza alegremente a sitios que una semana antes evitaba. No ha olvidado nada; es que ahora tiene otro cuerpo con el que relacionarse con el mundo.

¿Y cómo se aprende? A base de muchísima práctica, muy variada y con consecuencias. Los niños que empiezan a andar dan miles de pasos al día, en todas direcciones, por suelos distintos, y se caen decenas de veces. Si alguna vez habéis visto a un bebé de trece meses durante una tarde entera, lo sabéis: no camina para ir a ningún sitio, camina para descubrir qué puede hacer.

Me parece una reflexión potente: caerse forma parte de aprender a no caerse. Y nos obliga a preguntarnos cuántas veces, por proteger, quitamos información.

Otra curiosidad que lo complica todo un poco más (y lo hace más interesante): el cuerpo de un bebé cambia tan deprisa que lo que era posible ayer puede no serlo mañana, y al revés. Crecer unos centímetros, ganar peso o estrenar una nueva forma de desplazarse obliga a recalibrar. El desarrollo no es subir una escalera de hitos, sino reajustar sin parar la relación entre el cuerpo y el entorno.


Tres confusiones frecuentes


  1. «La affordance es lo que el objeto sirve para hacer». No exactamente. Una taza «sirve» para beber, pero para un bebé es algo que se chupa, se golpea y se tira al suelo. La affordance depende de quién la mira y de lo que puede hacer.

  2. «Si el paciente puede hacerlo, lo verá». Tampoco. Se puede tener la capacidad y no percibirla (el paciente que podría levantarse de esa silla pero no se atreve) y se puede creer tener una capacidad que ya no se tiene (el que se levanta como antes de la lesión y se cae).

  3. «Las affordances son una técnica». No lo son. Es una forma de mirar. No hay un «método affordance» ni ensayos de «terapia basada en affordances»; lo que hay es evidencia sólida a favor de prácticas que encajan muy bien con esta forma de mirar, como veremos ahora.


Qué cambia en la sala de tratamiento infantil


Las recomendaciones actuales para intervenir con bebés con riesgo o diagnóstico de parálisis cerebral apuntan en la misma dirección: objetivos significativos, práctica de tareas reales, que el niño sea quien actúa y que se haga en sus entornos naturales. Las intervenciones basadas en el juego y en la iniciativa del propio bebé también van por ahí.

Pensar en affordances me ayuda a aterrizarlo en preguntas sencillas:

  • ¿Qué le invita a moverse en esta sala? A veces la mejor intervención no es lo que el terapeuta le hace con las manos, sino lo que le pone (o quita) en el suelo.

  • ¿Puedo cambiar la tarea sin tocar al niño? Dos centímetros más de altura, un juguete un poco más lejos o una superficie que se mueve cambian por completo el problema motor.

  • ¿Le estoy dejando equivocarse? Con seguridad, sí, pero sin quitarle todas las consecuencias.

  • ¿Qué decide, además de qué hace? Un niño que se para ante un borde, que cambia de estrategia o que busca otra forma de bajar nos está enseñando que percibe. Uno que no ajusta nunca su conducta, aunque «haga el hito», nos está diciendo algo.

  • ¿Se parece mi sala a su casa? Lo que se aprende en un sitio y en una postura no se lleva solo a otros.


Y en adultos, ¿esto sirve para algo?


Mucho, y creo que es donde más lo aprovecharéis. Un adulto tras un ictus no «vuelve a ser un bebé», y hay que tener cuidado con esa comparación. Lo que sí es cierto es que cuando un adulto sufre un daño neurológico sobrevenido el mundo ya no le ofrece lo mismo que antes. El escalón de su portal, el borde de la bañera o la silla del comedor tienen que volver a medirse.

Algunas reflexiones que me llevo a la clínica de adultos:

  • El objeto real cambia el movimiento. No es lo mismo «estirar el codo» que coger un vaso para beber. Con un objeto y una meta reales, el movimiento suele ser más fluido y mejor organizado, también tras un ictus. Y la práctica de tareas funcionales, repetida y con objetivos claros, tiene respaldo en las revisiones sistemáticas, aunque sus efectos sean modestos.

  • Hablad del mundo, no de las articulaciones. Una de las conclusiones más sólidas del aprendizaje motor es que funciona mejor dirigir la atención al efecto del movimiento («lleva la taza a la boca», «empuja el suelo») que a las partes del cuerpo («extiende el codo») , y eso vale para cualquier edad y condición. Para mí es la forma más práctica de pensar en affordances en una sesión.

  • Después de cada cambio, recalibrar. Retirar un apoyo, una férula nueva, un bastón, una silla de ruedas distinta o unas semanas en cama cambian lo que el mundo ofrece. Lo que el paciente daba por sabido puede haber dejado de ser cierto.

  • Entrenar decisiones, no solo capacidades. Preguntar «¿crees que puedes subir ese escalón?» antes de intentarlo, y comentar después si acertó, es entrenar la percepción. Hay pacientes que sobreestiman lo que pueden hacer y otros que lo infravaloran; ambos se benefician.

  • Variar el entorno. Si siempre practicamos en la misma camilla, con la misma silla y el mismo suelo, el paciente calibra perfectamente en ese setting… pero no podremos decir que sea suficiente para obtener los mismos rendimientos fuera de ahí.


Conclusión


Lo que más me gusta de este concepto es que nos devuelve al sitio correcto: el movimiento no está solo en la persona ni solo en el entorno, sino en la relación entre los dos. Y eso nos da una herramienta terapéutica que a veces olvidamos: además de cambiar a la persona, podemos cambiar lo que el mundo le ofrece.



Fuentes recomendadas


  1. Gibson JJ. The ecological approach to visual perception. Boston: Houghton Mifflin; 1979.

  2. Warren WH. Perceiving affordances: visual guidance of stair climbing. J Exp Psychol Hum Percept Perform. 1984;10(5):683-703. doi:10.1037/0096-1523.10.5.683

  3. Franchak JM, Adolph KE. Affordances as probabilistic functions: implications for development, perception, and decisions for action. Ecol Psychol. 2014;26(1-2):109-24. doi:10.1080/10407413.2014.874923

  4. Comalli D, Franchak J, Char A, Adolph K. Ledge and wedge: younger and older adults' perception of action possibilities. Exp Brain Res. 2013;228(2):183-92. doi:10.1007/s00221-013-3550-0

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  15. Fundación AISSE. Hipótesis ecológica en control motor [Internet]. Granada: Fundación AISSE; 13 feb 2025 [citado 11 oct 2026]. Disponible en: https://www.aisse.es/post/hipótesis-ecológica-en-control-motor

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