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MALAS MADRES: Machismo y Neurociencia

Actualizado: 13 mar

Autismo, esquizofrenia y otros diagnósticos en los que se decidió que la madre era la causa.

Ver en YouTube el capítulo "Malas Madres: Machismo y Neurociencia", con Juan Anaya, Yolanda Colodro, Jesús Fernández y Álex Utrera

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Hablar de malas madres en la historia de la salud no significa describir una realidad objetiva, ni identificar un tipo humano reconocible, ni mucho menos aceptar que exista una forma natural, estable y universal de ser madre. Significa, más bien, examinar críticamente una construcción histórica. A lo largo de buena parte de los siglos XIX y XX, y de manera especialmente intensa en determinados momentos del siglo XX, distintos discursos médicos, psiquiátricos, psicológicos y culturales fueron elaborando una figura muy concreta de maternidad fallida. Esa figura servía para explicar el sufrimiento psíquico, las diferencias del desarrollo, ciertos trastornos de la conducta e incluso formas de vida o de sexualidad consideradas indeseables. De este modo, la madre dejó de ser vista únicamente como cuidadora o acompañante de la enfermedad y pasó a ocupar, una y otra vez, el lugar de la causa.

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Esta entrada parte de esa constatación. Su objetivo no es hacer una simple enumeración de teorías hoy desacreditadas ni reunir curiosidades extravagantes de la historia de la psiquiatría. Lo que interesa aquí es algo más profundo y, al mismo tiempo, más inquietante. Se trata de comprender cómo determinadas formas de conocimiento sanitario convirtieron a la madre en una hipótesis etiológica privilegiada y cómo esa atribución de causalidad estuvo inseparablemente unida a un juicio moral sobre la feminidad, el cuidado, la familia y el orden social. En otras palabras, no estamos ante errores aislados o anecdóticos, sino ante un patrón interpretativo persistente, con una enorme capacidad para ordenar la mirada clínica y para repartir de manera desigual la culpa.

Conviene subrayar desde el principio que esta culpabilización materna no surgió en el vacío. No apareció porque un grupo de profesionales se equivocara por accidente, ni porque en aquel momento faltaran datos y no pudiera pensarse de otra manera. Surgió dentro de sociedades profundamente atravesadas por el patriarcado, en las que la mujer era definida, antes que nada, por su papel en el cuidado, por su relación con la casa, por su disponibilidad afectiva y por su función dentro de la unidad familiar. En ese contexto, la madre se convirtió en una superficie especialmente útil sobre la que proyectar temores sociales muy amplios. Si una criatura no se desarrollaba como se esperaba, si presentaba una alteración grave de la conducta, si se apartaba de ciertas normas relacionales o si encarnaba una diferencia que la sociedad no sabía comprender, la tentación de mirar a la madre resultaba enorme. La pregunta no era solo qué le ocurría a esa persona, sino qué había hecho mal su madre.

Por eso, la idea central que recorre toda esta entrada es que la madre funcionó históricamente como una construcción a la vez etiológica, moral y social. Fue etiológica porque se la convirtió en origen de la patología. Fue moral porque se la juzgó en función de un ideal normativo de buena maternidad. Y fue social porque todo ello operó como un mecanismo de regulación de la conducta femenina. La madre podía ser fría, distante, absorbente, invasiva, seductora, sobreprotectora, demasiado autoritaria o insuficientemente presente. Lo decisivo no era la consistencia de esas categorías, sino su plasticidad. Casi cualquier conducta femenina podía reinterpretarse como patológica si el marco de lectura ya estaba sesgado de antemano. Esa elasticidad explica por qué la figura de la mala madre fue tan productiva en la historia de la salud: permitía ajustar la explicación a contextos distintos sin abandonar nunca el mismo núcleo ideológico.

Dicho de otro modo, el problema no residía solamente en que se culpabilizara a algunas madres concretas, sino en que se instituyó una lógica general de sospecha sobre la maternidad. En esa lógica, la madre aparecía sometida a una paradoja permanente. Si mostraba poca implicación emocional, podía ser acusada de frialdad. Si se implicaba demasiado, podía ser acusada de asfixiar o invadir. Si trabajaba fuera del hogar, se interpretaba que abandonaba a sus hijas e hijos. Si permanecía en casa y ocupaba un lugar central en la crianza, podía ser descrita como absorbente o incapaz de permitir la individuación. Si asumía autoridad, perturbaba el orden familiar. Si no la asumía, se la consideraba insuficiente. La cuestión, por tanto, no era encontrar el punto exacto en el que la madre debía situarse para evitar la culpa. La cuestión era que el propio dispositivo de lectura estaba construido para que la madre resultara culpable casi con independencia de lo que hiciera.

Este desplazamiento tuvo consecuencias de enorme alcance. En primer lugar, alteró el modo de entender muchas condiciones clínicas, desde el autismo hasta la esquizofrenia, pasando por otras realidades muy diversas que también fueron interpretadas a través del prisma de la dinámica materna. En segundo lugar, generó un sufrimiento añadido en las familias, porque al dolor de convivir con una enfermedad o una diferencia importante se sumaba la acusación directa o indirecta de haberla provocado. En tercer lugar, condicionó la práctica asistencial, ya que algunas intervenciones se orientaron no tanto a comprender o atender a la persona afectada como a corregir, controlar o apartar a la madre. Desde esta perspectiva, la historia de la mala madre no pertenece solo al ámbito de las ideas; pertenece también a la historia de la iatrogenia, del estigma y de la violencia terapéutica legitimada por teorías aparentemente científicas.

Ahora bien, esta entrada no pretende presentar una narración simplista en la que toda la historia de la psiquiatría, de la psicología o de la medicina pueda reducirse a un único sesgo. Hubo controversias, resistencias, voces críticas y cambios de paradigma. Hubo también profesionales que cuestionaron pronto estas formulaciones y familias que se organizaron para impugnarlas. Sin embargo, reconocer esa complejidad no obliga a diluir el problema. Al contrario, permite comprender mejor su gravedad. Lo que está en juego no es demostrar que toda una disciplina pensó siempre lo mismo, sino mostrar que ciertos marcos conceptuales adquirieron suficiente legitimidad como para dañar, orientar tratamientos, producir culpa y modelar durante décadas la manera de interpretar el sufrimiento.

Además, revisar esta historia sigue siendo necesario porque sus efectos no han desaparecido del todo. Hoy ya no se habla, en contextos clínicos serios, de madres nevera o de madres esquizofrenogénicas en el sentido clásico. Sin embargo, eso no significa que la lógica cultural que las sostuvo haya desaparecido por completo. Todavía persisten formas más sutiles, más difusas y a veces más difíciles de detectar de atribuir a las madres la responsabilidad preferente por el desarrollo, la conducta, el rendimiento, la alimentación, la regulación emocional y el bienestar general de sus criaturas. Por eso, mirar hacia atrás no es un ejercicio arqueológico sin consecuencias, sino una herramienta crítica para interrogar el presente. Examinar cómo se construyó la figura de la mala madre permite reconocer con mayor claridad los restos de esa misma estructura cuando reaparecen bajo vocabularios más modernos, más psicológicos o aparentemente más neutrales.

En consecuencia, el recorrido que sigue esta entrada se moverá entre dos planos que conviene mantener siempre relacionados. Por una parte, analizará varios modelos históricos concretos en los que la madre fue convertida en causa de la enfermedad. Por otra, tratará de mostrar qué imagen de la mujer, de la familia y del cuidado se estaba defendiendo en esos modelos, incluso cuando se presentaban como formulaciones estrictamente clínicas. Solo desde esa doble mirada resulta posible entender que la culpabilización materna no fue un simple desvío anecdótico del pasado, sino un punto de encuentro entre ciencia, género y poder.


1. Género, ciencia y poder. El marco desde el que surge la “mala madre”


Para entender por qué la madre llegó a convertirse en una explicación tan recurrente de la enfermedad, no basta con revisar teorías clínicas concretas. Antes de entrar en los casos particulares, hace falta detenerse en el marco más amplio que los hizo posibles. La figura de la mala madre no apareció simplemente porque algunos profesionales formularan hipótesis erróneas sobre determinados trastornos. Apareció, sobre todo, porque esas hipótesis encajaban con una organización social previa en la que la maternidad ocupaba un lugar central, normativamente cargado y profundamente vigilado. Dicho de otra manera, la madre no fue culpabilizada solo porque hubiera modelos científicos defectuosos, sino porque existía ya un terreno cultural preparado para aceptar como verosímil que una mujer pudiera ser la causa del sufrimiento psíquico o corporal de sus hijas e hijos.

En ese terreno cultural, la maternidad no se concebía como una experiencia plural, histórica y atravesada por condiciones materiales, sino como una función casi natural de la mujer. Ser madre no era únicamente criar, cuidar o sostener. Era también encarnar una determinada forma de feminidad. La buena madre debía ser disponible, afectuosa, estable, sacrificada, moralmente intachable y, además, relativamente transparente en su papel. Es decir, no debía introducir ambigüedad sobre quién era y qué lugar ocupaba. Tenía que cuidar sin desaparecer del todo, pero sin desbordar tampoco el espacio familiar. Tenía que estar presente, aunque sin invadir. Tenía que ordenar, pero sin ejercer una autoridad que pareciera impropia de lo materno. Tenía que amar sin reservas, aunque sin convertir ese amor en algo absorbente. En apariencia, se trataba de un ideal positivo. Sin embargo, en la práctica funcionaba como una norma casi imposible de cumplir de manera estable. Precisamente por eso resultaba tan útil como criterio implícito de evaluación y de sanción.

Este punto es decisivo, porque permite ver que la culpabilización materna no se basaba solo en conductas observables, sino en expectativas culturales previas acerca de lo que una mujer debía ser. La madre podía ser convertida en problema porque la sociedad ya había decidido que sobre ella recaía la responsabilidad principal del cuidado, del vínculo, de la contención afectiva y del equilibrio cotidiano de la familia. Cuando esos procesos se idealizan y se naturalizan, cualquier alteración del desarrollo, cualquier conflicto grave o cualquier diferencia significativa puede leerse retrospectivamente como señal de que algo falló en el desempeño materno. En ese sentido, la madre no era solo una persona concreta. Era el lugar simbólico sobre el que se descargaba la necesidad de encontrar una causa inteligible, cercana y moralmente interpretable.

Por eso la intersección entre género y salud es tan importante en esta historia. Las ciencias de la salud no operan en el vacío, ni producen sus categorías al margen de los valores de su tiempo. Observan, clasifican, nombran e interpretan, pero lo hacen siempre dentro de marcos culturales concretos. Cuando esos marcos están atravesados por una distribución desigual del poder entre hombres y mujeres, esa desigualdad puede infiltrarse en la forma de definir los síntomas, de construir la normalidad y de localizar las causas. Esto no significa que toda formulación clínica sea mera ideología disfrazada. Significa, más bien, que ninguna formulación clínica está completamente protegida frente a los sesgos del contexto en el que emerge. La historia de la mala madre obliga precisamente a reconocer ese problema. Muestra que la autoridad científica puede reforzar prejuicios sociales no solo de forma grosera, sino también mediante lenguajes sofisticados, teorías aparentemente complejas y dispositivos asistenciales que se presentan como neutrales.

En ese marco, la medicalización de la maternidad desempeñó un papel fundamental. A medida que la infancia, la crianza, la vida doméstica y la salud mental fueron entrando de manera más intensa en el campo de intervención de la medicina, la psicología y la psiquiatría, también aumentó la capacidad de estas disciplinas para definir qué formas de relación familiar eran saludables y cuáles no. El espacio de la casa dejó de ser únicamente un espacio privado. Se convirtió en un lugar susceptible de observación, corrección y juicio experto. La madre, por tanto, dejó de ser solo una figura moralmente evaluada por la comunidad o por la tradición; pasó también a ser un objeto de saber profesional. Sus gestos, su tono afectivo, su disponibilidad emocional, su capacidad de poner límites, su modo de alimentar, de tocar, de separar y de acompañar podían ser leídos como factores clínicamente relevantes. Ese desplazamiento fue muy importante porque permitió que valoraciones normativas sobre la feminidad y el cuidado adquirieran la apariencia de descripciones técnicas.

Además, el hecho de que la mujer fuera considerada la cuidadora principal en el orden patriarcal facilitó enormemente esta operación. Allí donde el cuidado está feminizado, también se feminiza la responsabilidad por sus supuestos fracasos. Si la madre es quien pasa más tiempo con la criatura, quien organiza la vida cotidiana, quien se ocupa de la alimentación, del sueño, de la higiene, del consuelo y de la regulación afectiva, entonces resulta muy sencillo construirla como causa inmediata de aquello que no encaja con la normalidad esperada. Ese razonamiento tiene una apariencia casi intuitiva y precisamente ahí reside parte de su fuerza. No necesita presentarse siempre como misoginia explícita. Puede adoptar la forma de una inferencia aparentemente razonable. Si ella es quien más está, ella es quien más influye. Y si ella es quien más influye, el problema debe estar ahí. Lo que este razonamiento oculta es que la propia distribución desigual de las tareas de cuidado ya forma parte del problema. La madre no es culpabilizada a pesar del patriarcado, sino a través de él.

En paralelo, la figura del padre quedó frecuentemente protegida por un mecanismo complementario, que es la naturalización de su distancia. El padre podía estar ausente, emocionalmente retirado, volcado en el trabajo o escasamente implicado en la vida cotidiana sin que esa ausencia generara el mismo nivel de sospecha causal. No porque no existieran discursos sobre el padre, sino porque su lejanía resultaba compatible con el modelo dominante de masculinidad. En ese esquema, el hombre no era el sostén principal del vínculo diario, sino la figura de autoridad, provisión o referencia externa. Por eso, cuando aparecía una dificultad grave en una hija o un hijo, la pregunta tendía a dirigirse antes hacia la madre. La asimetría no era accidental. Formaba parte del mismo orden simbólico. La madre respondía por el equilibrio emocional de la familia; el padre, en cambio, podía quedar más fácilmente exonerado porque su implicación no se presuponía de la misma manera.

Esta diferencia es crucial porque revela que no estamos solo ante un problema de atribución causal errónea, sino ante un reparto desigual de la responsabilidad. La madre era responsable de cuidar y, por tanto, también de fallar. El padre podía ser nombrado ocasionalmente, pero rara vez soportaba el mismo peso etiológico y moral. De este modo, la culpa no se distribuía según una evaluación objetiva de la realidad familiar, sino según una jerarquía previa de género. Esa jerarquía no solo asignaba tareas distintas. También asignaba formas distintas de ser juzgado. La madre era evaluada por presencia, exceso, defecto, tono emocional, coherencia, disponibilidad y capacidad de sostener el hogar. El padre, en cambio, podía permanecer en un segundo plano más protegido por la propia definición social de su papel.

Ahora bien, el aspecto quizá más inquietante de este proceso es que la ciencia no actuó únicamente como espejo de esos prejuicios, sino como una instancia que los reforzaba y los legitimaba. Cuando una intuición cultural pasa a convertirse en categoría clínica, adquiere un poder completamente distinto. Ya no se presenta como opinión, rumor o moralismo social, sino como saber autorizado. Eso transforma radicalmente su efecto. Una madre puede resistir, discutir o relativizar un comentario vecinal, una crítica familiar o una mirada social de desaprobación. Sin embargo, la situación cambia cuando esa misma sospecha aparece en boca de una figura profesional, en un texto académico, en una consulta o en una institución sanitaria. La autoridad del saber científico no crea de la nada el prejuicio, pero sí puede volverlo más difícil de cuestionar, más doloroso de soportar y más eficaz como forma de disciplina.

Por eso conviene insistir en que estas teorías no fueron simples errores inocentes. Un error inocente es una hipótesis fallida que se corrige cuando aparecen mejores datos. Aquí hubo algo más. Hubo una convergencia entre modelos explicativos, valores de género y formas de organización social que permitió que ciertas mujeres fueran observadas, juzgadas y tratadas como fuentes del daño. Esto no implica suponer mala fe individual en cada profesional ni negar la complejidad de los debates de la época. Lo que implica es reconocer que el conocimiento no es ajeno a las relaciones de poder y que, en determinadas condiciones, puede contribuir a estabilizarlas. La figura de la mala madre funcionó justamente así. No solo ofrecía una explicación de la enfermedad. También reafirmaba una determinada idea de la mujer, de la familia y de los límites que no debían cruzarse.

De hecho, cuanto más se examina este marco, más evidente resulta que la culpabilización materna operaba como un dispositivo de control social. Servía para recordar a las mujeres que su conducta tenía consecuencias no solo morales, sino supuestamente biológicas, psicológicas y clínicas sobre sus hijas e hijos. Servía también para disuadir desplazamientos respecto del ideal femenino dominante. Una mujer demasiado distante, demasiado autónoma, demasiado absorbente, demasiado visible, demasiado ambiciosa o demasiado autoritaria podía ser leída como un riesgo para el desarrollo infantil. La fuerza de este mecanismo residía en que no prohibía siempre de forma explícita. A menudo bastaba con culpabilizar, insinuar, diagnosticar o reinterpretar retrospectivamente. No hacía falta decirle a una mujer debes quedarte en tu sitio si se conseguía que temiera que salir de él pudiera enfermar a su criatura.

Además, este marco ayuda a entender por qué la figura de la mala madre fue tan extraordinariamente flexible. No respondía a un único perfil psicológico, sino a una lógica de vigilancia capaz de adaptarse a contextos distintos. En épocas o discursos concretos, la amenaza podía ser la frialdad. En otros, la fusión afectiva. A veces se castigaba la falta de entrega y, otras veces, la entrega excesiva. En algunos modelos, lo sospechoso era que la madre abandonara el hogar. En otros, que dominara en exceso la vida doméstica. Esa plasticidad no era una debilidad del sistema, sino una de sus principales fortalezas. Le permitía seguir culpabilizando a la madre incluso cuando cambiaban las normas sociales, las modas teóricas o las sensibilidades culturales. Lo constante no era el rasgo concreto que se denunciaba, sino el hecho de que la mirada volviera una y otra vez al mismo lugar.

En consecuencia, antes de analizar ejemplos específicos como el autismo, la esquizofrenia o el asma, conviene quedarse con esta idea de fondo. La mala madre no fue una invención aislada de ciertos autores especialmente extravagantes. Fue una figura históricamente posible porque cristalizaba tensiones profundas entre género, ciencia, familia y poder. Permitía transformar desigualdades sociales en explicaciones clínicas, traducir mandatos de feminidad en categorías asistenciales y convertir la vulnerabilidad de las madres en terreno de intervención experta. Solo desde este marco se comprende por qué la madre llegó a ocupar un lugar tan desproporcionado en la etiología de problemas tan distintos y por qué esa herencia, aunque hoy se exprese de otras formas, sigue siendo relevante para pensar críticamente la práctica sanitaria contemporánea.


3. Autismo y la construcción de la “madre nevera”


Pocas figuras condensan de forma tan nítida la lógica de culpabilización materna como la llamada madre nevera. En la historia del autismo, esta formulación llegó a convertirse en una de las expresiones más conocidas y más dañinas de la tendencia a buscar en la madre no solo un contexto relacional relevante, sino la causa misma del trastorno. Lo que se proyectó sobre ella no fue un matiz clínico, ni una hipótesis secundaria, ni una simple observación sobre la importancia del vínculo temprano. Lo que se proyectó fue una lectura completa del problema. El niño o la niña con autismo aparecía así como el producto de una maternidad emocionalmente fallida. Su dificultad para establecer determinadas formas de relación, para responder a las claves sociales o para participar del mundo compartido se interpretaba, no como una condición del neurodesarrollo compleja y multifactorial, sino como el resultado de haber crecido bajo una atmósfera afectiva gélida, distante o radicalmente no acogedora.

La potencia de esta idea no residía únicamente en su formulación teórica, sino también en su extraordinaria fuerza metafórica. La expresión madre nevera no era una etiqueta cualquiera. Convertía a la madre en un entorno térmico hostil, en un espacio emocional sin calor, en una figura capaz de congelar el vínculo. La metáfora resultaba especialmente eficaz porque parecía ofrecer una traducción intuitiva del cuadro clínico. Si el niño no entraba en la reciprocidad esperada, si parecía retraerse del contacto o responder de una manera distinta a la cercanía interpersonal, entonces podía imaginarse que había crecido en un medio afectivamente helado. La explicación se volvía, de ese modo, psicológicamente verosímil para quien ya estaba dispuesto a sospechar de la madre. No hacía falta demostrar mucho más. Bastaba con articular la analogía entre una madre fría y una criatura percibida como distante para que el prejuicio adquiriera apariencia de comprensión clínica.

Sin embargo, lo decisivo aquí no es solo la metáfora, sino el tipo de feminidad que esa metáfora señalaba como peligrosa. La madre nunca era fría en un sentido neutro. Lo era siempre en relación con un ideal normativo de maternidad cálida, disponible, envolvente y absolutamente volcada hacia la criatura. En consecuencia, la hipótesis de la madre nevera no se limitaba a explicar el autismo. También definía, por contraste, qué debía ser una buena madre. Debía estar emocionalmente presente, ofrecer un contacto afectivo continuo, sostener el vínculo sin fisuras y encarnar una disponibilidad casi total. Cuando no lo hacía, o cuando se la percibía como demasiado autónoma, demasiado contenida, demasiado intelectualizada o poco entregada a la crianza, se abría el camino para leer el autismo como el reflejo patológico de esa supuesta frialdad.

Desde esta perspectiva, la construcción de la madre nevera no puede separarse del clima social en que surgió y se consolidó. En el fondo, esta teoría funcionó también como una respuesta cultural ante transformaciones más amplias en el lugar social de la mujer. A medida que las mujeres accedían de manera creciente a la educación superior, al trabajo remunerado y a formas de vida menos confinadas al hogar, aumentaba también la ansiedad social respecto de lo que podía ocurrir con la maternidad. La pregunta apenas formulada, pero muy presente en el trasfondo de estos discursos, era si una mujer que salía de casa, que trabajaba, que pensaba, que no orientaba toda su energía vital al cuidado intensivo de sus hijas e hijos, podía seguir siendo madre de la manera correcta. La teoría de la madre nevera ofrecía una respuesta disciplinaria a esa inquietud. Venía a decir, en términos clínicos, que no. Que la madre que no se entregaba por completo al mandato afectivo de la maternidad corría el riesgo de dañar el desarrollo más profundo de su criatura.

Esto explica que el modelo tuviera una resonancia moral tan intensa. No se acusaba a la madre de cometer un error puntual, ni de carecer de información, ni de manejar mal una situación difícil. Se la acusaba, implícita o explícitamente, de no querer de la forma adecuada. Y eso convertía la experiencia diagnóstica en una experiencia de humillación. Para muchas familias, y muy especialmente para muchas madres, no bastaba con afrontar la incertidumbre, la complejidad y las necesidades asociadas al autismo. Además, debían soportar la sospecha de haber provocado ellas mismas esa condición. La consulta dejaba entonces de ser un lugar de ayuda para convertirse en un espacio de juicio. La madre no acudía solo a buscar comprensión o acompañamiento. Acudía también a escuchar, bajo formas más o menos refinadas, que algo esencial en su forma de maternar había fallado.

Por eso, la historia de la madre nevera permite ver con mucha claridad cómo una teoría clínica puede convertirse en un mecanismo de producción de vergüenza. La madre no solo quedaba asociada al origen del problema, sino que interiorizaba con facilidad esa posibilidad. Precisamente porque se trataba de una autoridad sanitaria quien hablaba, la hipótesis podía instalarse en el centro de la experiencia familiar. Y como afectaba a la dimensión más sensible de la identidad materna, la herida resultaba particularmente profunda. No se trataba de haber hecho mal un trámite o de haber tomado una decisión equivocada. Se trataba de que el sufrimiento de la criatura parecía revelar una falla íntima en la propia capacidad de amar, de vincularse y de cuidar. La culpabilización alcanzaba así un nivel casi existencial.

Aún más grave fue el efecto que esta manera de entender el autismo tuvo sobre la orientación asistencial. Cuando el foco causal se coloca de manera tan intensa sobre la madre, el centro de gravedad clínico se desplaza inevitablemente. La pregunta deja de ser qué necesita esa persona, cómo comprender su modo particular de desarrollarse, qué apoyos requiere la familia y qué intervenciones pueden resultar beneficiosas. En su lugar, la atención se dirige hacia la corrección del supuesto entorno patógeno. El problema no sería ya el autismo en sí, sino la madre que lo habría generado o perpetuado. De ese desplazamiento se derivaron prácticas profundamente problemáticas, incluidas distintas formas de separación, restricción del vínculo o alejamiento terapéutico, que partían de la idea de que el contacto materno era perjudicial. La crueldad de este planteamiento es difícil de exagerar. No solo se culpabilizaba a la madre, sino que se podía privar a la criatura de uno de sus vínculos más importantes bajo la justificación de que precisamente ahí residía el daño.

En este punto conviene subrayar algo importante. La teoría de la madre nevera no fue simplemente una interpretación equivocada del autismo. Fue también una forma de no ver a la persona con autismo. Al reducir la condición a un supuesto efecto del frío afectivo materno, se oscurecía la complejidad real del fenómeno y se desatendía la necesidad de comprenderlo en sus propios términos. La criatura pasaba a ser, en cierto sentido, un síntoma de la madre. Su singularidad quedaba subordinada a una narrativa familiar culpabilizadora. Y esta subordinación no era solo teórica. Tenía consecuencias prácticas, porque empobrecía la capacidad de escucha clínica, deformaba los objetivos del tratamiento y añadía sufrimiento allí donde ya existía una situación de gran vulnerabilidad.

Con el tiempo, estas formulaciones fueron siendo cuestionadas y finalmente desacreditadas. No se sostuvieron ni desde la investigación ni desde la observación clínica rigurosa, y acabaron cediendo ante modelos mucho más complejos del autismo, entendidos desde el neurodesarrollo y desde la interacción entre múltiples dimensiones biológicas, cognitivas, sensoriales y contextuales. Sin embargo, que la teoría haya sido abandonada no significa que sus efectos culturales se hayan evaporado por completo. Una idea tan potente no desaparece sin dejar sedimentos. Aunque ya no se hable en términos de madre nevera, todavía persisten formas de mirada que sitúan a las madres de niños y niñas autistas bajo una presión específica. A veces se las evalúa de forma implícita por cómo manejan la conducta, por cuánto estimulan, por cómo sostienen las rutinas, por si lo hacen demasiado o demasiado poco, por si sobreprotegen o por si no están suficientemente presentes. El vocabulario ha cambiado, desde luego, y sería inexacto afirmar que seguimos en el mismo escenario histórico. No obstante, sí pervive una cierta disposición a volver la mirada hacia la madre como si en ella hubiera que encontrar siempre una explicación adicional.

Además, este problema se cruza con otro sesgo contemporáneo relevante, que es la distinta lectura clínica del autismo en función del género. Cuando el autismo aparece en niñas o mujeres, sobre todo en presentaciones menos ajustadas al estereotipo clásico, con frecuencia puede pasar más desapercibido o interpretarse de otra manera. Esto no reproduce mecánicamente la figura de la madre nevera, pero sí recuerda que las categorías clínicas siguen interactuando con normas de género y con expectativas sociales sobre cómo deben comportarse unas y otros. Por eso, revisar críticamente la historia del autismo y de la madre nevera no sirve solo para denunciar una teoría pasada. Sirve también para aprender a identificar cuándo el juicio social y los estereotipos de género vuelven a infiltrarse en la mirada clínica, aunque lo hagan con ropajes mucho más modernos.

En definitiva, el caso de la madre nevera ocupa un lugar central en esta entrada porque muestra con una claridad excepcional cómo la madre pudo ser convertida en explicación total de una condición compleja. En él confluyen casi todos los elementos que venimos señalando: la construcción normativa de la buena maternidad, la medicalización del vínculo, la traducción clínica de ansiedades sociales sobre el papel de la mujer, la producción de culpa y vergüenza, y el desplazamiento del cuidado hacia intervenciones iatrogénicas centradas en el entorno familiar. Si el autismo se convirtió en uno de los escenarios paradigmáticos de esta historia, fue precisamente porque permitió condensar en una sola figura todo un programa de vigilancia sobre la maternidad. A partir de aquí, el recorrido puede avanzar hacia otra formulación igualmente influyente y profundamente lesiva, que ya no describirá a la madre como fría, sino como paradójica, invasiva y supuestamente capaz de desorganizar la vida psíquica de su hijo.


4. Separación terapéutica y violencia asistencial


Uno de los aspectos más duros de esta historia aparece cuando la culpabilización materna deja de operar solo como marco interpretativo y pasa a organizar directamente la intervención clínica. Hasta este punto ya hemos visto cómo ciertas teorías convirtieron a la madre en la explicación privilegiada de determinados trastornos. Sin embargo, el problema no terminaba en el diagnóstico moral o en la sospecha etiológica. Cuando una hipótesis de este tipo adquiere legitimidad institucional, empieza también a decidir qué debe hacerse, con quién hay que intervenir, de qué vínculo conviene desconfiar y qué relaciones pueden considerarse peligrosas para la evolución de la criatura. Es ahí donde la teoría se transforma en práctica y donde el sesgo deja de ser únicamente una deformación del pensamiento para convertirse en una forma concreta de daño.

En el caso del autismo, esta deriva fue especialmente visible en propuestas de separación terapéutica entre la criatura y su familia. La lógica que sostenía estas intervenciones era, en apariencia, sencilla. Si el problema residía en el entorno afectivo materno, si la madre era concebida como fuente patógena, si el vínculo estaba siendo leído como origen o mantenimiento del trastorno, entonces parecía razonable apartar al niño o a la niña de ese contexto. Desde esa perspectiva, alejar a la criatura no se presentaba como una violencia, sino como una medida clínica. La separación aparecía como tratamiento. Y precisamente ahí reside una de las formas más inquietantes de esta historia, porque lo que desde fuera podría reconocerse como ruptura traumática del vínculo era reformulado desde dentro del dispositivo sanitario como una intervención protectora, técnicamente justificada y orientada al bien del paciente.

El problema es que esta racionalidad estaba construida sobre una premisa profundamente defectuosa. No se partía de una comprensión rigurosa de la condición clínica ni de una evaluación cuidadosa de las necesidades concretas de la persona. Se partía de la sospecha previa sobre la madre. Por tanto, la intervención quedaba ya sesgada en su raíz. La pregunta no era qué favorece mejor el desarrollo, la seguridad o el bienestar de esa criatura, sino cómo neutralizar la influencia de quien había sido previamente definida como nociva. En términos asistenciales, esto supone un giro extremadamente grave, porque desplaza el objetivo de la atención. El centro ya no es la persona afectada, sino la eliminación o el control del supuesto agente patógeno encarnado en el vínculo familiar.

De este modo, la separación terapéutica puede entenderse como una forma de violencia asistencial en un doble sentido. Lo es, en primer lugar, porque rompe o debilita relaciones significativas bajo una justificación clínica que no reconoce su propio sesgo. Y lo es, en segundo lugar, porque presenta esa ruptura como cuidado, dificultando incluso que pueda ser nombrada como violencia. Aquí conviene detenerse un momento en la dimensión relacional del daño. En muchas de las situaciones en que estas prácticas fueron propuestas, las criaturas ya presentaban dificultades importantes en la interacción, la comunicación o la regulación. Precisamente por eso, el vínculo con sus figuras de referencia podía desempeñar un papel decisivo como espacio de estabilidad, reconocimiento y sostén. Destruir, restringir o poner bajo sospecha ese vínculo no solo no resolvía el problema, sino que añadía una capa nueva de desorganización, incertidumbre y sufrimiento.

Además, este tipo de medidas afectaban también de manera radical a las madres y al conjunto de la familia. No se las trataba ya como aliadas en el proceso de cuidado, ni como personas que necesitaban apoyo para comprender y acompañar una situación difícil. Se las convertía en obstáculo, en riesgo o en amenaza. Eso alteraba por completo la posición subjetiva desde la que podían participar en la atención. En lugar de ser reconocidas como parte del entorno que debía ser acompañado, eran empujadas a ocupar el lugar de aquello que había que corregir, vigilar o mantener a distancia. El resultado era devastador. Al dolor propio de convivir con una situación compleja se añadía la experiencia de ser tratadas como causa del problema y de ver cuestionado incluso el derecho a ejercer el cuidado.

La violencia de estas prácticas no dependía necesariamente de grandes gestos espectaculares. A veces podía expresarse en formas más sutiles, como restricciones del contacto, limitación de visitas, recomendaciones de distanciamiento o programas terapéuticos construidos sobre la desconfianza sistemática hacia la familia. Sin embargo, el mecanismo de fondo seguía siendo el mismo. Se asumía que el vínculo era sospechoso y que la mejor intervención consistía en debilitarlo. Desde una perspectiva contemporánea, resulta imposible no advertir la inversión ética que esto implica. Allí donde la clínica debería haber buscado comprender cómo sostener mejor a una persona y a su red de apoyos, se terminó interviniendo contra esa red, precisamente porque la teoría había decidido de antemano dónde debía localizarse el daño.

Hay, además, una cuestión epistemológica muy relevante en todo esto. La separación terapéutica muestra con claridad cómo una hipótesis sesgada puede retroalimentarse a sí misma. Si se aparta a la criatura de su madre y posteriormente se interpreta cualquier cambio como confirmación de la teoría inicial, entonces el dispositivo se vuelve casi inmune a la crítica. La mejoría puede atribuirse al alejamiento del entorno familiar, mientras que el deterioro puede leerse como prueba de un daño ya instalado previamente por ese mismo entorno. En ambos casos, la hipótesis sale reforzada. Esta estructura circular es especialmente peligrosa en clínica, porque dificulta enormemente la falsación del modelo y facilita que la autoridad profesional siga operando incluso cuando el fundamento teórico es débil o erróneo. No se trata solo de que hubiera malas interpretaciones, sino de que ciertas formas de intervención producían las condiciones para seguir creyendo en ellas.

Por eso, este apartado obliga también a pensar la iatrogenia en un sentido amplio. No siempre hay iatrogenia únicamente cuando un procedimiento farmacológico o técnico produce un efecto adverso directo. También la hay cuando una teoría organiza la relación asistencial de manera que incrementa el sufrimiento, estigmatiza a las familias o priva a la persona atendida de apoyos significativos. En ese sentido, la historia de la separación terapéutica en contextos de culpabilización materna forma parte de la historia de los daños producidos en nombre del tratamiento. Es una historia que no puede reducirse a un exceso puntual o a un malentendido del pasado. Lo que muestra es algo más estructural, a saber, que una clínica capturada por prejuicios sobre género y familia puede llegar a dañar precisamente allí donde afirma estar cuidando.

Esto tiene consecuencias importantes para la lectura global de la entrada. Hasta ahora podría parecer que el problema principal residía en la injusticia simbólica de culpar a las madres. Sin embargo, al llegar a este punto se hace evidente que no estamos solo ante una cuestión de discurso. La culpabilización materna reorganizó decisiones, justificó distancias, legitimó exclusiones y transformó la práctica clínica de maneras concretas. En otras palabras, no fue únicamente una narrativa estigmatizante. Fue también una matriz de intervención. Y eso obliga a tratarla con toda la gravedad que merece, porque sus efectos no se limitaron al plano de las ideas ni al sufrimiento subjetivo, sino que alcanzaron el núcleo mismo del cuidado.

Ahora bien, el interés de este recorrido no está solo en denunciar retrospectivamente lo que hoy puede parecernos inaceptable. También consiste en extraer una lección ética para el presente. Cada vez que una práctica sanitaria empieza a operar contra los vínculos significativos de una persona sin una justificación sólida, cada vez que convierte a la familia en problema antes que en interlocutora, y cada vez que sustituye la escucha por la sospecha estructural, reaparece el riesgo de reproducir, bajo nuevas formas, parte de esta misma lógica. Evidentemente, no toda separación, ni toda limitación del contacto, ni toda intervención sobre la dinámica familiar responden a un sesgo de este tipo. Hay situaciones clínicas complejas en las que proteger a la persona exige decisiones difíciles. Precisamente por eso es tan importante distinguir entre intervenciones justificadas por una evaluación rigurosa y otras sustentadas en prejuicios disfrazados de criterio técnico.

En el fondo, la gran enseñanza de este apartado es que el cuidado no puede disociarse de la crítica de los marcos que lo organizan. No basta con tener intención terapéutica. Hace falta preguntarse desde qué supuestos se define el problema, a quién se mira con sospecha, qué relaciones se consideran valiosas y cuáles se degradan a la categoría de riesgo. Cuando esas preguntas no se formulan, la clínica puede deslizarse con facilidad hacia formas de violencia legitimada que, precisamente por estar envueltas en lenguaje profesional, resultan más difíciles de reconocer. La separación terapéutica en el contexto de la culpabilización materna es, en este sentido, un caso especialmente revelador. Muestra hasta qué punto un error conceptual sobre la etiología puede traducirse en una intervención éticamente lesiva y cómo la autoridad asistencial puede convertirse, sin advertirlo o sin reconocerlo, en una fuerza de desposesión del vínculo.

Con este trasfondo, el paso siguiente resulta casi inevitable. Si en el autismo la madre fue construida como fría y dañina por ausencia de calor afectivo, en otros modelos clínicos se la describirá de manera muy distinta, aunque con un efecto igualmente culpabilizador. Ya no será la madre distante, sino la madre paradójica, invasiva o desorganizadora. Ese desplazamiento es clave, porque permite ver que el problema nunca estuvo en un rasgo materno concreto, sino en la extraordinaria flexibilidad del dispositivo para seguir localizando en la madre el origen del daño. Esa es precisamente la lógica que se despliega con especial intensidad en la figura de la llamada madre esquizofrenogénica.


5. Esquizofrenia y la figura de la madre esquizofrenogénica


Si en el caso del autismo la madre fue convertida en una presencia afectivamente helada, en la historia de la esquizofrenia apareció otra figura distinta, pero no menos lesiva, que fue la de la madre esquizofrenogénica. El desplazamiento es importante porque muestra algo decisivo para el conjunto de esta entrada. La madre no era culpabilizada por un único rasgo estable. No existía un perfil fijo de maternidad patológica que las teorías de la época se limitaran a identificar. Más bien ocurría lo contrario. El dispositivo interpretativo era lo bastante flexible como para reformular la culpa según las exigencias de cada cuadro clínico. Allí donde el autismo se leía como producto de una frialdad relacional, la esquizofrenia empezó a leerse como efecto de una relación materna paradójica, invasiva, contradictoria o profundamente perturbadora para la organización psíquica del hijo.

Esta diferencia no es menor. La figura de la madre esquizofrenogénica no remite a una mujer indiferente, sino a una mujer demasiado implicada y, al mismo tiempo, desorganizadora. En determinados modelos psicodinámicos, se la describía como una madre que emitía mensajes incompatibles, que oscilaba entre cercanía y rechazo, entre protección y hostilidad, entre dependencia y control. La criatura crecería así en un universo relacional donde los signos no son estables, donde el afecto no puede leerse con claridad y donde toda respuesta parece condenada de antemano a ser inadecuada. Desde ese esquema, la psicosis aparecía como una especie de desenlace extremo de la confusión vincular. No sería ya solo una enfermedad grave con una complejidad clínica enorme, sino la cristalización de una forma de relación materna que habría impedido constituir una referencia firme para habitar la realidad compartida.

En el centro de esta formulación se situó con frecuencia la idea de la comunicación paradójica o del doble vínculo (o doble. vinculante). Según esta lógica, el hijo recibiría de su madre mensajes simultáneamente incompatibles, de manera que cualquier intento de respuesta lo colocaría en falta. El problema no sería solo que la madre dijera una cosa y sintiera otra, o que mezclara afecto y hostilidad, sino que esa contradicción quedaría estructuralmente inscrita en la relación. La criatura no podría orientarse con seguridad ni confiar en la estabilidad del vínculo. Desde la perspectiva de estas teorías, la esquizofrenia surgía así como una especie de respuesta extrema a una organización relacional intolerable, un intento fallido de habitar un mundo en el que los significados fundamentales habrían quedado radicalmente perturbados desde el origen.

Lo más llamativo, sin embargo, no es solo la arquitectura teórica del modelo, sino el tipo de madre que se estaba construyendo a través de él. Bajo la apariencia de una explicación sofisticada del sufrimiento psicótico, lo que aparecía era de nuevo una sanción del desajuste respecto de un ideal materno muy preciso. Esta madre ya no era condenada por carecer de afecto, sino por no saber situarse en el lugar adecuado dentro de la economía emocional de la familia. Se convertía en problemática porque desbordaba los límites de lo que se esperaba de ella como madre. Era demasiado intensa, demasiado contradictoria, demasiado dominante o demasiado intrusiva. Su cercanía no ofrecía seguridad, sino captura. Su palabra no orientaba, sino que confundía. Su presencia no contenía, sino que desorganizaba. En definitiva, era una madre que no estaba donde debía estar.

Aquí emerge una cuestión particularmente relevante. Muchas de estas formulaciones castigaban, en realidad, a la madre que no se mantenía confinada a una versión dócil, afectiva y relativamente desproblematizada de la maternidad. Cuando la madre aparecía poniendo límites, ejerciendo autoridad, invadiendo espacios simbólicos reservados al padre o mostrando una complejidad subjetiva que excedía el ideal de madre siempre disponible y transparente, podía ser leída como fuente de perturbación. Por tanto, la madre esquizofrenogénica no era simplemente una figura clínica. Era también una figura moral. Encarnaba el miedo a una maternidad que no se dejaba domesticar del todo por las normas del orden familiar patriarcal. Su culpa no residía tanto en un comportamiento objetivable como en una posición: la de no ajustarse sin fisuras al guion asignado.

Esto ayuda a entender por qué el modelo resultó tan eficaz, a pesar de su fragilidad. Ofrecía una explicación aparentemente profunda de un trastorno especialmente complejo y desconcertante, pero al mismo tiempo respondía a una necesidad cultural más amplia, que era la de localizar una causa legible dentro de la familia. Frente a una condición clínica grave, que desbordaba los recursos explicativos más simples y que generaba angustia en profesionales y familias, la figura de la madre esquizofrenogénica proporcionaba un foco de inteligibilidad. Hacía posible pensar que el origen del problema estaba en una relación concreta, reconocible y moralmente interpretable. En ese sentido, el modelo no solo aliviaba la incertidumbre científica de la época. También reconducía la angustia social hacia una figura tradicionalmente disponible para cargar con la responsabilidad.

Sin embargo, ese aparente alivio explicativo tenía un coste enorme. Igual que ocurría en otros contextos de culpabilización materna, la madre dejaba de ser acompañada para convertirse en objeto de sospecha. La experiencia de convivir con un hijo o una hija en situación de sufrimiento psicótico grave podía transformarse en una experiencia doblemente devastadora. Por un lado, estaba la dureza propia del cuadro clínico, con toda la incertidumbre, el miedo y la desorganización que suele implicar. Por otro, aparecía la imputación más o menos explícita de haber contribuido a producir ese sufrimiento. La madre no solo tenía que sostener una situación extremadamente compleja, sino que debía hacerlo bajo la mirada de una clínica que podía leer su propia presencia como parte del problema.

A esto se añadía una dificultad adicional que vuelve particularmente cruel este modelo. Cuanto más intensamente se afectaba la vida familiar por la psicosis, más fácil resultaba reinterpretar retrospectivamente cualquier dinámica de cuidado, de conflicto, de sobreimplicación o de agotamiento como prueba a favor de la teoría. El sufrimiento de la familia no se leía como consecuencia del trastorno, sino como indicio de su supuesto origen relacional. Es decir, la propia crisis familiar que una situación psicótica podía desencadenar era usada para confirmar que había algo estructuralmente patológico en la madre o en el vínculo materno. Se instalaba así una circularidad interpretativa muy difícil de romper. La teoría no se limitaba a explicar el cuadro. Reorganizaba la percepción de todo lo que ocurría alrededor para seguir devolviendo la causalidad a la misma figura.

Además, la construcción de la madre esquizofrenogénica reforzaba de manera indirecta otra asimetría que aparecerá de forma más explícita en el apartado siguiente, que es la relativa exoneración del padre. Aunque algunos modelos mencionaban figuras paternas ausentes, débiles o insuficientemente estructurantes, el peso etiológico y simbólico recaía con mucha más intensidad sobre la madre. No era casual. La madre continuaba siendo concebida como matriz primaria del vínculo y, por tanto, como espacio preferente donde localizar la perturbación originaria. Esa distribución de responsabilidades no obedecía a una observación neutral de la vida familiar, sino a una gramática previa del género. Se seguía presuponiendo que el corazón de la vida psíquica del hijo estaba del lado de la madre y que, por ello, también desde ahí debía venir el daño.

En el plano asistencial, estas formulaciones tuvieron efectos muy concretos. No solo contribuyeron al estigma de las familias, sino que condicionaron la manera de intervenir. La sospecha permanente sobre la madre podía contaminar la relación terapéutica, dificultar la alianza con la familia y desplazar la atención desde las necesidades reales de la persona psicótica hacia un escrutinio casi obsesivo de la dinámica doméstica. En los casos más extremos, la madre quedaba sometida a una forma de evaluación continua en la que cada gesto, cada ambivalencia y cada intento de sostener la situación podían volverse en su contra. Si mostraba cansancio, podía interpretarse como rechazo. Si insistía demasiado, como invasión. Si se retiraba para protegerse o para dejar espacio, como abandono. De nuevo, la estructura era casi imposible de habitar sin culpa.

Este punto enlaza con una idea de fondo que la entrada viene desarrollando desde el inicio, aunque aquí adquiere un matiz específico. En la historia de la madre esquizofrenogénica, la clínica no solo culpabilizó a la madre por el daño supuestamente producido. También castigó la complejidad real del cuidado. Cuidar a una persona en sufrimiento psicótico implica muchas veces moverse entre cercanía y distancia, protección y respeto, intervención y espera. Es una tarea difícil, llena de incertidumbre y de tensiones inevitables. Al convertir esas tensiones en signos de patología materna, el modelo hacía prácticamente imposible reconocer la dificultad real de la situación. En vez de comprender la ambivalencia como parte de una experiencia límite, la reinterpretaba como causa. Y al hacerlo, transformaba la vulnerabilidad de la madre en evidencia contra ella.

Con el paso del tiempo, esta construcción fue perdiendo centralidad a medida que la investigación clínica y biológica de la esquizofrenia avanzó y a medida también que se hizo más evidente el carácter sesgado, especulativo e insuficiente de estos modelos. No desaparecieron de un día para otro, ni dejaron de influir de inmediato en la cultura clínica, pero sí fueron cediendo terreno. Hoy resultan insostenibles como explicación rigurosa de la esquizofrenia. No obstante, su interés histórico sigue siendo enorme porque muestran con especial claridad cómo un trastorno grave y altamente complejo pudo ser interpretado a través de categorías profundamente normativas sobre maternidad, autoridad, afecto y orden familiar.

En realidad, esa es la clave que conviene retener. La figura de la madre esquizofrenogénica no fue solo una teoría equivocada sobre la psicosis. Fue una forma de convertir la maternidad en escenario privilegiado de ansiedad social y de control clínico. Bajo su aparente sofisticación psicológica, lo que persistía era una vieja operación, a saber, traducir en causalidad patológica aquello que no encajaba con el ideal femenino dominante. Si en el caso del autismo se castigaba la frialdad o la insuficiente entrega, aquí se castigaba la madre demasiado presente, demasiado compleja o demasiado desbordante para el molde de la maternidad aceptable. En ambos casos, lo decisivo no era el rasgo concreto atribuido a la madre, sino la facilidad con la que la explicación del sufrimiento terminaba volviendo, una vez más, hacia ella.

Desde aquí se entiende mejor por qué el problema no puede reducirse a una suma de teorías aisladas. Lo que se dibuja es una estructura relacional en la que la madre asume el exceso de responsabilidad mientras otras figuras familiares quedan comparativamente descargadas de culpa. Esa asimetría no es un elemento secundario del análisis. Es, de hecho, una de las claves para comprender cómo operó este sistema de interpretación y por qué resultó tan resistente. Precisamente por eso, el siguiente paso exige detenerse en la figura complementaria que acompaña a muchas de estas narrativas, que es la del padre ausente, normalizado o insuficientemente interrogado.


6. El padre ausente y la asimetría de la responsabilidad familiar


Para comprender del todo la lógica de estas construcciones clínicas, no basta con analizar cómo se patologizó a la madre. También hace falta observar qué ocurría, al mismo tiempo, con la figura del padre. Y lo que aparece entonces es una asimetría muy reveladora. En muchos de estos modelos, el padre no desaparece por completo del campo teórico, pero su posición queda formulada de una manera radicalmente distinta. Mientras la madre es convertida en foco etiológico, en superficie de sospecha y en objeto de escrutinio constante, el padre tiende a quedar situado en un lugar más difuso, más normalizado y, en último término, mucho menos cargado de responsabilidad. No es que no se hablara nunca de él. Es que se hablaba desde otro régimen de expectativas.

En el orden familiar patriarcal en el que surgieron y circularon muchas de estas teorías, la presencia cotidiana del padre no se consideraba indispensable en el mismo sentido que la de la madre. Su distancia podía ser lamentada, comentada o incluso señalada, pero no adquiría automáticamente el mismo estatuto patológico. El padre trabajaba fuera, estaba menos disponible, intervenía menos en el cuidado diario, ocupaba un lugar de autoridad más que de sostén afectivo continuo y, precisamente por eso, su ausencia se volvía socialmente inteligible. Formaba parte del guion. No necesitaba ser justificada del mismo modo. La madre, en cambio, era concebida como núcleo relacional, regulador emocional y sostén constante de la vida doméstica. Por tanto, si algo se desviaba de la norma esperada en el desarrollo o en la salud mental de la criatura, la mirada tendía a dirigirse antes y con mayor intensidad hacia ella.

Esta diferencia no es un detalle accesorio. Es uno de los mecanismos que mejor muestran que la distribución de la culpa no obedecía a una evaluación neutral de la dinámica familiar, sino a una jerarquía previa de género. La madre aparecía como responsable por definición, porque sobre ella descansaba la obligación social de cuidar, contener, criar, compensar y reparar. El padre, por el contrario, podía mantenerse en una posición comparativamente menos expuesta al juicio clínico porque su implicación no estaba construida como condición básica del equilibrio cotidiano. Dicho de otro modo, el padre no era inocente por haber sido evaluado y absuelto. Era inocente porque muchas veces ni siquiera era interrogado con la misma intensidad.

Esto se ve con especial claridad en aquellas formulaciones en las que se hablaba del padre ausente. A primera vista podría parecer que esos modelos repartían la responsabilidad entre ambos progenitores. Sin embargo, cuando se observan de cerca, lo que aparece es algo distinto. La ausencia del padre no se convertía en problema en sí misma, sino sobre todo cuando la madre no lograba compensarla adecuadamente. Es decir, el fallo estructural seguía retornando a ella. Si el padre estaba lejos, emocional o materialmente, eso podía integrarse sin escándalo dentro del funcionamiento esperable de la familia. El verdadero peligro surgía cuando la madre no conseguía neutralizar esa distancia con una presencia suficientemente protectora, amorosa, ordenadora o equilibrante. Por tanto, incluso cuando el padre entraba en escena como figura deficitaria, la carga final del fracaso volvía a recaer sobre la madre.

Este mecanismo tiene una gran importancia porque deja al descubierto una lógica muy precisa. La madre no solo era la responsable principal del cuidado, sino también la responsable de absorber las carencias del resto del sistema familiar. Debía compensar la ausencia paterna, amortiguar la dureza de las jerarquías domésticas, sostener afectivamente a la criatura y garantizar que ninguna fisura del entorno se tradujera en sufrimiento o alteración clínica. Se le exigía, en suma, un trabajo de reparación continua. Y cuando ese trabajo no producía el resultado esperado, el sistema no concluía que la carga fuera desproporcionada o que la estructura familiar estuviera organizada de manera injusta. Concluía que la madre había fallado. Esta inversión es decisiva. Lo que debería haber sido leído como desigualdad estructural se reinterpretaba como insuficiencia femenina.

Además, esta asimetría servía para proteger un determinado modelo de masculinidad. Si el padre podía estar más distante sin convertirse automáticamente en origen de la patología, era porque su lugar social estaba definido de forma compatible con esa distancia. El hombre seguía siendo pensado como proveedor, como figura normativa, como autoridad potencial o como referencia externa, pero no como centro afectivo permanente del desarrollo infantil. Y esa definición tenía consecuencias clínicas muy concretas. Al no atribuirle de entrada la misma responsabilidad vincular, también se reducía la probabilidad de que fuera construido como causa directa del trastorno. El sistema, en otras palabras, no solo patologizaba a la madre. También exoneraba al padre mediante la naturalización de su menor presencia en el cuidado.

Esto no significa que las teorías de la época ignoraran por completo la dimensión paterna. En algunos casos se hablaba de padres débiles, lejanos, pasivos o insuficientemente estructurantes. Pero incluso entonces la formulación tendía a operar de un modo diferente. La figura paterna era descrita más como carencia de una función que como origen activo del daño. No se le atribuía con la misma frecuencia una capacidad patógena inmediata comparable a la que se adjudicaba a la madre. De nuevo, la diferencia es importante. A la madre se la imaginaba como agente etiológico, como presencia que enferma, que confunde, que congela, que invade o que asfixia. Al padre, en cambio, se lo pensaba muchas veces como una falta de sostén, como una ausencia o una debilidad. La una dañaba por estar mal; el otro fallaba por no estar lo suficiente. Y en ese reparto desigual de formas de fallar ya se expresa toda una economía de género.

De hecho, este reparto tenía también un efecto simbólico muy potente sobre la propia experiencia de las familias. La madre podía verse atrapada en una obligación imposible de satisfacer, porque no solo debía cuidar, sino hacerlo de forma tal que ninguna carencia del entorno se tradujera en problema. El padre, mientras tanto, podía continuar ocupando un lugar relativamente preservado por la estructura misma de expectativas. Así, la madre quedaba expuesta a una doble presión. Por una parte, debía responder a los mandatos de la buena maternidad. Por otra, debía neutralizar o amortiguar aquello que el sistema daba por hecho en la masculinidad paterna, incluida la distancia. Esta doble exigencia vuelve todavía más comprensible por qué la culpabilización materna podía instalarse con tanta facilidad y con tanta violencia.

En este punto se aprecia con claridad que la historia de la mala madre no puede leerse solo como una historia de misoginia explícita. También es una historia de distribución desigual de funciones, de naturalización de ciertas ausencias y de blindaje simbólico de determinados privilegios masculinos. La madre soporta el peso de la etiología porque soporta previamente el peso del cuidado. El padre queda parcialmente al margen porque la estructura ya lo ha colocado parcialmente al margen del trabajo afectivo cotidiano. Por eso la clínica, cuando adopta sin crítica ese orden familiar, no hace más que traducirlo en lenguaje técnico. Convierte en problema clínico aquello que primero fue organizado como desigualdad social.

Hay, además, una consecuencia interpretativa muy importante. Si la madre debe compensar permanentemente la falta o la distancia del padre, entonces cualquier expresión de cansancio, de ambivalencia o de límite por parte de ella puede ser leída como insuficiencia, cuando en realidad puede estar señalando la imposibilidad material de sostener sola todo el entramado del cuidado. Este punto resulta especialmente relevante porque permite releer muchas dinámicas familiares no como signos de patología materna, sino como efectos de una distribución profundamente injusta de responsabilidades. Lo que ciertas teorías describían como exceso, falla o desorganización de la madre podía ser, en buena medida, el resultado de una sobrecarga estructural que el propio marco patriarcal producía y luego devolvía contra ella en forma de culpa.

Por eso, atender a la figura del padre ausente no cumple aquí una función meramente compensatoria, como si se tratara de recordar que también él estaba ahí. Cumple una función analítica mucho más profunda. Permite ver que la culpabilización materna no se sostenía sola, sino en relación con una economía familiar que descargaba responsabilidad sobre un lado y la aliviaba sobre el otro. La madre era la portadora privilegiada del riesgo clínico precisamente porque la estructura social ya la había convertido en portadora privilegiada del deber de cuidado. El padre podía mantenerse en la penumbra causal porque la cultura ya había normalizado su lejanía relativa. Y esa combinación resultó extraordinariamente eficaz para reproducir tanto el estigma sobre las madres como la escasa problematización de ciertas formas de masculinidad y paternidad.

En última instancia, este apartado permite afinar una idea que atraviesa toda la entrada. El problema nunca fue solo que algunas madres fueran injustamente acusadas. El problema fue que existía una organización completa del parentesco, del cuidado y de la autoridad que hacía posible, plausible e incluso convincente esa acusación. La madre quedaba situada en el centro del campo etiológico no por un exceso contingente de atención clínica, sino porque el orden social la había colocado ya en el centro del campo moral del cuidado. Cuando la ciencia asumió sin demasiada crítica ese reparto, lo que hizo fue reforzarlo y devolverlo como verdad experta.

A partir de aquí, se entiende mejor por qué la lógica de la culpabilización materna pudo expandirse a condiciones tan distintas. No dependía solo de teorías particulares sobre el autismo o la esquizofrenia, sino de una matriz mucho más amplia, capaz de reenviar casi cualquier desviación o sufrimiento hacia el mismo núcleo familiar feminizado. Precisamente esa elasticidad es la que se vuelve visible cuando se examina cómo el mismo esquema se proyectó también sobre otras patologías y condiciones, desde el asma hasta la anorexia o la homosexualidad.


7. La extensión del esquema a otras patologías y condiciones


Una vez que se observa con cierta perspectiva el modo en que el autismo o la esquizofrenia fueron leídos a través de la figura materna, aparece con claridad un rasgo todavía más revelador del problema. La culpabilización de la madre no quedó confinada a unos pocos trastornos especialmente complejos, ni dependió únicamente de escuelas teóricas concretas interesadas en la vida familiar. Lo que se fue desplegando, en realidad, fue un esquema interpretativo mucho más amplio, con capacidad para extenderse a cuadros muy distintos entre sí. Esta capacidad de expansión es importante porque muestra que no estamos ante una serie de errores aislados, sino ante una matriz de lectura extraordinariamente flexible. Allí donde había sufrimiento, diferencia, desajuste o desviación respecto de la norma, la madre podía volver a aparecer como principio explicativo. Y cuanto más amplia era esa capacidad de aplicación, más evidente resulta que lo que estaba en juego no era una etiología rigurosa, sino una forma cultural de ordenar la culpa.

El caso del asma permite ver con especial nitidez este desplazamiento. Aquí la madre ya no aparecía tanto como fría o paradójica, sino como excesivamente protectora, envolvente o asfixiante. La lógica se desplazaba desde el plano relacional hacia una metáfora somática de enorme potencia. El niño o la niña se ahogaría, por así decirlo, en una atmósfera emocional demasiado densa, demasiado controladora o demasiado absorbente. La dificultad respiratoria quedaba así reinterpretada como traducción corporal de un vínculo materno vivido como opresivo. En términos estrictamente clínicos, la operación era muy débil. En términos culturales, en cambio, resultaba enormemente eficaz, porque volvía a convertir la conducta de la madre en una explicación intuitiva del síntoma. No hacía falta comprender la complejidad fisiopatológica del asma ni atender a la pluralidad de factores implicados. Bastaba con suponer que una presencia materna excesiva podía quitar el aire de la misma manera que una madre fría podía quitar el calor.

Esta lectura tiene interés no solo por lo que dice del asma, sino por el tipo de maternidad que vuelve a sancionar. En este caso, la madre es culpable no por ausencia, sino por exceso. Ya no enfría el vínculo, sino que lo recarga. No abandona, sino que no deja espacio. En otras palabras, el mismo dispositivo se reajusta con notable facilidad para producir una nueva forma de falla materna. La madre que cuida demasiado, que protege en exceso, que envuelve demasiado la vida de la criatura, puede ser leída ahora como amenaza para su cuerpo y para su autonomía. El síntoma respiratorio se convierte entonces en una escena privilegiada para proyectar una vieja inquietud cultural, que es la sospecha sobre la maternidad que no conoce límite, que no sabe retirarse o que no tolera suficientemente la separación. Lo más significativo es que la teoría no necesita mantener continuidad con la figura de la madre nevera. Puede invertirla por completo y seguir señalando a la misma persona. Ahí se advierte, una vez más, que el problema no era un rasgo específico de la madre, sino la disponibilidad estructural de su figura para recibir la imputación causal.

Algo semejante, aunque en un registro distinto, ocurre cuando el mismo esquema se proyecta sobre la anorexia. En este terreno, la madre aparece muchas veces construida como una figura competitiva, invasiva o seductora, especialmente en su relación con la hija. La operación teórica se desplaza entonces hacia el cuerpo femenino, la transmisión generacional de la feminidad y la tensión entre madre e hija en torno a la imagen, el deseo, el control y el lugar que cada una debe ocupar. Ya no se trataría de una madre que congela o asfixia, sino de una madre que no renuncia a ser mujer en el modo adecuado para una madre. Se convierte en rival, en presencia que invade simbólicamente el espacio de la hija, en figura cuya propia visibilidad corporal o sexual desordena la constitución subjetiva de la joven. La anorexia sería leída, desde esta lógica, como una respuesta extrema a ese conflicto, una manera de ejercer control sobre el cuerpo y de resolver, por vía patológica, una tensión relacional supuestamente generada por la madre.

Este punto merece especial atención porque muestra cómo la culpabilización materna se adapta también a los escenarios en los que lo que está en juego es la feminidad de la hija. La madre ya no es evaluada solamente por cuánto cuida o cómo organiza el vínculo, sino por cómo habita su propio cuerpo, por qué lugar ocupa en el campo del deseo y por si sabe o no retirarse del centro de la escena femenina para dejar paso a la generación siguiente. Es una formulación especialmente reveladora porque desplaza el juicio desde la función materna en sentido estricto hacia algo más amplio, que es la regulación social de la mujer en relación con la edad, la sexualidad y la visibilidad. De nuevo, el modelo clínico se entrelaza con normas de género que exceden la clínica. La madre se vuelve peligrosa no solo por lo que hace con la hija, sino por lo que es como mujer en un momento en el que, según esa lógica cultural, ya no debería ocupar cierto lugar.

Además, la referencia a la anorexia introduce otro matiz importante. Mientras que en otros cuadros se culpabiliza a la madre por no estar suficientemente ajustada al ideal de maternidad afectiva, aquí se la sanciona por no haber aceptado del todo una desexualización o una invisibilización esperable de la mujer-madre. Es decir, el mismo sistema que exige a la madre ser el centro del cuidado puede castigarla después si sigue siendo demasiado visible como sujeto femenino. Esta torsión resulta especialmente útil para comprender el carácter disciplinario de todo el dispositivo. No se trataba solo de regular cuánto debía cuidar la madre, sino también cómo debía envejecer, cómo debía aparecer, qué relación debía mantener con su propio cuerpo y qué lugar le estaba permitido ocupar frente a la hija. La etiología familiar funcionaba, por tanto, como un modo de traducir mandatos culturales sobre la feminidad en lenguaje aparentemente clínico.

La homosexualidad ofrece todavía otra variante de este mismo fenómeno. Durante mucho tiempo, especialmente cuando las orientaciones no heterosexuales eran tratadas dentro de marcos patologizantes, también se ensayaron explicaciones familiares y maternas que pretendían localizar en la dinámica doméstica el origen de la desviación. El interés de este caso no reside solo en la historia específica de la patologización de la homosexualidad, que es amplia y compleja, sino en que vuelve a poner de relieve la elasticidad del esquema. Ya no estamos necesariamente ante un trastorno del desarrollo, una psicosis o una condición somática. Estamos ante una forma de vida, de deseo o de orientación sexual que determinados discursos consideran problemática. Y, sin embargo, la maquinaria interpretativa vuelve a activarse de manera parecida. La madre demasiado dominante, demasiado invasiva, demasiado cercana, demasiado masculina o, en otros relatos, demasiado ambivalente, vuelve a ser llamada para explicar aquello que se presenta como anómalo.

Lo importante aquí es advertir que el salto desde la enfermedad al terreno de la sexualidad no rompe el patrón, sino que lo confirma. El mismo dispositivo que había servido para explicar síntomas, crisis o alteraciones graves podía aplicarse también a diferencias consideradas intolerables por la norma social. Eso significa que la función principal de estas teorías no era solo entender determinados cuadros clínicos, sino mantener disponible un mecanismo general de atribución causal sobre la madre. La homosexualidad, en este sentido, permite ver con especial crudeza que la figura materna no era convocada únicamente cuando faltaban explicaciones biomédicas robustas, sino también cuando el orden social necesitaba traducir una disidencia sexual en un relato familiar inteligible. La madre ofrecía, de nuevo, una superficie narrativa idónea para convertir la diferencia en efecto de una desviación previa del cuidado o de la estructura familiar.

Desde este punto de vista, la extensión del modelo a realidades tan diversas obliga a pensar de otro modo el problema. No se trata solo de revisar una serie de teorías históricas desafortunadas, sino de reconocer un procedimiento recurrente. Cada vez que una condición difícil de comprender, una conducta no normativa o una diferencia inquietante para el orden social aparecían en escena, la madre podía ser llamada a cumplir una función explicativa. A veces sería la madre fría. Otras veces, la madre absorbente. En otras, la madre seductora, competitiva, confusora, dominante o insuficientemente protectora. Las variantes cambian, pero la estructura permanece. Y esa permanencia permite ver que lo que se estaba elaborando no era simplemente una clínica de la maternidad, sino una tecnología cultural de sospecha sobre ella.

Este carácter expansivo del esquema es quizá una de las pruebas más sólidas de su fragilidad científica. Cuando una misma figura causal sirve para explicarlo casi todo, es legítimo sospechar que en realidad no está explicando nada con precisión. Está cumpliendo otra función. Está organizando el sentido, distribuyendo la responsabilidad y estabilizando una narrativa socialmente disponible. La madre se convierte entonces en una categoría de cierre. Allí donde la complejidad clínica, somática o social desborda, la madre ofrece una solución aparente a la incertidumbre. Reintroduce un origen, una cadena causal reconocible y un punto sobre el que descargar el malestar colectivo. Lo que pierde la explicación en rigor lo gana en eficacia moral. Y por eso precisamente pudo difundirse con tanta facilidad.

Por supuesto, no todos los casos tuvieron el mismo peso histórico, la misma formulación teórica ni el mismo impacto asistencial. Sería simplificador tratar del mismo modo el autismo, el asma, la anorexia y la homosexualidad. Cada uno de estos ámbitos tiene trayectorias propias, debates distintos y desarrollos específicos. Sin embargo, lo que interesa aquí no es borrar esas diferencias, sino señalar la regularidad del gesto interpretativo que los atraviesa. En todos ellos puede reconocerse una tendencia a convertir la relación materna en escena causal privilegiada. Y es precisamente esa regularidad la que permite hablar de una matriz de culpabilización, más que de una suma desordenada de hipótesis.

En consecuencia, este apartado cumple una función importante dentro del conjunto de la entrada. Permite salir de los ejemplos más paradigmáticos sin abandonar el hilo principal y muestra que la historia de la mala madre no se sostiene solo sobre algunos casos célebres, sino sobre una gran capacidad de infiltración en dominios clínicos y culturales muy distintos. Cuanto más se extiende el esquema, más claro resulta que la maternidad funcionó como lugar de condensación de miedos sociales muy diversos, desde el desarrollo infantil hasta la autonomía corporal de las hijas o la orientación sexual de los hijos. Y cuanto más claro se vuelve esto, más evidente resulta también que la madre no era culpabilizada por algo concreto que hiciera mal, sino porque el dispositivo necesitaba que existiera una figura capaz de cargar con el exceso de sentido y de culpa que esas situaciones generaban.

Esa constatación prepara el siguiente paso del argumento. Si la misma madre puede ser convertida en origen de problemas tan distintos a través de rasgos incluso opuestos entre sí, entonces ya no estamos solo ante un catálogo de estereotipos clínicos. Estamos ante una estructura sin salida para la propia maternidad. Una estructura en la que casi cualquier conducta puede ser reinterpretada retrospectivamente como falla. Eso es, precisamente, lo que conviene examinar a continuación.


8. La madre como paradoja imposible. Una estructura sin salida


Después de recorrer distintos ejemplos históricos, se vuelve cada vez más evidente que la cuestión de fondo no puede reducirse a una lista de teorías erróneas sobre patologías concretas. Lo que empieza a dibujarse con claridad es algo más amplio y más profundo, que consiste en una auténtica estructura de imposibilidad para la maternidad. La madre no solo era observada, evaluada y culpabilizada. Era situada, además, en una posición en la que casi ninguna conducta podía quedar a salvo de la reinterpretación patológica. Esta es, probablemente, una de las claves más importantes de toda la entrada, porque permite comprender que el problema no residía únicamente en el contenido de cada teoría, sino en la lógica que las hacía compatibles entre sí, incluso cuando parecían afirmar cosas opuestas.

En efecto, si se examinan conjuntamente las distintas figuras que han ido apareciendo hasta ahora, resulta imposible no advertir una regularidad llamativa. La madre podía ser acusada de estar demasiado poco implicada o de estarlo en exceso. Podía ser culpable por frialdad o por invasión. Podía dañar por distancia o por sobrepresencia. Podía resultar peligrosa por no sostener suficientemente el vínculo o por no permitir que ese vínculo se aflojara. Podía fallar por no habitar con plenitud el ideal materno o por desbordarlo de una manera considerada impropia. Lo importante aquí no es simplemente constatar la contradicción. Lo importante es entender que esa contradicción no debilitaba el sistema, sino que lo fortalecía. Precisamente porque el criterio de juicio era tan elástico, la madre quedaba atrapada en una posición prácticamente irrefutable de exposición a la culpa.

Esta estructura sin salida se aprecia con especial nitidez cuando se piensa la maternidad como un espacio sometido a normas simultáneamente exigentes e incompatibles. La madre debía estar presente, pero no demasiado. Debía cuidar intensamente, pero sin invadir. Tenía que sostener emocionalmente a su criatura, aunque sin generar dependencia. Debía atender, anticipar, proteger y organizar, pero a la vez dejar libertad, promover autonomía y no saturar el desarrollo del hijo o de la hija con su propia presencia. Tenía que ser afectiva, aunque no excesiva; firme, aunque no autoritaria; visible, aunque no demasiado; disponible, aunque sin desaparecer como sujeto. Desde luego, toda experiencia real de maternidad implica tensiones, ambivalencias, ajustes y desajustes. El problema aparece cuando esa complejidad humana deja de ser reconocida como parte normal de la vida y pasa a leerse como indicio de falla estructural en la mujer que materna.

Por eso la madre aparece aquí como una paradoja imposible, no en un sentido abstracto, sino muy concreto. Se le exige encarnar un ideal de equilibrio absoluto en tareas que, por su propia naturaleza, no pueden resolverse de manera perfecta ni definitiva. Cuidar siempre implica calibrar cercanía y distancia, protección y soltura, respuesta y espera, presencia y retirada. No existe una posición pura, invariable y universalmente correcta desde la que ejercer la maternidad. Sin embargo, muchos de los discursos que venimos revisando operaban como si esa posición existiera y como si, además, la madre estuviera obligada a encontrarla y sostenerla sin fallo. La consecuencia de ese supuesto era devastadora. Toda oscilación, toda duda, toda dificultad concreta de la crianza podía reinterpretarse como signo de una maternidad defectuosa y, en el extremo, como origen de la patología.

Esta lógica se vuelve aún más clara cuando se considera la relación entre maternidad y trabajo. A lo largo del siglo XX, y de formas distintas según contextos sociales y momentos históricos, la mujer fue crecientemente empujada a habitar una exigencia doble. Por un lado, se la seguía definiendo por su responsabilidad primordial en el cuidado. Por otro, se la interpelaba también desde nuevos ideales de autonomía, productividad, presencia pública y realización fuera del hogar. El resultado no fue, necesariamente, una liberación lineal respecto del mandato materno, sino muchas veces una intensificación de la contradicción. Si la mujer trabajaba fuera, podía ser leída como ausente, fría o insuficientemente dedicada a sus criaturas. Si permanecía en la esfera doméstica, podía quedar atrapada en una maternidad excesivamente absorbente, sobreimplicada o generadora de dependencia. De nuevo, no había una salida limpia. Lo que cambiaba era la forma concreta de la acusación.

Esto revela algo fundamental. La culpabilización materna no funcionaba solo para castigar un desvío concreto respecto de la norma, sino para mantener a la mujer en un estado de autorregulación constante. La madre debía vigilarse a sí misma permanentemente porque cualquier gesto podía volverse interpretable en su contra. Esa interiorización de la vigilancia constituye uno de los efectos más eficaces del dispositivo. No hacía falta que la acusación se formulara de manera abierta en todo momento. Bastaba con que el horizonte de posibilidad de la culpa estuviera siempre disponible. Bastaba con que la madre supiera, o sintiera, que el bienestar, el desarrollo, la conducta o incluso la identidad futura de su criatura podían ser leídos retrospectivamente como prueba de que ella había hecho algo demasiado poco, demasiado tarde, demasiado pronto o demasiado intensamente.

En ese sentido, la buena madre funcionaba menos como una realidad posible que como un ideal regulador inalcanzable. No era una figura descriptiva, sino normativa. Servía para orientar el juicio, para ordenar la comparación y para producir insuficiencia. La madre concreta, situada, cansada, ambivalente, atravesada por condiciones materiales, por límites subjetivos y por conflictos propios, siempre quedaba por debajo de esa imagen idealizada. Y precisamente porque quedaba por debajo, podía ser interpelada, corregida o culpabilizada. La paradoja consistía en que la norma parecía exigir un equilibrio perfecto entre atributos que, en la práctica, se excluían o se tensionaban mutuamente. Se esperaba una entrega total que no asfixiara, una autonomía que no enfriara, una autoridad que no invadiera y una feminidad que no desordenara. La madre debía, en suma, acertar en un punto exacto que nadie podía definir del todo, pero cuyo incumplimiento siempre parecía reconocible una vez que algo iba mal.

Esta estructura tiene además una consecuencia muy importante para el análisis de los discursos clínicos. Cuando el marco de interpretación ya está preparado para convertir casi cualquier forma de maternar en posible signo de daño, la teoría no necesita ser especialmente consistente para resultar persuasiva. Puede variar de una patología a otra, invertir sus términos, modificar sus metáforas e incluso contradecirse sin perder eficacia cultural. Lo que la sostiene no es solo la calidad de su argumentación, sino el hecho de que encuentra un terreno social previamente abonado por la sospecha sobre la maternidad. Por eso la madre puede ser alternativamente fría, sofocante, seductora, autoritaria, ausente, invasiva o emocionalmente contradictoria sin que el sistema se derrumbe. La coherencia no estaba en la descripción del rasgo, sino en la permanencia del punto de imputación.

A su vez, esta lógica ayuda a comprender por qué la culpa materna resulta tan resistente incluso cuando cambian los lenguajes. Cuando ya no se habla en términos abiertamente patologizantes como en otros periodos, la estructura puede sobrevivir en formas más sutiles, precisamente porque no depende tanto de una teoría específica como de una manera general de mirar. Si la madre sigue siendo la primera responsable de prevenir, detectar, corregir, estimular, sostener, regular y compensar, entonces el terreno para la culpabilización continúa existiendo, aunque el vocabulario sea distinto. La paradoja imposible no desaparece por el mero hecho de abandonar ciertas expresiones históricas. Puede reconfigurarse bajo nuevas formas, a veces más psicológicas, más pedagógicas o más aparentemente neutrales, pero sostenidas todavía sobre la misma exigencia de equilibrio perfecto.

Ahora bien, lo más relevante de este apartado quizá no sea solo mostrar la trampa, sino entender qué función social cumple. La maternidad bajo sospecha continua no es un simple efecto colateral de teorías desafortunadas. Es también una tecnología de disciplinamiento. Obliga a la mujer a permanecer atenta, a corregirse, a anticiparse y a sentirse potencialmente responsable de cualquier desviación futura. En vez de aparecer como sujeto pleno con derecho a límites, a error, a complejidad y a apoyo, la madre queda constituida como garante casi absoluta del resultado. Y esa posición es políticamente muy eficaz, porque canaliza hacia ella una enorme cantidad de ansiedad social sobre la infancia, la familia, la salud y la reproducción del orden. La madre se convierte así en el punto donde se depositan exigencias colectivas imposibles de cumplir por completo, y luego se la juzga por no haberlas satisfecho.

Por eso conviene insistir en que esta estructura no produce solo injusticia simbólica, sino también desgaste real. La madre sometida a una evaluación permanente no solo puede sentirse culpable. También puede quedar atrapada en modos de relación consigo misma y con sus criaturas marcados por la hipervigilancia, la inseguridad y el miedo a estar siempre haciendo algo mal. La paradoja imposible no es únicamente un problema teórico. Tiene efectos subjetivos. Erosiona la confianza, dificulta la toma de decisiones, intensifica la dependencia del juicio experto y, en muchos casos, convierte la experiencia de cuidar en una experiencia atravesada por la sospecha. En lugar de ofrecer sostén, el entorno social y sanitario puede reforzar la sensación de examen continuo.

Llegados a este punto, se entiende mejor por qué la historia de la mala madre no puede leerse como una serie de desviaciones puntuales del pasado. Lo que se ha ido configurando es un régimen de interpretación de la maternidad que opera precisamente produciendo imposibilidad. La madre debe responder a mandatos contradictorios y, al no poder resolverlos perfectamente, queda disponible para la culpa. Esta es la gran fuerza del dispositivo. No necesita una acusación idéntica en todos los contextos. Le basta con mantener abierta la posibilidad de que cualquier desenlace no esperado pueda volver, de un modo u otro, contra ella.

Desde aquí, el paso hacia el presente resulta casi obligado. Porque una vez identificada esta estructura, la pregunta ya no es solo cómo funcionó en ciertos modelos históricos, sino de qué manera sigue operando hoy bajo formas más discretas, más normalizadas y, precisamente por eso, a veces más difíciles de reconocer. Esa continuidad transformada es la que conviene examinar a continuación.


9. Persistencias contemporáneas de la culpa materna


Si la historia revisada hasta aquí tuviera un valor únicamente retrospectivo, podría leerse como una advertencia importante, pero relativamente cerrada. Sin embargo, el problema es más incómodo que eso. Las formulaciones clásicas sobre la madre nevera, la madre esquizofrenogénica o la madre asfixiante han perdido legitimidad en los marcos clínicos contemporáneos más rigurosos, pero la lógica que las hizo culturalmente verosímiles no ha desaparecido del todo. Más bien se ha transformado. Ha cambiado de lenguaje, ha desplazado sus escenarios y ha refinado sus modos de intervención. Ya no suele presentarse en forma de grandes teorías etiológicas que atribuyen abiertamente a la madre la producción de un trastorno grave. En cambio, reaparece con frecuencia en un registro más disperso, más cotidiano y, precisamente por eso, más difícil de señalar. La madre sigue siendo, muchas veces, el lugar donde se concentran las sospechas, las exigencias y las explicaciones cuando algo no encaja del todo en la trayectoria esperada de una criatura.

Esta persistencia no debe entenderse como una simple supervivencia mecánica del pasado, como si los mismos discursos siguieran intactos bajo otro nombre. Lo que pervive no es tanto una teoría concreta como una distribución muy desigual de la responsabilidad. En el presente, cuando se habla del bienestar infantil, del rendimiento escolar, de la regulación emocional, de la alimentación, del sueño, de la exposición a pantallas, de la actividad física, de la socialización o del comportamiento, la madre continúa apareciendo con una frecuencia desproporcionada como la figura que debe prevenir, anticipar, corregir y sostener. Incluso cuando no se la culpa de manera explícita, se la sitúa con facilidad en el centro del problema. La pregunta social no suele formularse primero en términos de estructura, de contexto, de corresponsabilidad o de condiciones materiales. Tiende a formularse, de un modo u otro, en términos de qué está haciendo o dejando de hacer la madre.

Esta inclinación se observa muy bien en el ámbito escolar. Cuando una criatura presenta dificultades de atención, problemas de conducta, bajo rendimiento, desorganización, sufrimiento emocional o escasa motivación, la madre suele ser convocada de inmediato como interlocutora preferente y, con frecuencia, como responsable tácita. No es necesario que nadie pronuncie una acusación frontal. Basta con que la cadena de expectativas se organice en torno a ella. ¿Quién supervisa las tareas, regula el descanso, gestiona los horarios, detecta señales tempranas, establece rutinas, acompaña en el estudio y amortigua las tensiones del día a día? Aunque cada vez haya más formas de crianza corresponsable, el imaginario social continúa dirigiendo muchas de esas funciones hacia la madre. De este modo, si algo falla, si el niño no se adapta, si la niña no rinde, si hay conflicto o malestar, el entorno encuentra con enorme facilidad un punto concreto sobre el que proyectar la insuficiencia.

Algo similar ocurre con la alimentación y con el cuerpo. En el presente, la madre sigue siendo con frecuencia la principal receptora de juicios sobre qué comen sus hijas e hijos, cuánto comen, si tienen una dieta equilibrada, si desarrollan o no ciertos hábitos, si presentan sobrepeso o bajo peso, si se mueven lo suficiente o si llevan una vida demasiado sedentaria. Todo ello se articula, además, con un contexto social saturado de mensajes sobre salud, prevención, crianza consciente y optimización del desarrollo. En apariencia, se trata de recomendaciones razonables o de invitaciones al cuidado. El problema aparece cuando ese conjunto de discursos se deposita de forma preferente sobre una sola figura y cuando esa figura, además, es evaluada retrospectivamente por los resultados. Entonces el cuidado deja de ser solo una práctica compartida y se convierte en una prueba constante de competencia moral materna.

La regulación emocional constituye otro escenario especialmente significativo. Hoy existe una mayor sensibilidad, y en muchos sentidos esto es valioso, hacia la importancia del apego, la validación afectiva, la disponibilidad emocional y la calidad del vínculo. Sin embargo, esa sensibilidad no siempre se traduce en una comprensión más justa y compleja de la crianza. En ocasiones puede transformarse en una nueva forma de presión, particularmente sobre las madres. Se espera de ellas que estén presentes, que detecten matices emocionales finísimos, que regulen sin invadir, que validen sin sobreproteger, que sostengan sin fusionarse y que reparen con rapidez cualquier desajuste vincular. Son exigencias que, tomadas de una en una, pueden parecer razonables. Lo que vuelve problemático el panorama es su acumulación, su escasa contextualización y el hecho de que sigan depositándose de manera muy desigual sobre la maternidad. La madre pasa así a ser responsable no solo de la supervivencia y del bienestar material, sino también de la arquitectura afectiva más sofisticada del desarrollo infantil.

En este punto se aprecia bien una diferencia importante respecto de los modelos históricos más duros. Ya no se le dice a la madre, al menos no en la mayoría de contextos profesionales rigurosos, que ha causado directamente una psicosis o un trastorno del neurodesarrollo. No obstante, sí se la puede situar en un espacio de responsabilidad casi ilimitada respecto de la evolución psicoemocional de la criatura. Y esa extensión de responsabilidad puede llegar a ser asfixiante, precisamente porque opera bajo el signo del cuidado, de la prevención y de la buena intención. La presión no siempre adopta la forma del reproche. A veces adopta la forma de la recomendación constante, del consejo experto incesante, de la pedagogía interminable sobre todo lo que una madre debería saber, vigilar, modular y hacer mejor. En ese sentido, algunas formas contemporáneas de la culpa materna no se construyen tanto desde la condena abierta como desde la exigencia inacabable de mejora.

La lactancia ofrece un ejemplo especialmente claro de esta transformación. Se trata de un terreno cargado de implicaciones biológicas, afectivas, culturales y morales, y precisamente por eso funciona como un espacio privilegiado de observación de las tensiones contemporáneas sobre la maternidad. En torno a la lactancia conviven mensajes a menudo incompatibles. Por un lado, se insiste con razón en muchos contextos en sus beneficios potenciales y en la necesidad de apoyar a quien desea amamantar. Por otro, la experiencia real de las mujeres queda muchas veces atrapada entre prescripciones cruzadas, juicios externos y una fuerte moralización de las decisiones. Si no se da el pecho, puede interpretarse como falta de entrega, de información o de esfuerzo. Si se da durante mucho tiempo, pueden aparecer críticas sobre dependencia, exceso de vínculo o incapacidad para separar. Si se desteta pronto, la madre puede ser juzgada por precipitación. Si prolonga la lactancia, puede ser juzgada por no saber retirarse. Lo significativo aquí no es solo el contenido de cada opinión, sino la estructura que reaparece. La madre vuelve a estar situada en el centro de una escena en la que cualquier decisión puede ser releída como insuficiente o problemática.

Lo mismo puede decirse de muchos otros debates contemporáneos sobre crianza, desde el colecho hasta el uso de dispositivos digitales, desde la conciliación laboral hasta la escolarización temprana, desde las actividades extraescolares hasta el tipo de disciplina que debe emplearse en casa. En todos estos ámbitos, la madre aparece a menudo como figura sobrecargada de expectativas contradictorias. Debe trabajar, pero no tanto como para volverse ausente. Debe estar presente, pero no hasta el punto de anular otros espacios de la vida familiar o de la propia subjetividad. Debe informarse, actualizarse y aplicar buenas prácticas, pero sin caer en la obsesión ni en el control total. Debe proteger, aunque sin sobreproteger. Debe fomentar autonomía, pero sin retirarse demasiado. La modernización del discurso no ha eliminado la estructura paradójica; en muchos casos, simplemente la ha sofisticado.

Ahora bien, reconocer estas continuidades no implica negar los cambios reales ni igualar sin matices contextos históricos muy distintos. Sería un error sugerir que la situación actual es equivalente a aquella en la que ciertos modelos clínicos señalaban abiertamente a la madre como origen de trastornos graves. Existen diferencias fundamentales. Hoy disponemos de marcos diagnósticos más complejos, de mayor conciencia sobre los sesgos de género, de perspectivas de apoyo a las familias más desarrolladas y de una crítica mucho más robusta a las explicaciones simplistas y culpabilizadoras. Además, muchas madres cuentan también con recursos simbólicos, comunitarios y profesionales que permiten cuestionar de otra manera esas presiones. Sin embargo, señalar estas discontinuidades no debería llevarnos a minimizar el problema. Precisamente porque el lenguaje ha cambiado y porque la vigilancia se ejerce ahora de formas más dispersas, resulta a veces más difícil reconocer cuándo una preocupación legítima se convierte en carga moral injustamente feminizada.

En el fondo, lo que persiste hoy no es exactamente la vieja figura de la mala madre, sino la disponibilidad cultural de la maternidad para absorber ansiedad social. Cada vez que una sociedad se inquieta por el futuro emocional de la infancia, por la calidad de la crianza, por la salud mental o por la reproducción de ciertas normas, existe la tentación de condensar esas preocupaciones en la conducta de las madres. Es una operación enormemente funcional, porque simplifica la complejidad del problema y ofrece un punto visible sobre el que actuar o al que responsabilizar. Frente a la dificultad de transformar estructuras laborales, redistribuir cuidados, corregir desigualdades socioeconómicas o revisar mandatos de género, resulta mucho más sencillo intensificar la presión sobre la mujer que ya ha sido construida como principal garante del resultado.

Por eso, una lectura crítica del presente exige atender no solo a lo que se dice sobre las madres, sino también a cómo se reparte el deber de sostener la vida cotidiana. Mientras la maternidad siga siendo el lugar social donde convergen de manera preferente las obligaciones de cuidado, prevención y reparación, seguirá existiendo el terreno sobre el que puede reaparecer la culpa, aunque sea con palabras nuevas. No se trata, por tanto, de rechazar todo consejo, toda intervención o toda orientación en torno a la crianza. Se trata de preguntar quién recibe esas orientaciones, con qué intensidad, bajo qué forma de juicio y dentro de qué estructura de responsabilidades.

En este sentido, la persistencia contemporánea de la culpa materna obliga a mirar también el modo en que los discursos clínicos, pedagógicos y divulgativos pueden reforzar o desactivar esa carga. Cuando hablan de salud infantil, de desarrollo o de bienestar, ¿están pensando realmente en redes de cuidado y en contextos compartidos, o siguen suponiendo de manera implícita que la madre es el punto natural de aplicación de toda exigencia? La respuesta a esta pregunta no siempre es evidente, y precisamente por eso es importante formularla. Porque muchas veces la desigualdad no reaparece como afirmación explícita, sino como presupuesto silencioso de aquello que parece más neutral.

Desde aquí se entiende mejor por qué el análisis de las persistencias actuales no cierra el problema, sino que lo desplaza hacia un terreno todavía más delicado. No basta con decir que hoy las viejas teorías han sido superadas. Hay que examinar cómo siguen operando los sesgos, no ya en grandes construcciones etiológicas, sino en la propia práctica clínica, en el modo de diagnosticar, en la lectura diferencial de los síntomas y en las expectativas que acompañan a las categorías diagnósticas contemporáneas. Ese es el siguiente nivel de análisis que conviene abordar.


Conclusión


La historia que se ha ido reconstruyendo a lo largo de esta entrada no es la historia de unas cuantas teorías extravagantes ni el archivo de algunos errores pintorescos de la psiquiatría, la psicología o la medicina. Es, más bien, la historia de una forma muy persistente de organizar el sentido del sufrimiento, de la diferencia y de la desviación social a través de la figura de la madre. Lo que emerge al recorrer estos modelos no es solo una sucesión de hipótesis desacreditadas, sino una lógica cultural y clínica en la que la maternidad fue convertida en superficie privilegiada de imputación causal, de juicio moral y de control social. En ese marco, la madre no aparecía simplemente como alguien que acompaña una situación difícil, ni como parte de una red de cuidados compleja, ni como sujeto atravesado por condiciones materiales, históricas y afectivas concretas. Aparecía, una y otra vez, como explicación.

Ese es quizá el hallazgo más importante de todo el recorrido. La madre fue utilizada como categoría etiológica total allí donde el conocimiento encontraba complejidad, incertidumbre o inquietud social. En el autismo pudo ser fría; en la esquizofrenia, paradójica o invasiva; en el asma, asfixiante; en la anorexia, competitiva o seductora; en la homosexualidad, desorganizadora de la identidad sexual o del orden familiar esperado. Las formulaciones cambiaban, las metáforas se modificaban y los lenguajes teóricos se sofisticaban, pero el movimiento de fondo era siempre sorprendentemente estable. Cuando algo no encajaba, la madre volvía a ser convocada. Y precisamente porque podía ser convocada desde perfiles tan distintos e incluso contradictorios entre sí, se hace evidente que el problema no residía en un rasgo materno particular, sino en la extraordinaria disponibilidad de la maternidad para absorber el exceso de culpa que esos discursos necesitaban distribuir.

Por eso, una de las conclusiones más claras de esta entrada es que la llamada mala madre no describe una realidad objetiva, sino una construcción histórica que permitió a distintos saberes y a distintos órdenes sociales estabilizar una imagen de la feminidad bajo sospecha. La madre se volvía culpable tanto por defecto como por exceso. Podía fallar por no cuidar suficientemente o por cuidar demasiado, por estar poco presente o por invadir, por salir del hogar o por quedarse en él, por ser fría o por implicarse en exceso, por no responder al ideal maternal clásico o por desbordarlo de formas consideradas impropias. En consecuencia, la culpa materna no funcionaba como sanción frente a una conducta concreta, sino como tecnología de disciplinamiento. Lo que se vigilaba no era solo cómo se cuidaba, sino cómo una mujer habitaba el tiempo, el cuerpo, el afecto, el trabajo, la sexualidad y la autoridad dentro de la familia.

Este punto obliga también a releer críticamente el lugar de la ciencia en todo este proceso. Lo que aquí se pone de manifiesto no es que la ciencia sea, por definición, una mera coartada ideológica, sino algo más complejo y quizá más importante. Se pone de manifiesto que el saber clínico no está inmunizado frente a los prejuicios de su tiempo y que, cuando no revisa críticamente sus propios marcos, puede terminar legitimando como verdad técnica lo que en realidad es una jerarquía social naturalizada. Las teorías sobre la madre nevera o la madre esquizofrenogénica no fueron simples anécdotas marginales. Se apoyaron en lenguajes profesionales, en instituciones, en prácticas asistenciales y en formas de autoridad que las volvieron creíbles y operativas. En algunos casos, además, no solo dañaron simbólicamente a las madres, sino que reorientaron la intervención clínica de manera iatrogénica, justificando separaciones, sospechas estructurales sobre el vínculo y formas de tratamiento que añadían más sufrimiento al que ya existía.

Al mismo tiempo, esta revisión permite comprender que la culpabilización materna nunca actuó sola. Fue inseparable de una distribución desigual de la responsabilidad familiar, en la que el padre quedaba comparativamente menos interrogado, menos vigilado y, con frecuencia, más protegido por la naturalización de su distancia respecto del cuidado cotidiano. La madre no soportaba únicamente la carga de ser observada, sino también la de compensar las carencias estructurales del resto del sistema familiar. Debía sostener, reparar, amortiguar y garantizar que ninguna fisura del entorno se tradujera en daño. Cuando no podía hacerlo, la lectura dominante no tendía a cuestionar la desigualdad de la estructura, sino a intensificar la sospecha sobre ella. Esta asimetría es fundamental porque muestra que la historia de la mala madre no puede leerse solo como una cadena de prejuicios contra mujeres concretas, sino como una pieza central de un orden de género que distribuye de forma desigual el trabajo, la culpa y la autoridad.

Sin embargo, limitar la reflexión al pasado sería insuficiente. Aunque las grandes construcciones etiológicas que culpabilizaban abiertamente a las madres hayan perdido centralidad en la clínica contemporánea, la entrada ha mostrado que persisten formas más sutiles y más difusas de concentrar sobre ellas las exigencias del bienestar infantil. El lenguaje ha cambiado, los marcos diagnósticos son más complejos y existe una conciencia mucho mayor sobre la necesidad de apoyar a las familias sin culpabilizarlas. Aun así, la madre continúa ocupando muy a menudo el lugar social al que se dirige primero la preocupación por el rendimiento escolar, la regulación emocional, la alimentación, la conducta, la socialización, la lactancia, la prevención de riesgos y la gestión cotidiana del desarrollo. Esto no significa que vivamos en el mismo escenario histórico que dio lugar a la madre nevera o a la madre esquizofrenogénica. Significa, más bien, que la estructura que facilitó aquellas figuras no ha desaparecido por completo y sigue reapareciendo bajo formas contemporáneas de exigencia, de sobrecarga y de evaluación moral.

En ese contexto, resulta especialmente importante prestar atención a los sesgos diagnósticos y clínicos que siguen operando hoy de manera diferencial según el género. La propia forma de reconocer, interpretar o pasar por alto determinados cuadros puede verse modulada por estereotipos sobre cómo deben comportarse niñas, niños, mujeres y hombres. El caso del autismo en mujeres, por ejemplo, ilustra bien cómo las normas de feminidad pueden contribuir a invisibilizar ciertas presentaciones clínicas o a leerlas de otra manera. Esto recuerda que la crítica a la culpabilización materna no puede quedarse en el terreno historiográfico. Debe prolongarse en una reflexión contemporánea sobre cómo se construyen las categorías diagnósticas, cómo se reparte la sospecha en la práctica asistencial y de qué forma los estereotipos de género siguen moldeando la mirada profesional.

Por eso, esta historia también exige una conclusión ética. Para las profesiones de la salud, revisar críticamente estos recorridos no es un ejercicio accesorio de cultura general, sino una forma de interrogar los propios supuestos con los que se evalúa, se diagnostica y se interviene. Una clínica rigurosa no puede permitirse modelos causales simplistas que conviertan a las familias, y especialmente a las madres, en receptores automáticos de culpa. Tampoco puede seguir operando como si el cuidado fuera una función natural de las mujeres y no una práctica compleja, distribuida de manera desigual y sostenida siempre en condiciones materiales concretas. Reconocer sesgos de género, evitar lecturas familistas reduccionistas y construir alianzas terapéuticas que acompañen en lugar de acusar no son añadidos ideológicos externos a la buena práctica. Forman parte de sus condiciones mínimas de calidad y de justicia.

A partir de aquí, la discusión enlaza necesariamente con el feminismo y con la necesidad de repensar también las masculinidades y la organización social del cuidado. Porque si algo ha quedado claro a lo largo de toda la entrada es que la madre fue culpabilizada, entre otras cosas, porque se la suponía responsable principal del sostén de la vida cotidiana. Mientras esa distribución siga operando de manera desigual, seguirá existiendo un terreno fértil para que la culpa se deposite preferentemente sobre las mujeres. Por eso no basta con corregir teorías clínicas equivocadas. Hace falta transformar las condiciones culturales, relacionales y materiales que permiten que el cuidado continúe feminizándose y que la vigilancia moral recaiga de manera preferente sobre la maternidad. Implicar a los hombres en la corresponsabilidad, desmontar la asociación entre feminidad y obligación natural de cuidar, y dignificar lo femenino sin convertirlo en sinónimo de inferioridad o de carga invisible forman parte del mismo trabajo crítico.

En último término, la historia de la mala madre revela algo incómodo, pero necesario, sobre la relación entre ciencia, género y poder. Revela que las categorías clínicas no son nunca completamente inocentes, que la neutralidad aparente puede ocultar jerarquías muy profundas y que el sufrimiento humano se interpreta siempre desde marcos históricos concretos. También revela, sin embargo, que esos marcos pueden ser revisados, discutidos y transformados. Volver sobre estas narrativas no tiene como finalidad repartir culpas retrospectivas ni simplificar el pasado, sino aprender a reconocer cómo se fabrican ciertos sentidos y cómo pueden seguir actuando, incluso cuando parece que ya han sido superados. Comprender esta genealogía permite, precisamente, vigilar mejor el presente.

Tal vez esa sea la conclusión más importante. No se trata solo de afirmar que aquellas teorías estaban equivocadas. Se trata de entender por qué resultaron verosímiles, qué orden social protegían, qué daños permitieron y qué restos de ese mismo orden continúan todavía operando en nuestras prácticas, en nuestros discursos y en nuestras instituciones. Solo así la crítica histórica deja de ser un gesto de superioridad retrospectiva y se convierte en una herramienta para pensar mejor. Pensar mejor la clínica, pensar mejor el cuidado, pensar mejor la maternidad y, sobre todo, pensar mejor qué condiciones hacen falta para que ninguna mujer siga siendo convertida, casi por defecto, en explicación de aquello que una sociedad no sabe o no quiere comprender de otro modo.


Fuentes y Bibliografía recomendadas:


Las fuentes de las que bebe la teoría de las malas madres:

  • Bateson, G. [Gregory], Jackson, D. D., Haley, J. y Weakland, J. H. (1956). Toward a theory of schizophrenia. Behavioral Science, 1(4), 251–264. DOI: 10.1002/bs.3830010402

  • Bettelheim, B. [Bruno]. (1967). The empty fortress: Infantile autism and the birth of the self. Free Press.

  • Bieber, I. [Irving], Dain, H. J., Dince, P. R., Drellich, M. G., Grand, H. G., Gundlach, R. H., Kremer, M. W., Rifkin, A. H., Wilbur, C. B. y Bieber, T. B. (1962). Homosexuality: A psychoanalytic study. Basic Books.

  • Fromm-Reichmann, F. [Frieda]. (1948). Notes on the development of treatment of schizophrenics by psychoanalytic psychotherapy. Psychiatry, 11(3), 263–273. DOI: 10.1080/00332747.1948.11022688

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  • Rimland, B. [Bernard]. (1964). Infantile autism: The syndrome and its implications for a neural theory of behavior.


Revisiones y críticas académicas:

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  • Hartwell, C. E. [Charles]. (1996). The schizophrenogenic mother concept in American psychiatry. Psychiatry, 59(3), 274–297.

  • Jack, J. [Jordynn]. (2014). Autism and gender: From refrigerator mothers to computer geeks. University of Illinois Press.

  • Neill, J. [John]. (1990). Whatever became of the schizophrenogenic mother? American Journal of Psychotherapy, 44(4), 499–505. DOI: 10.1176/appi.psychotherapy.1990.44.4.499

  • Parker, G. [Gordon]. (1982). Re-searching the schizophrenogenic mother. Journal of Nervous and Mental Disease, 170(8), 452–462.

  • Silverman, C. [Chloe]. (2012). Understanding autism: Parents, doctors, and the history of a disorder. Princeton University Press.

  • Van Rosmalen, L. [Lenny], Van der Veer, R. y Van der Horst, F. C. P. (2020). The nature of love: Harlow, Bowlby and Bettelheim on affectionless mothers. History of Psychiatry, 31(1), 4–20. DOI: 10.1177/0957154X19898997


Recursos institucionales actuales para contextualizar la refutación de estos modelos:

  • National Institute of Mental Health. (2024). Autism spectrum disorder. U.S. Department of Health and Human Services.

  • National Institute of Mental Health. (2025). Schizophrenia. U.S. Department of Health and Human Services.

  • World Health Organization. (2025). Autism. World Health Organization.


Curiosidades y otros recursos:

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