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EMOCIÓN con CIENCIA II

Actualizado: hace 1 día

Segunda parte del Seminario EMOCIÓN con CIENCIA, por el fisioterapeuta Juan Anaya Ojeda
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Estos apuntes están pensados para acompañar la segunda sesión de Emoción con Ciencia, impartida por el fisioterapeuta Juan Anaya Ojeda, como si fueran un mapa de lectura. Conviene recorrerlos dos veces. En la primera, el objetivo es captar la arquitectura general del discurso, es decir, qué preguntas sostienen la sesión y cómo se encadenan los temas desde lo humano y cotidiano hasta lo neuroanatómico. En la segunda, la lectura puede hacerse con más calma, deteniéndose en los conceptos y volviendo al vídeo cuando aparezcan ejemplos o pasajes especialmente densos, porque la comprensión mejora cuando se alterna la explicación con la escucha directa.

A lo largo del texto se usan algunos términos de forma muy precisa. Cuando hablamos de emoción nos referimos a un programa de respuesta del organismo que organiza cambios corporales, atencionales y conductuales ante algo relevante. En cambio, el sentimiento puede entenderse como la vivencia consciente de esos cambios, de modo que no siempre coincide con lo que el cuerpo ya está haciendo. La conducta, por su parte, es lo que se observa desde fuera, aunque suele ser la punta visible de procesos internos más amplios. Para evitar malentendidos es útil mantener presente el contexto, ya que una misma respuesta puede significar cosas distintas según la situación, la historia personal y el entorno social. Además, aparece de forma recurrente la idea de homeostasis como la tendencia del organismo a regularse y mantener condiciones compatibles con la vida, mientras que el conatus nombra ese impulso de persistir y orientarse hacia la supervivencia, incluso cuando no lo formulamos con palabras.

Audio en SPOTIFY: Segunda parte del seminario EMOCIÓN con CIENCIA, sobre neurociencia de la emoción, por el fisioterapeuta Juan Anaya Ojeda


Un triángulo clave entre confianza, conocimiento y azar

Tras el encuadre inicial, la sesión propone una idea útil para orientarse en todo lo que vendrá después, ya que muchas conductas aparentemente distintas comparten un mismo fondo. Ese fondo puede entenderse como un triángulo en el que se tensan confianza, conocimiento y azar. Cuando la confianza está disponible, el organismo y el grupo social se permiten funcionar con menos vigilancia, porque se da por supuesto que el entorno es relativamente estable y que las otras personas actuarán dentro de unas reglas previsibles. Por eso la confianza no es solo un sentimiento agradable, sino también un atajo psicológico que ahorra energía y reduce el desgaste de estar evaluando continuamente riesgos. Al mismo tiempo, es un pegamento social, porque facilita la cooperación y hace posible delegar, aprender y convivir sin comprobarlo todo a cada paso.

Sin embargo, la confianza se apoya a menudo en lo que creemos saber. Aquí aparece la diferencia entre conocimiento y creencia. El conocimiento aspira a sostenerse en evidencias y en explicaciones contrastables, mientras que la creencia suele apoyarse en coherencias internas, intuiciones, autoridad o pertenencia al grupo. En la vida real, especialmente en contextos de presión, ambos se mezclan y decidimos incluso cuando la información es incompleta. En ese punto, las emociones no estorban necesariamente, sino que orientan, aunque también pueden sesgar.

Cuando entra en escena el azar, la incertidumbre aumenta y el cuerpo lo nota. La imprevisibilidad suele activar estados de alerta, impulsa la búsqueda de control y favorece conductas de evitación o de respuesta rápida. De este modo, el triángulo no se queda en una reflexión abstracta, sino que prepara el terreno para entender por qué, más adelante, ciertos temas como el miedo, la moralidad o la violencia se vuelven tan sensibles al contexto.


Damasio y el cuerpo como base del pensar y del sentir

Si en el apartado anterior quedaba dibujado el triángulo entre confianzaconocimiento y azar, ahora la sesión propone un suelo común desde el que comprender por qué ese triángulo afecta tanto a la vida diaria. Ese suelo es la idea, asociada a Antonio Damasio, de que no existe una mente suelta operando al margen del organismo. En su lugar, lo que pensamos, decidimos y valoramos emerge de un sistema integrado en el que sistema nervioso y cuerpo se co-regulan de forma constante. Por eso, cuando la incertidumbre crece, no solo cambia el contenido de los pensamientos, sino también el estado corporal que los acompaña, y ambos se influyen en un bucle continuo.

Desde esta perspectiva, las decisiones no se construyen únicamente con argumentos abstractos, sino también con señales internas que orientan la elección antes de que aparezca una explicación verbal completa. Aquí cobran sentido los llamados marcadores somáticos, que pueden entenderse como huellas corporales asociadas a experiencias previas. Cuando una situación se parece a otra ya vivida, el organismo anticipa consecuencias probables mediante cambios en tensión, respiración, ritmo cardíaco, tono muscular o sensación visceral, y esa anticipación inclina la atención y la conducta hacia la aproximación o la retirada. Dicho de otro modo, el cuerpo participa en la evaluación de lo relevante, y a menudo decide el rumbo antes de que la conciencia formule el porqué. Esto no significa que estemos condenados a reaccionar, sino que la racionalidad real empieza en un terreno somático que conviene reconocer para poder regular.

Además, la sesión enlaza esta idea con una cuestión más amplia, la relación entre estabilidad y movimiento. La vida no se sostiene por permanecer inmóvil, sino por mantener un equilibrio dinámico que se reajusta sin cesar. La regulación no equivale a rigidez, del mismo modo que el cambio no equivale a caos, porque ambos forman parte de un mismo proceso adaptativo. Así, cuando el sistema logra ajustar sus estados internos a las demandas externas, aumenta la sensación de control y se preservan recursos, mientras que cuando el ajuste falla, la experiencia subjetiva suele volverse más intensa y la conducta tiende a polarizarse. Con esta base, se entiende mejor por qué, más adelante, hablar de emoción será hablar también de cuerpo, de historia y de capacidad de regulación en contextos reales.


Conatus y supervivencia: la biología de la persistencia

Desde la comprensión del cuerpo como base del pensar y del sentir, la sesión avanza hacia un concepto que permite unificar emoción, conducta y sentido vital. El conatus puede definirse, de forma operativa, como la tendencia del organismo a persistir en su existencia y a orientarse hacia aquello que la favorece. No se trata de una idea abstracta ni exclusivamente filosófica, sino de un principio observable en la vida cotidiana, que se manifiesta en gestos tan simples como protegerse del dolor, buscar alivio, acercarse a lo que resulta nutritivo o evitar lo que amenaza la integridad. En ese sentido, el conatus no necesita ser consciente para estar activo, ya que opera como un fondo constante que empuja a mantener la continuidad del sistema.

Este impulso de persistencia se expresa a través de las emociones y se traduce en conductas concretas. Cuando algo es evaluado como favorable, el cuerpo tiende a organizar respuestas de aproximación, mientras que ante lo que se percibe como dañino se activan patrones de retirada, defensa o bloqueo. Así, el conatus no actúa en solitario, sino que se articula con los sistemas emocionales para orientar la acción en un entorno cambiante. De este modo, las emociones pueden entenderse como moduladores del conatus, ya que ajustan su expresión según la experiencia previa, el contexto social y las posibilidades reales de respuesta. Por eso, incluso conductas aparentemente contradictorias, como soportar una situación difícil o arriesgarse de forma controlada, pueden leerse como intentos de preservar algo considerado valioso a medio o largo plazo.

Esta lógica permite tender un puente hacia uno de los temas más delicados de la sesión, el final de la vida. Cuando el sufrimiento se vuelve persistente y las posibilidades de regulación disminuyen, el conatus puede entrar en conflicto consigo mismo. Mantener la vida biológica deja de coincidir con preservar una forma de existencia vivida como digna o soportable. En ese punto, la reflexión sobre la eutanasia no se plantea como una negación del impulso vital, sino como una pregunta sobre qué significa realmente persistir. Así, el conatus deja de ser solo una fuerza de conservación y se convierte en una clave para comprender los dilemas éticos, emocionales y sociales que aparecerán más adelante en torno al sufrimiento, la muerte y la decisión de dejar de luchar. De hecho, Juan Anaya se permite reformular (dejando claro que no es nadie para contradecir a estos autores), el conatus como algo opuesto no a la muerte, sino al sufrimiento. Perseverar en el ser tendría sentido, por tanto, en referencia al sufrimiento, no a cualquier precio. Por eso, razona Juan, las personas que desean la muerte, en realidad, podrían no desear la muerte, sino que termine el sufrimiento. Unas reflexiones personales muy profundas que se enraízan en un punto de vista humanista.


Salud, adaptabilidad y patología

Una vez introducido el conatus como impulso de persistencia, la sesión reformula la idea de salud alejándola de una visión estática o idealizada. Desde esta perspectiva, estar sano no equivale a no presentar síntomas ni a funcionar siempre de la misma manera, sino a conservar una capacidad suficiente de adaptabilidad. Es decir, un organismo se considera saludable cuando puede modificar sus respuestas emocionales, cognitivas y conductuales en función de las demandas del entorno sin quedar atrapado en un único patrón. La salud aparece así como un proceso dinámico, estrechamente ligado a la posibilidad de ajustarse al cambio sin perder coherencia interna.

En este marco, la patología deja de entenderse exclusivamente como un fallo o una anomalía y puede leerse como una solución que el sistema encuentra cuando otras formas de regulación no están disponibles. Un síntoma no surge de la nada, sino que cumple una función, aunque sea costosa. Puede reducir la incertidumbre, limitar la exposición a determinadas situaciones o proporcionar una estructura mínima cuando el entorno resulta abrumador. Desde esta óptica, lo patológico no señala tanto lo que está roto como lo que el organismo está intentando compensar para sostener su equilibrio. Reconocer esta función no implica normalizar el sufrimiento, sino comprenderlo como parte de un intento de adaptación que ha quedado estrechado o rigidizado con el tiempo.

Esta forma de mirar la salud y la patología tiene consecuencias directas para el acompañamiento, ya sea en contextos clínicos, educativos o familiares. En lugar de centrarse únicamente en eliminar el síntoma, se abre la posibilidad de preguntarse qué necesidad está expresando y qué alternativas podrían ampliar el margen de adaptación del sistema. Acompañar implica entonces ofrecer contextos más seguros, previsibles y comprensibles, en los que puedan ensayarse respuestas nuevas sin que el coste emocional sea excesivo. De este modo, la intervención deja de ser una lucha contra la conducta o la emoción para convertirse en un proceso de ampliación de recursos, coherente con la lógica del conatus y con la comprensión del cuerpo y la emoción desarrollada en los apartados anteriores.


Emociones primarias y emociones sociales

Con la base ya establecida sobre cuerpo, conatus y adaptabilidad, la sesión recupera la distinción entre emociones primarias y emociones sociales para afinar la comprensión de cómo se organiza la experiencia emocional. Las emociones primarias pueden entenderse como programas biológicos de respuesta rápida ante estímulos relevantes para la supervivencia. Su función principal es movilizar al organismo de manera eficaz, preparando el cuerpo para actuar sin necesidad de un análisis consciente detallado. Por ello, suelen ir acompañadas de señales corporales claras, como cambios en la activación, la postura, la respiración o el tono muscular, que orientan la conducta casi de forma inmediata. Estas emociones no son buenas ni malas en sí mismas, ya que su valor reside en la rapidez con la que facilitan una adaptación básica al entorno.

Sobre este sustrato biológico se construyen las emociones sociales, que requieren la presencia real o simbólica de otras personas y de un marco normativo compartido. Emociones como la vergüenza, la culpa o el orgullo no solo informan de lo que sucede en el cuerpo, sino también de cómo ese estado es evaluado en relación con el grupo. Por eso, aunque tienen una base biológica, su forma concreta depende en gran medida de la cultura, la historia personal y las reglas implícitas del contexto social. A través de ellas, el individuo ajusta su conducta para mantener la pertenencia, evitar la exclusión o reforzar su posición dentro del grupo.

Este proceso no aparece de manera espontánea, sino que se construye mediante aprendizaje e imitación. Desde edades tempranas, las reacciones emocionales de las figuras de referencia funcionan como guías que indican qué se espera, qué se valora y qué se sanciona. Con el tiempo, esas normas se interiorizan y pasan a regular la conducta incluso en ausencia de otros, lo que explica por qué las emociones sociales pueden resultar tan intensas y persistentes. Así, la emoción deja de ser solo una respuesta individual para convertirse en un mecanismo de cohesión y regulación social.


Cognición social, comunicación y mentiras

A partir de la emoción social, la sesión introduce el concepto de cognición social como el conjunto de procesos que permiten interpretar las intenciones, creencias y estados emocionales de los demás. Más que medir una capacidad abstracta, la cognición social refleja hasta qué punto una persona puede orientarse en el mundo relacional, anticipando reacciones y ajustando su comportamiento a situaciones complejas. En este sentido, no se limita a comprender al otro, sino que integra emoción, experiencia previa y contexto para guiar la interacción.

Dentro de este marco aparece la cuestión de la mentira, que no se aborda únicamente como un fallo moral, sino como una conducta con funciones específicas. Mentir puede servir para proteger la imagen propia, evitar un conflicto inmediato o preservar un vínculo que se percibe como frágil. Sin embargo, estas funciones tienen un coste, ya que introducen tensión, requieren un esfuerzo cognitivo adicional y erosionan la confianza cuando se vuelven frecuentes o descontextualizadas. La aparición de la mentira, por tanto, no puede entenderse al margen de la presión social y de las expectativas que circulan en el grupo.

Cuando la confianza social se rompe, el impacto no es solo cognitivo, sino también emocional y corporal. Se activan estados de alerta que modifican la comunicación y restringen la cooperación. La reparación, cuando es posible, exige algo más que una explicación racional, ya que implica reconstruir una sensación de seguridad compartida. De este modo, la cognición social se revela como un puente entre emoción, conducta y vida en común, preparando el terreno para los apartados posteriores, en los que el contexto, la moralidad y la violencia adquirirán un peso central.


Introducción a neuroanatomía aplicada a emoción y conducta


1. Por qué mirar el cerebro ayuda y por qué no lo explica todo

A partir de aquí el seminario cambia de herramienta. Después de haber descrito la emoción como un fenómeno encarnado y contextual, entra en juego la neuroanatomía como un mapa para orientarse. Ese mapa no sustituye la experiencia subjetiva ni la dimensión social, pero sí aporta un vocabulario más preciso para separar procesos que, en el lenguaje cotidiano, suelen confundirse. Cuando alguien afirma que está mal, por ejemplo, puede estar refiriéndose a una activación corporal sostenida, a una atención capturada por señales de amenaza, a una interpretación pesimista de lo que ocurre o a una mezcla de todo ello.

Además, mirar el cerebro obliga a pensar en mecanismos y en tiempos. Si una reacción aparece con rapidez, interesa reconocer qué vías permiten esa velocidad. Si una emoción se sostiene durante horas, conviene preguntarse qué la alimenta y qué la impide apagarse. Si una conducta se repite aunque perjudique, tiene sentido explorar qué recompensa inmediata ofrece o qué coste evita a corto plazo. En este punto, la neuroanatomía sirve como puente entre la vivencia y la acción, ya que permite traducir preguntas vagas en preguntas operativas.

Ahora bien, este mapa tiene límites claros. La actividad cerebral depende del estado del cuerpo, del sueño, de la medicación, de la historia de aprendizaje, de la cultura y del contexto inmediato. Por eso conviene evitar dos atajos. Uno es el localizacionismo, que busca una región para cada emoción como si existiera un botón del miedo o un interruptor de la tristeza. El otro es el determinismo, que confunde una tendencia biológica con un destino. En la práctica, las regiones participan en funciones, y lo que cambia la experiencia emocional es la combinación de actividad, la comunicación entre sistemas y el modo en que todo ello se regula en una situación concreta.


2. Un mapa de estructuras en el modelo del seminario

El primer tramo del mapa recuerda algo básico. Antes de cualquier emoción compleja existe un sostén fisiológico que establece el tono general del sistema. El tronco encefálico y los sistemas autónomos mantienen niveles de alerta, coordinan ritmos como la respiración y el corazón, y sostienen condiciones internas que modifican la atención y el pensamiento. En esa regulación participa el hipotálamo, que coordina respuestas endocrinas y autonómicas y vincula necesidades corporales con impulsos y ajustes fisiológicos, de modo que el cuerpo no es un escenario pasivo sino una parte activa de la respuesta.

Un segundo tramo se ocupa de seleccionar información. El tálamo actúa como una estación de paso que organiza el flujo sensorial hacia distintas áreas y contribuye a decidir qué señales ganan prioridad. Esto ayuda a comprender por qué la percepción no es una copia del mundo, sino una construcción guiada por relevancia. Cuando el sistema estima amenaza o incertidumbre, la atención tiende a estrecharse y ciertos estímulos pasan a primer plano, mientras que otros se desdibujan, lo cual altera la lectura de la realidad y también la conducta disponible.

Sobre esa base aparecen nodos especialmente útiles para entender emoción y conducta. La amígdala participa en la detección de relevancia cuando hay novedad, ambigüedad o potencial amenaza, y facilita respuestas rápidas que preparan al organismo incluso antes de un análisis detallado. Conviene verla como un amplificador de prioridad que impulsa atención, aprendizaje y preparación corporal, más que como una fábrica única de miedo. La ínsula integra señales interoceptivas y contribuye a la experiencia del estado corporal, de manera que lo que ocurre dentro se vuelve percibible y adquiere un tono emocional que puede inclinar la interpretación hacia seguridad o hacia peligro.

El hipocampo añade el componente de memoria contextual. Ayuda a situar la experiencia en un dónde y un cuándo, y a compararla con episodios previos, lo que permite distinguir entre un peligro real y una semejanza superficial. Gracias a ello, una emoción puede quedar ligada a una secuencia y a una narrativa personal, y el aprendizaje puede ser más fino que una simple asociación. Cuando el contexto se debilita o se ignora, la emoción tiende a generalizarse y se vuelve más difícil de modular, porque cualquier señal parecida puede activar el mismo patrón sin matices.

Junto a estas piezas, los ganglios basales y circuitos relacionados con el hábito participan en la selección de conductas y en su automatización. Esto importa porque muchas respuestas emocionales persisten no por falta de voluntad, sino porque han sido reforzadas en el pasado. El sistema aprende qué conductas reducen malestar o aumentan sensación de seguridad, y con el tiempo las convierte en atajos. Así, una evitación puede aliviar a corto plazo y, precisamente por eso, volverse cada vez más probable, aunque empobrezca la vida a medio plazo.

Por último, el lóbulo frontal, y en particular la corteza prefrontal, sostiene funciones de planificación, inhibición y flexibilidad. Su papel no es borrar lo emocional, sino integrarlo para elegir acciones coherentes con metas, normas y consecuencias a medio plazo. Cuando esta modulación funciona, la persona puede sostener una pausa y ampliar opciones, mientras que cuando falla la respuesta inmediata gana peso y el repertorio conductual se estrecha.


3. Herramientas para leer el mapa como circuitos, redes y moduladores

Para que este mapa sea operativo conviene leerlo con tres lentes complementarias. La primera es la lógica de circuito, que permite pensar en una secuencia de entrada, evaluación y salida, entendiendo que casi siempre hay retroalimentación. Entra información del exterior y del interior del cuerpo, se valora su relevancia con ayuda de memoria y expectativas, y se organiza una respuesta que incluye ajustes fisiológicos, cambios atencionales y selección de conducta. Después, esos cambios se convierten en nueva información interna, y el circuito se realimenta, lo cual explica por qué a veces la emoción crece por su propio efecto corporal.

La segunda lente es la lógica de redes. En vez de centros aislados, el cerebro trabaja con conjuntos que se coordinan según la tarea. En emoción y conducta es útil distinguir una red de saliencia, que detecta qué es prioritario y facilita el cambio de modo, una red ejecutiva, que sostiene control y objetivos, y una red de significado autobiográfico, que organiza la interpretación de la experiencia y su enlace con la identidad. Estas redes cooperan y compiten, y su equilibrio cambia según el contexto, de modo que la misma situación puede leerse como amenaza, como reto o como simple ruido dependiendo de qué red toma el mando.

La tercera lente es la modulación. Neuromoduladores como noradrenalina, dopamina o serotonina, y también señales hormonales vinculadas al estrés, ajustan la sensibilidad de los circuitos, como si subieran o bajaran el volumen del sistema. Por eso una misma escena puede sentirse muy distinta según el estado fisiológico, y la regulación emocional depende también de en qué condiciones corporales se intenta comprender. Con estas herramientas, la neuroanatomía deja de ser un listado de nombres y se convierte en una forma de leer dinámicas, que prepara el paso al siguiente apartado, donde el contexto social, la moralidad y la violencia se abordarán también como fenómenos con base biológica y con enorme sensibilidad a la situación.


Violencia: contexto, mecanismos y variaciones

Con el mapa neuroanatómico ya desplegado, la sesión se adentra en uno de los temas más complejos y sensibles, la violencia, precisamente porque es un fenómeno que no puede comprenderse desde una sola causa ni desde una única disciplina. La violencia no surge de manera espontánea ni se explica únicamente por rasgos individuales, sino que aparece cuando confluyen factores biológicos, aprendizajes previos y condiciones contextuales que facilitan o inhiben determinadas conductas. Desde esta perspectiva, resulta más adecuado hablar de procesos violentos que de personas violentas, ya que el foco se desplaza de la etiqueta al análisis de las condiciones que hacen posible la agresión.

En el plano biológico, la violencia se apoya en sistemas diseñados para la defensa y la supervivencia. Estos sistemas no tienen como objetivo causar daño por sí mismos, sino proteger al organismo ante amenazas percibidas. Sin embargo, su activación puede desbordarse cuando la evaluación de peligro se vuelve imprecisa o cuando la regulación falla de forma persistente. El aprendizaje y la experiencia previa modulan profundamente esta activación. Una persona que ha crecido en contextos imprevisibles u hostiles aprende que la anticipación y la respuesta rápida son necesarias para sobrevivir, lo que puede traducirse en umbrales más bajos para la agresión. A ello se suma el contexto inmediato, que puede amplificar o amortiguar estas tendencias. La presencia de normas claras, figuras de autoridad consistentes y vínculos seguros reduce la probabilidad de violencia, mientras que la ambigüedad, la exclusión y la sensación de injusticia la incrementan.

Entender la violencia como multicausal permite evitar explicaciones simplistas y, al mismo tiempo, asumir responsabilidad colectiva. No se trata de negar la agencia individual, sino de reconocer que la conducta violenta se vuelve más probable cuando ciertos engranajes encajan entre sí. Por eso, dos personas con características similares pueden reaccionar de manera muy distinta ante una misma situación, dependiendo de su historia relacional, de los modelos observados y de los recursos disponibles para regular la activación emocional.

Desde este marco, resulta especialmente relevante distinguir entre diferentes formas de violencia. No toda agresión cumple la misma función ni responde a los mismos mecanismos. Existen violencias instrumentales, orientadas a conseguir un objetivo concreto, y violencias reactivas, que aparecen como respuesta a una amenaza percibida. También hay violencias ritualizadas, socialmente aceptadas en determinados contextos, y violencias que rompen las normas explícitas del grupo. Distinguirlas no es un ejercicio teórico, sino una herramienta práctica para intervenir con mayor precisión.

Un ejemplo que aparece en la sesión es el de la llamada violencia específica, como puede ser la violencia materna. Este tipo de violencia no puede analizarse con los mismos parámetros que otras formas de agresión, porque se produce en un vínculo caracterizado por la dependencia y la responsabilidad de cuidado. En estos casos, la agresión suele estar ligada a estados de saturación emocional, falta de apoyo y demandas percibidas como imposibles de sostener. El daño no se explica por una intención de destruir, sino por un colapso de los sistemas de regulación en una situación de alta exigencia. Reconocer esta especificidad no implica justificar la violencia, sino comprender qué la hace posible para poder prevenirla de manera eficaz.

La distinción entre tipologías también ayuda a entender por qué ciertas intervenciones funcionan en unos casos y fracasan en otros. Una respuesta punitiva puede frenar una violencia instrumental, pero suele ser ineficaz ante una violencia reactiva, donde el problema central no es la norma, sino la activación emocional y la percepción de amenaza. De igual modo, estrategias centradas exclusivamente en la autorregulación individual resultan insuficientes cuando la violencia está sostenida por dinámicas grupales o culturales que la legitiman.

Más allá de las formas visibles de agresión, la sesión se detiene en los mecanismos psicológicos que permiten ejercer violencia sin quedar paralizado por el malestar que normalmente produciría dañar a otro. Uno de estos mecanismos es la deshumanización, que consiste en percibir al otro como menos que humano, reduciendo su complejidad a una etiqueta, un rol o una amenaza abstracta. Cuando el otro deja de ser visto como alguien con experiencia propia, la empatía se debilita y la agresión se vuelve más fácil de ejecutar.

Relacionado con esto aparece la cosificación, que transforma a la persona en un objeto o en un medio para un fin. En este proceso, el sufrimiento ajeno pierde relevancia, ya que lo importante es la función que cumple el otro en la situación. Estos mecanismos no surgen de manera aislada, sino que se aprenden y se refuerzan en contextos donde ciertos discursos normalizan la exclusión o justifican el daño en nombre de un bien superior. El lenguaje desempeña aquí un papel clave, porque nombrar de una determinada forma prepara el terreno para actuar de acuerdo con esa narrativa.

Otro mecanismo frecuente es la externalización de la culpa, que desplaza la responsabilidad de la propia conducta hacia factores externos. Cuando la violencia se presenta como inevitable o provocada por el otro, se reduce la disonancia interna y se facilita la repetición de la conducta. A esto se suma la fragmentación de la responsabilidad, especialmente en contextos grupales, donde la sensación de anonimato diluye el peso de la acción individual. De este modo, personas que no se perciben a sí mismas como violentas pueden participar en dinámicas agresivas sin cuestionarlas.

Estos mecanismos no implican frialdad emocional absoluta. En muchos casos, la violencia convive con una intensa activación afectiva, como rabia, miedo o sensación de injusticia. Lo que cambia es la dirección de esa activación y la forma en que se legitima. Por eso, comprender los mecanismos psicológicos no consiste en buscar perfiles patológicos, sino en identificar procesos comunes que pueden activarse en distintas personas bajo determinadas condiciones.

Desde esta comprensión amplia, la prevención adquiere un sentido distinto. Prevenir la violencia no se limita a intervenir cuando el daño ya ha ocurrido, sino a reconocer señales tempranas que indican que los sistemas de regulación están desbordados o que los mecanismos de deshumanización están en marcha. Estas señales pueden aparecer como rigidez en la interpretación de las intenciones ajenas, dificultad para tolerar la frustración, aumento de la vigilancia y del lenguaje polarizado, o pérdida de matices en la percepción del otro.

Las palancas educativas juegan aquí un papel central. Educar emocionalmente no consiste solo en enseñar a identificar emociones, sino en ampliar el repertorio de respuestas posibles ante situaciones de conflicto. Cuando una persona dispone de más estrategias para gestionar la activación, la violencia pierde atractivo como solución rápida. Del mismo modo, fomentar contextos donde la diferencia pueda expresarse sin convertirse en amenaza reduce la necesidad de recurrir a la agresión para restablecer un supuesto equilibrio.

La prevención también implica trabajar a nivel grupal y social. Normas claras, coherentes y aplicadas de forma justa contribuyen a disminuir la sensación de arbitrariedad, que suele alimentar la violencia reactiva. Asimismo, la visibilización del sufrimiento y la humanización del otro actúan como frenos naturales a la agresión, porque reactivan la empatía y dificultan la cosificación. En este sentido, la educación no se limita al aula, sino que atraviesa discursos públicos, prácticas institucionales y modelos de relación cotidiana.

Finalmente, la sesión invita a sostener una mirada compleja que evite tanto la ingenuidad como el cinismo. Reconocer la multicausalidad de la violencia no exime de responsabilidad, pero sí permite diseñar respuestas más ajustadas y menos reactivas. La violencia no es un destino inscrito en el cerebro ni un mero fallo moral, sino un fenómeno emergente que revela cómo interactúan biología, historia y contexto. Con esta base, el seminario se prepara para abordar en los siguientes apartados cuestiones aún más delicadas, como la justicia, la moralidad y el sufrimiento, desde una comprensión que integra emoción, neuroanatomía y vida social sin reducir ninguna de ellas a una explicación única.


Justicia, moralidad y el yo: por qué sentimos lo que está bien y lo que está mal

Tras analizar la violencia como un fenómeno que emerge de la interacción entre biología, aprendizaje y contexto, la sesión se desplaza hacia una pregunta íntimamente relacionada, aunque a menudo formulada en términos más abstractos: cómo se construye el sentido de lo justo y de lo injusto, y por qué ciertas conductas despiertan aprobación o rechazo casi inmediato. Lejos de ser el resultado exclusivo de un razonamiento frío, el juicio moral se apoya en una combinación de componentes emocionales y sociales que orientan la conducta mucho antes de que aparezca una justificación verbal elaborada.

En primer lugar, el juicio moral se apoya en respuestas emocionales que funcionan como señales rápidas de evaluación. Estas respuestas no dictan normas universales, pero sí marcan umbrales de aceptación y rechazo que se activan con gran rapidez. Sentimientos como indignación, culpa o alivio cumplen la función de indicar si una acción amenaza la cohesión del grupo o refuerza la pertenencia. Por eso, el malestar moral suele aparecer incluso cuando no hay una víctima visible, ya que lo que está en juego no es solo el daño concreto, sino la estabilidad de un marco compartido de reglas y expectativas. A este nivel, la moralidad no se vive como una lista de principios, sino como una experiencia corporal y afectiva que empuja a actuar o a inhibirse.

Sin embargo, estas señales emocionales no se desarrollan en el vacío. La dimensión social introduce matices decisivos. Cada grupo establece, de manera explícita o implícita, qué conductas son tolerables y cuáles resultan inaceptables, y estas normas se transmiten a través de la educación, la imitación y la sanción social. De este modo, lo que una persona siente como correcto o incorrecto refleja tanto su historia emocional como el contexto cultural en el que se ha formado. Esta combinación explica por qué los juicios morales pueden variar entre sociedades e incluso dentro de una misma comunidad, sin que ello implique ausencia de moral, sino diversidad de referencias.

La construcción del Yo se sitúa en el centro de este proceso. La conciencia no aparece como una entidad fija, sino como una narrativa en continuo ajuste que integra memoria, emoción y experiencia social. A través de esa narrativa, la persona se reconoce como autora de sus actos y como alguien que puede anticipar la reacción de los demás. Así, el Yo moral no se limita a saber qué está bien o mal, sino que se define por la relación entre la conducta propia y la imagen que se desea sostener ante uno mismo y ante el grupo. Cuando esa coherencia se ve amenazada, surgen emociones como la culpa o la vergüenza, que funcionan como reguladores internos del comportamiento.

Esta relación entre conciencia, identidad y conducta permite entender por qué los dilemas morales resultan tan perturbadores. Un dilema no es solo un problema lógico, sino una situación en la que entran en conflicto valores que forman parte del Yo. Cuando el contexto cambia, también lo hacen las prioridades, y con ellas la respuesta emocional. Una acción que en un escenario parece inaceptable puede vivirse como necesaria en otro, no porque la persona haya perdido sus principios, sino porque la evaluación de consecuencias y responsabilidades se reorganiza. En estos casos, la emoción no desaparece, pero puede transformarse, dando lugar a sentimientos ambivalentes que reflejan la complejidad de la situación.

Este enfoque ayuda a comprender por qué la moralidad no puede reducirse a reglas fijas ni a reacciones automáticas. Se trata de un proceso dinámico que integra emoción, identidad y contexto social, y que se reajusta a medida que cambian las circunstancias. Así, el sentido de justicia emerge como una construcción viva, sensible a la experiencia y al entorno, que orienta la conducta sin quedar completamente determinada por ninguno de sus componentes. Con esta comprensión, el seminario prepara el terreno para abordar, en el siguiente apartado, cuestiones relacionadas con el sufrimiento y la muerte, donde los dilemas morales alcanzan su máxima intensidad y ponen a prueba los límites de esa construcción del yo.


Muerte, sufrimiento: emoción, cultura y sentido

Después de recorrer la violencia y el juicio moral, el seminario se adentra en uno de los territorios más delicados de la experiencia humana. Hablar de muerte y sufrimiento no es únicamente tratar un hecho biológico, sino explorar cómo se articulan emoción, cultura e identidad cuando la continuidad de la vida se pone en cuestión. En este punto, la reflexión no se mueve en el plano abstracto, sino que atraviesa convicciones íntimas, historias personales y marcos sociales que otorgan sentido a lo que ocurre.

La percepción de la muerte no es uniforme. Aunque todos compartimos la condición biológica de finitud, la forma en que interpretamos esa realidad depende de creencias religiosas o filosóficas, de experiencias previas de pérdida y del modo en que la cultura aborda el tema. En algunos contextos, la muerte se integra como parte natural del ciclo vital y se acompaña con rituales que favorecen la elaboración emocional. En otros, se evita nombrarla, se medicaliza en exceso o se convierte en un tabú que dificulta el diálogo. Estas diferencias influyen en cómo se vive la propia enfermedad, cómo se afronta el deterioro y cómo se toman decisiones cuando el horizonte vital se estrecha.

La historia personal añade un matiz decisivo. Quien ha experimentado pérdidas traumáticas puede asociar la muerte con caos e impotencia, mientras que quien ha vivido procesos de despedida acompañados puede percibirla con mayor serenidad. Además, las creencias sobre lo que sucede después de morir modulan la intensidad del miedo o de la aceptación. No se trata de valorar unas posturas como superiores a otras, sino de reconocer que la emoción asociada a la muerte no nace solo del hecho en sí, sino del significado que se le atribuye.

El sufrimiento introduce otra dimensión compleja. No todo dolor físico o psicológico se vive de la misma manera, ya que su impacto depende del sentido que se le otorgue y de los recursos disponibles para afrontarlo. En este contexto, emerge la tensión entre indiferencia y empatía. La empatía permite reconocer el sufrimiento ajeno como relevante y genera una disposición a aliviarlo. Sin embargo, cuando la exposición es continua o el malestar resulta insoportable, puede aparecer un mecanismo defensivo de distanciamiento. La indiferencia no siempre implica frialdad moral; a veces es una estrategia para protegerse del desbordamiento emocional. El riesgo surge cuando este distanciamiento se cronifica y se convierte en deshumanización, debilitando la capacidad de responder al dolor del otro.

La cultura influye también en cómo se interpreta el sufrimiento. Existen tradiciones que lo consideran una prueba, una vía de crecimiento o incluso una condición necesaria para alcanzar determinados valores. Otras lo conciben como algo que debe ser eliminado siempre que sea posible. Estas filosofías no son neutrales, porque modelan la forma en que las personas enfrentan la adversidad cotidiana. Si el sufrimiento se percibe como inevitable y dotado de sentido, puede favorecer actitudes de resistencia y paciencia. En cambio, si se vive como absurdo o injusto, puede intensificar la desesperanza y la búsqueda de soluciones inmediatas.

Desde una lectura psicológica, el significado atribuido al sufrimiento influye en la regulación emocional y en la conducta. Cuando el dolor se integra en una narrativa coherente, el sistema dispone de un marco para soportarlo y transformarlo. En cambio, cuando se experimenta como carente de sentido, la activación emocional tiende a mantenerse elevada y el repertorio de respuestas se reduce. Esto no implica que el sufrimiento deba idealizarse, sino que su impacto depende tanto de la intensidad como del contexto interpretativo.

Aquí reaparece el trasfondo del conatus, no como un impulso ciego, sino como una orientación hacia una forma de vida que resulte habitable.

Como ejemplo, en el seminario se habló sobre eutanasia. Los argumentos emocionales en torno a la eutanasia suelen estar cargados de miedo, compasión y, en ocasiones, culpa. El temor a prolongar el dolor propio o ajeno se combina con la preocupación por vulnerar principios morales o religiosos. A nivel social, la discusión se inserta en marcos legales y culturales que delimitan lo permitido y lo prohibido, y que intentan equilibrar la autonomía individual con la protección de los más vulnerables. Esta tensión revela que la decisión no se sitúa únicamente en la esfera privada, sino que involucra a la comunidad (aunque el sufrimiento sea personal, los demás hacen juicios e, incluso, legislan y permiten o castigan).

Comprender la eutanasia desde esta perspectiva implica reconocer la complejidad del dilema sin simplificarlo. No se trata de ofrecer respuestas cerradas, sino de analizar cómo interactúan emoción, identidad y contexto cuando la vida se acerca a su límite. La decisión final, en aquellos lugares donde es legal, no puede desligarse de la evaluación del sufrimiento, de la percepción de control y de la red de apoyo disponible. Cuando el acompañamiento es adecuado y el diálogo abierto, las decisiones tienden a estar mejor integradas en la narrativa personal y familiar.

En definitiva, la muerte y el sufrimiento no pueden abordarse únicamente desde la biología ni solo desde la moral. Son experiencias que condensan historia, cultura y emoción, y que ponen a prueba la coherencia del Yo y del grupo. Al situar la eutanasia en este marco amplio, el seminario invita a sostener una reflexión madura que evite tanto la negación del dolor como la trivialización de la vida. De este modo, se prepara el paso hacia los siguientes apartados, donde la neurobiología del miedo y de la anticipación permitirá comprender cómo el cerebro participa también en estas decisiones límite sin agotarlas en su explicación.


Profundización: amígdala, miedo e incertidumbre

Tras abordar la muerte y el sufrimiento desde su dimensión emocional y cultural, el seminario vuelve a la neurobiología para examinar con mayor precisión uno de los núcleos más citados y, al mismo tiempo, más simplificados en la divulgación, la amígdala. Con frecuencia se la presenta como el centro del miedo, casi como si fuera un botón que se activa ante el peligro. Sin embargo, esta imagen resulta reduccionista. Más que producir miedo de manera aislada, la amígdala participa en la detección de relevancia cuando algo cambia, cuando la expectativa se ve alterada o cuando la incertidumbre aumenta. Su función principal no es generar placer o temor por sí misma, sino marcar que algo merece atención prioritaria.

En este sentido, lo que dispara la amígdala no es únicamente una amenaza clara y evidente, sino también la ambigüedad. El cerebro trabaja anticipando lo que espera encontrar, y cuando la realidad no coincide con esa previsión se produce un desajuste que exige reevaluación. La amígdala interviene precisamente en esos momentos de discrepancia. Si el cambio puede implicar riesgo, facilita una respuesta rápida que prepara al organismo para actuar antes de que el análisis consciente se complete. Por ello, el miedo no es simplemente reacción ante daño consumado, sino una respuesta anticipatoria ante la posibilidad de daño.

Esta dimensión anticipatoria conecta con la experiencia de incertidumbre que atraviesa muchos de los temas tratados anteriormente. Cuando el entorno se percibe impredecible, la amígdala puede mantenerse en un estado de vigilancia elevada. No es necesario que exista un peligro concreto; basta con que la expectativa de seguridad se debilite. Desde fuera, esta activación puede manifestarse como irritabilidad, hipervigilancia o dificultad para concentrarse. Desde dentro, se experimenta como tensión persistente o sensación difusa de amenaza. La clave no está tanto en la intensidad puntual como en la duración del estado de alerta.

Ahora bien, la activación de la amígdala no ocurre en aislamiento. Su funcionamiento depende de la información que recibe y de las conexiones que mantiene con otras estructuras. El aprendizaje desempeña aquí un papel central. A lo largo de la vida, el sistema asocia determinados estímulos con consecuencias relevantes. Si una experiencia se vincula a un resultado negativo intenso, la respuesta puede generalizarse a situaciones similares. Este aprendizaje del miedo no es irracional en su origen; cumple la función de evitar repetir daños. Sin embargo, cuando la generalización es excesiva o el contexto cambia y la respuesta no se actualiza, la reacción puede volverse desproporcionada.

La modulación social influye de manera decisiva en este proceso. Las reacciones de las figuras de referencia, el discurso del grupo y las normas culturales moldean qué se considera amenazante y cómo se interpreta la activación emocional. Un entorno que valida la exploración y ofrece apoyo ante la dificultad favorece que la respuesta de miedo se atenúe tras comprobar que no existe peligro real. En cambio, contextos que refuerzan la alarma o que castigan la expresión emocional pueden consolidar asociaciones rígidas. De este modo, el contexto no solo desencadena respuestas, sino que participa activamente en su mantenimiento o en su transformación.

La relación entre amígdala y memoria contextual resulta especialmente relevante para comprender por qué el miedo puede intensificarse o disminuir. Cuando una experiencia se sitúa con precisión en un marco temporal y espacial, el sistema puede discriminar mejor entre situaciones realmente peligrosas y situaciones que solo comparten rasgos superficiales. Si esta discriminación falla, cualquier señal parecida puede activar la respuesta completa, generando una sensación de amenaza constante. Por ello, la actualización de la experiencia y la integración narrativa contribuyen a modular la activación.

En cuanto a la regulación, es importante distinguir entre activación transitoria y cronificación. La activación puntual forma parte del repertorio adaptativo. Permite reaccionar ante cambios y ajustar la conducta. Sin embargo, cuando el sistema permanece en alerta durante periodos prolongados, se producen modificaciones en la sensibilidad de los circuitos. La respuesta se vuelve más fácil de activar y más difícil de apagar. Este fenómeno no implica una voluntad débil, sino una reorganización funcional que prioriza la protección constante.

La pregunta entonces es cuándo la amígdala se apaga. En condiciones normales, la evaluación posterior de la situación y la comprobación de seguridad reducen la activación inicial. La experiencia repetida de que una señal no conlleva daño real permite debilitar la asociación previa. Este proceso requiere exposición controlada y contextos previsibles. Cuando la persona evita sistemáticamente aquello que le genera temor, el sistema no tiene oportunidad de actualizar la información y la respuesta se mantiene intacta. Así, la evitación ofrece alivio inmediato pero consolida el miedo a largo plazo.

La cronificación se produce cuando la activación constante se combina con interpretaciones rígidas y falta de experiencias correctoras. En estos casos, el organismo aprende que la vigilancia permanente es la mejor estrategia disponible. Esto puede observarse en estados de ansiedad persistente, donde la sensación de amenaza se vuelve parte del paisaje cotidiano. Sin embargo, incluso en estas situaciones, el sistema conserva capacidad de cambio si se modifican las condiciones que lo sostienen.

Es relevante subrayar que la amígdala no actúa como un enemigo interno. Su función es proteger y señalar relevancia. El problema surge cuando la calibración se desajusta. Por ello, intervenir sobre el miedo no implica suprimir la emoción, sino restaurar la proporcionalidad entre estímulo y respuesta. Este ajuste puede lograrse mediante experiencias que amplíen el repertorio de interpretación, favorezcan la regulación fisiológica y refuercen la sensación de control.

La incertidumbre, en este contexto, adquiere un papel central. Cuando la persona aprende a tolerar cierto grado de ambigüedad sin activar automáticamente la alarma, el sistema gana flexibilidad. Esto no significa negar la existencia de riesgos reales, sino diferenciar entre peligro objetivo y posibilidad abstracta. El entrenamiento en regulación emocional y la construcción de narrativas coherentes contribuyen a disminuir la reactividad excesiva.

En última instancia, la profundización en la amígdala y el miedo no persigue señalar una estructura aislada, sino ilustrar cómo el cerebro organiza la anticipación y la respuesta ante lo desconocido. La comprensión de estos mecanismos permite integrar lo biológico con lo social y lo personal, mostrando que la experiencia de miedo es el resultado de interacciones complejas más que de un fallo puntual. Con esta base, el seminario se prepara para abordar en el siguiente apartado la relación entre memoria y emoción, donde se examinará cómo las experiencias pasadas se consolidan y condicionan la percepción del presente sin determinarla por completo.


Memoria y emoción: el papel del hipocampo y la consolidación

Después de comprender cómo la amígdala participa en la detección de relevancia y en la anticipación del riesgo, resulta natural preguntar por qué ciertas experiencias se nos quedan tan grabadas y otras se desvanecen con rapidez. La respuesta no se encuentra únicamente en la intensidad del momento, sino en la forma en que el cerebro registra, organiza y estabiliza la experiencia a lo largo del tiempo. En esta sesión, la memoria se presenta como un sistema plural, compuesto por funciones distintas que cooperan para sostener la identidad y guiar la conducta. Por eso, antes de entrar en el hipocampo conviene situar la idea central. Recordar no es reproducir una película, sino reconstruir un sentido útil para orientarse en el presente.

A grandes rasgos, puede hablarse de una memoria que sostiene habilidades y automatismos, otra que conserva hechos y episodios, y otra que mantiene información activa durante unos segundos para poder pensar y decidir. La memoria de habilidades permite que caminar, escribir o conducir se vuelvan acciones fluidas, reduciendo el esfuerzo consciente. La memoria de hechos y episodios hace posible saber qué ocurrió, cuándo y con quién, además de acceder a conocimientos generales sobre el mundo. La memoria de trabajo, por su parte, mantiene y manipula información durante la resolución de tareas, lo cual permite planificar, comparar opciones y sostener una intención. Estas distinciones ayudan a comprender por qué alguien puede recordar perfectamente una técnica aprendida y, sin embargo, olvidar detalles recientes de una conversación, ya que no todas las memorias se almacenan ni se recuperan del mismo modo.

Dentro de este entramado, el hipocampo ocupa un lugar clave para la memoria episódica y para la organización contextual de la experiencia. No funciona como un almacén definitivo, sino como un sistema de indexación que permite ligar elementos dispersos en un episodio coherente. Cuando una vivencia ocurre, se registran sensaciones, lugares, rostros, acciones y estados internos, y el hipocampo contribuye a unirlos en una configuración que puede recuperarse más tarde. Gracias a ello, no solo recordamos un hecho aislado, sino que lo situamos dentro de una escena. Esta capacidad de contextualizar es crucial porque permite diferenciar experiencias similares y reducir generalizaciones excesivas. En términos prácticos, ayuda a distinguir entre lo que está ocurriendo ahora y lo que se parece a algo que ocurrió antes.

El proceso por el que una experiencia pasa de ser algo frágil a convertirse en un recuerdo más estable se conoce como consolidación. La sesión sugiere una idea importante. El recuerdo no se fija en un instante, sino que necesita tiempo, repetición y condiciones fisiológicas adecuadas para estabilizarse. En esta fase, el hipocampo actúa como un intermediario. Durante un periodo, sostiene y reactiva patrones de actividad que permiten que otras áreas del cerebro integren la información de manera más duradera. Con el paso del tiempo, ciertos componentes del recuerdo pueden volverse menos dependientes del hipocampo y más distribuidos en redes corticales, lo que explica por qué algunos recuerdos antiguos se conservan incluso cuando la memoria reciente se debilita.

Los plazos de consolidación no son uniformes. Dependen de factores como el sueño, el nivel de estrés, la repetición y el significado atribuido a la experiencia. El sueño, por ejemplo, facilita la reorganización y la integración de la información, lo que convierte a la higiene del descanso en un elemento decisivo para la memoria. El estrés, en cambio, puede tener un efecto paradójico. Un nivel moderado puede mejorar el registro de lo relevante, pero un estrés intenso o sostenido puede alterar la integración contextual y favorecer recuerdos fragmentados o intrusivos. Esta dinámica ayuda a entender por qué, en situaciones extremas, algunas personas recuerdan detalles sensoriales con gran nitidez mientras que les cuesta reconstruir la secuencia completa de lo ocurrido.

En este punto aparece la relación entre memoria y emoción. La emoción no es un adorno del recuerdo, sino un criterio de selección. El cerebro tiende a conservar lo que importa porque lo relevante para la supervivencia y para la pertenencia social ofrece una ventaja adaptativa. Esto significa que los recuerdos emocionalmente cargados tienen más probabilidad de consolidarse, ya que el sistema interpreta que conviene mantenerlos disponibles para el futuro. Sin embargo, importante no siempre equivale a agradable. Por eso recordamos con fuerza experiencias dolorosas, humillaciones o pérdidas, ya que el sistema aprende de ellas con el objetivo de evitar daños similares.

Este mecanismo, que en principio es protector, puede volverse problemático cuando la emoción asociada al recuerdo queda congelada y no se actualiza con el paso del tiempo. Si un episodio traumático se consolida con un nivel alto de activación y con poco contexto integrador, el recuerdo puede reaparecer como si estuviera ocurriendo de nuevo, generando reacciones corporales intensas. Aquí la memoria deja de servir como guía del pasado y se convierte en una fuente de alarma en el presente. Esta es una de las razones por las que la regulación emocional y el trabajo narrativo son relevantes. No se trata de borrar lo vivido, sino de integrar el episodio en una historia más amplia donde pueda ser recordado sin reactivar el mismo grado de amenaza.

Al mismo tiempo, la memoria emocional también explica procesos positivos. Experiencias de seguridad, apoyo y logro pueden consolidarse como referencias internas que aumentan la tolerancia a la incertidumbre y amplían el repertorio de respuestas. Cuando el cerebro dispone de recuerdos de regulación exitosa, la anticipación de riesgo se modula y la conducta se vuelve más flexible. En este sentido, recordar no es solo volver al pasado, sino disponer de un banco de experiencias que orienta la manera en que el presente se interpreta.

Por último, conviene subrayar que la memoria es reconstructiva. Cada vez que recordamos, modificamos el recuerdo al reactivarlo, incorporando elementos del estado actual, de nuevas informaciones y de expectativas. Esta característica no debe leerse como un defecto, sino como una forma de adaptación. Permite que la experiencia se actualice y que el aprendizaje sea útil en contextos cambiantes. Sin embargo, también implica que los relatos sobre lo vivido pueden transformarse y polarizarse, sobre todo cuando se revisan bajo emociones intensas. Esta idea conecta con lo tratado en apartados anteriores sobre el papel del contexto y de la interpretación social, ya que la memoria no solo se almacena en el cerebro, sino que se organiza también en diálogo con los otros.

Con este marco, el seminario deja preparado el terreno para analizar, en el siguiente apartado, cómo la regulación de la conducta y la educación emocional se apoyan en sistemas frontales que permiten sostener objetivos y modular impulsos. Si la amígdala marca relevancia y el hipocampo organiza contexto, la corteza prefrontal aporta la capacidad de elegir con mayor libertad dentro de los límites de la biología y de la historia personal.


Regulación y educación emocional: el papel del lóbulo frontal

Después de ver cómo la amígdala prioriza lo relevante y cómo el hipocampo aporta contexto y memoria, la sesión coloca en primer plano una pieza que permite comprender la posibilidad de cambio. El lóbulo frontal, y en particular la corteza prefrontal, no funciona como una instancia que elimine la emoción, sino como un sistema de coordinación que ayuda a integrar señales corporales, recuerdos, normas sociales y metas personales para elegir una respuesta más ajustada. Por eso resulta útil imaginarlo como un director de orquesta. No crea cada sonido desde cero, pero organiza el conjunto para que no se imponga una sola sección cuando la situación exige matices.

La función de inhibición es uno de los pilares de esta coordinación. Inhibir no significa reprimir, sino suspender el impulso automático el tiempo suficiente como para abrir alternativas. En términos cotidianos, es la capacidad de no decir lo primero que viene a la mente, de no actuar de inmediato ante una provocación o de tolerar una incomodidad breve para conseguir un objetivo mayor. Esta pausa no es un simple acto de voluntad, sino un proceso neurobiológico que requiere energía y que se vuelve más frágil cuando el organismo está fatigado, estresado o en estado de alerta sostenido. De ahí que la regulación emocional no pueda abordarse solo con consejos, ya que también depende de condiciones fisiológicas y ambientales que sostienen la función frontal.

Junto a la inhibición aparece la planificación. Planificar implica representar el futuro, anticipar consecuencias y organizar pasos intermedios, lo cual es especialmente relevante cuando las emociones empujan hacia soluciones inmediatas. La planificación permite sostener un horizonte temporal más amplio y, con ello, reordenar prioridades. Una persona puede seguir sintiendo miedo o rabia, pero puede actuar de forma distinta si logra integrar esa emoción dentro de una estrategia más larga. Esta capacidad no es constante, sino que oscila según el estado del sistema y según el grado de carga emocional, lo que explica por qué en momentos de alta intensidad afectiva cuesta pensar con perspectiva.

La elección, finalmente, sintetiza estas funciones. Elegir no es negar el impulso, sino construir una respuesta que tenga en cuenta la emoción sin quedar capturado por ella. En este punto se entiende mejor que la regulación no es un acto de control rígido, sino de flexibilidad. Cuando el lóbulo frontal puede coordinar, la persona gana repertorio conductual. Puede hacer algo distinto a lo que ha hecho siempre y, en consecuencia, su experiencia emocional también puede transformarse. Esta es una idea central para el enfoque educativo del seminario, porque sugiere que el cambio es posible incluso cuando existen tendencias biológicas y aprendizajes previos potentes.

La educación emocional se plantea entonces como un entrenamiento de capacidades, no como una simple transmisión de información. Aprender sobre emociones ayuda, pero no basta si no se practica en condiciones reales. Lo que puede entrenarse es la capacidad de reconocer señales tempranas de activación, de nombrar lo que ocurre con mayor precisión y de sostener la pausa antes de responder. También puede entrenarse la tolerancia a la frustración, que es una forma concreta de resistencia emocional ante el hecho de que la realidad no siempre coincide con el deseo. Cuando esta tolerancia aumenta, disminuye la urgencia por actuar impulsivamente para aliviar el malestar.

Además, el seminario sugiere que el entrenamiento no ocurre solo en la mente, sino también en el cuerpo y en el contexto. Rutinas de descanso, movimiento y respiración no son añadidos opcionales, ya que modifican la base fisiológica sobre la que opera la regulación frontal. Del mismo modo, el entorno educativo o familiar puede facilitar o dificultar el aprendizaje. Un ambiente que humilla o ridiculiza la emoción tiende a generar estrategias defensivas, mientras que un ambiente que valida sin permitirlo todo favorece un aprendizaje más integrado. Esto implica encontrar un equilibrio entre comprensión y límites claros, porque la regulación se fortalece cuando existen marcos previsibles y consecuencias coherentes.

Desde esta perspectiva, educar emocionalmente a nuevas generaciones no significa protegerlas de toda incomodidad, sino acompañarlas para que aprendan a atravesarla sin romperse ni volcarla sobre otros. La clave está en ampliar el repertorio de respuestas, ofreciendo modelos de regulación que puedan imitarse y espacios donde el error no se convierta en amenaza. Con ello, la corteza prefrontal no se concibe como una estructura que impone moralidad desde arriba, sino como una capacidad que se construye con práctica, apoyo y sentido, y que permite que la emoción deje de ser un destino inmediato para convertirse en una información valiosa dentro de una vida más elegida.


Conclusiones e ideas: una síntesis

A lo largo de seis horas, la sesión va trazando un hilo que empieza en lo más básico y termina en lo más complejo. Primero se coloca el cuerpo en el centro de la vida mental, después se introduce la persistencia como impulso biológico, más tarde se despliegan las emociones en su dimensión social y, finalmente, se entra en la neuroanatomía para entender cómo se organizan la atención, el miedo, la memoria y la regulación. Con ese mapa, el seminario se atreve con preguntas difíciles sobre violencia, justicia, sufrimiento y muerte sin abandonar la idea que sostiene todo el recorrido: la conducta humana se explica mejor cuando se entienden juntas biología, historia y contexto, sin reducir ninguna de las tres a una caricatura.


Ideas que cristalizan el contenido

  • La emoción no es un adorno del pensamiento, sino una forma de organización del organismo que prepara la acción y, al mismo tiempo, orienta lo que consideramos relevante.

  • La mente no flota sobre el cuerpo, sino que emerge de un sistema integrado en el que lo fisiológico, lo afectivo y lo cognitivo se influyen de forma continua, de modo que comprender una reacción exige mirar también el estado corporal que la sostiene.

  • El conatus funciona como un fondo constante de persistencia, y por eso muchas decisiones, incluso las aparentemente morales o culturales, pueden leerse como intentos de conservar una vida habitable.

  • La salud se parece más a la adaptabilidad que a la perfección, ya que el indicador clave no es la ausencia total de síntomas, sino la capacidad de variar respuestas, aprender y reajustar el equilibrio cuando cambian las condiciones.

  • La patología no siempre aparece como un fallo absurdo, porque a menudo es una solución costosa que el sistema encuentra para regularse cuando no dispone de alternativas, y por ello comprender su función abre vías de intervención más realistas.

  • Las emociones sociales no son solo biología ni solo cultura, sino un punto de encuentro entre ambas, porque traducen necesidades de pertenencia y normas del grupo en experiencias internas que regulan la conducta incluso en soledad.

  • La cognición social no consiste únicamente en entender al otro, sino en navegar un ecosistema de expectativas, intenciones y normas, y por eso la comunicación puede sostener vínculos o fracturarlos con enorme rapidez.

  • La mentira puede tener funciones adaptativas a corto plazo, aunque su coste social sea alto, y por ello la cuestión relevante no es solo condenarla, sino comprender qué intenta proteger, evitar o mantener dentro de un contexto relacional.

  • La neuroanatomía ayuda cuando se usa como mapa de procesos y no como catálogo de piezas, porque lo decisivo no es una estructura aislada, sino cómo se conectan redes que priorizan, recuerdan, interpretan y regulan.

  • La violencia se entiende mejor como un fenómeno multicausal que como una esencia personal, ya que depende de umbrales biológicos, aprendizaje previo y condiciones sociales que facilitan la deshumanización o, por el contrario, la frenan.

  • El juicio moral se construye con emoción y con vida en común, y por eso cambia con el contexto, aunque mantenga un núcleo de coherencia ligado a identidad, pertenencia y sentido de justicia.

  • El miedo no se reduce a un estímulo amenazante, porque se alimenta especialmente de la incertidumbre y de la expectativa, de manera que la anticipación puede sostener una alarma incluso sin peligro concreto.

  • La memoria no es un archivo neutro, ya que selecciona lo que importa para orientar el futuro, y por eso lo emocional puede consolidar tanto aprendizajes protectores como recuerdos dolorosos que necesitan integración.

  • La regulación no equivale a apagar emociones, sino a ampliar opciones, y ahí el lóbulo frontal aporta la capacidad de pausar, planificar y elegir una respuesta que no sea prisionera del impulso inmediato.


Un mapa integrador en cinco capas

  1. Capa corporal y homeostática: el estado fisiológico marca el punto de partida, porque sin un mínimo de equilibrio interno la atención se estrecha y la conducta se vuelve más reactiva.

  2. Capa de relevancia y alarma: el sistema prioriza señales, y cuando la incertidumbre aumenta, el organismo tiende a actuar como si el mundo requiriera vigilancia constante.

  3. Capa de contexto y memoria: la experiencia se interpreta a la luz de lo vivido, lo cual permite discriminar matices o, si falta integración, generalizar y reactivar viejas alarmas.

  4. Capa social y moral: el grupo aporta normas, lenguaje y pertenencia, y con ello modela lo que se vive como justo, vergonzoso, aceptable o intolerable.

  5. Capa de regulación y proyecto: la capacidad de elegir crece cuando existen metas, apoyo y entrenamiento, porque entonces la emoción se vuelve información y no mandato.

Este mapa tiene una consecuencia práctica. Cuando algo se desordena arriba, muchas veces empezó abajo, y cuando se intenta arreglar abajo, a veces está sostenido arriba por una historia, una cultura o una relación. Por eso una intervención eficaz suele ser multicapas, sin caer en el error de buscar una única causa.


Conclusiones humanas sobre sufrimiento

El seminario aborda el sufrimiento como una experiencia que no se agota en el dolor físico, porque incluye sentido, identidad y relación. Cuando el dolor se inserta en una narrativa coherente y existe acompañamiento, el organismo encuentra más margen para regularse; en cambio, cuando el sufrimiento se vive como absurdo, interminable o aislado, la experiencia tiende a volverse más intensa y la vida se estrecha. Desde ahí se entiende que las posturas ante la muerte varíen tanto, ya que no dependen solo de principios abstractos, sino de creencias, historia personal, cultura y posibilidades reales de alivio.

En este punto aparece una idea especialmente interesante. A veces se confunde la petición de eutanasia con un deseo simple de morir, pero el discurso de la sesión sugiere que, en muchos casos, lo que se busca es dejar de sufrir, es decir, recuperar un mínimo de dignidad y control cuando la regulación ya no es posible por otras vías. Esa distinción obliga a una ética más compasiva y menos automática, porque sitúa el foco en el sufrimiento, en el acompañamiento y en las condiciones sociales que rodean la decisión, sin simplificaciones.


Conclusiones científicas sobre cambio y prevención

Desde el lado científico, el mensaje más potente es que la biología no es un destino, sino un conjunto de condiciones con grados de plasticidad. El sistema aprende, automatiza y también puede reaprender si se crean contextos adecuados. De ahí que la prevención de la violencia y la mejora de la convivencia no se basen solo en sanciones, sino en educación emocional, vínculos seguros y normas coherentes. Cuando el entorno reduce incertidumbre, ofrece reconocimiento y enseña a tolerar frustración, la agresión pierde parte de su función como salida rápida.

Asimismo, la regulación emocional aparece como una habilidad entrenable. Se fortalece cuando se practican pausas, se mejora la lectura del propio estado corporal, se amplía el lenguaje emocional y se construyen estrategias para no convertir la activación en conducta automática. Eso vale en lo individual, pero también en lo colectivo, porque una comunidad que normaliza la deshumanización prepara el terreno para la violencia, mientras que una comunidad que humaniza y sostiene límites justos crea condiciones para respuestas más complejas.


Para cerrar: una síntesis en tres frases

La emoción es la forma en que la vida se organiza para seguir viva, y por eso cuerpo, mente y relación son inseparables. El contexto puede encender o apagar circuitos de miedo, violencia y juicio moral, de modo que comprender no es justificar, sino ganar capacidad de intervención. Finalmente, el humanismo y la ciencia se encuentran cuando el conocimiento se pone al servicio de ampliar dignidad, libertad de elección y cuidado mutuo, especialmente allí donde el sufrimiento y la incertidumbre amenazan con reducirnos a respuestas automáticas.


Cierre editorial: una invitación a reflexionar


Hay momentos históricos en los que lo que parecía firme se vuelve frágil. La pandemia fue uno de ellos. De pronto, el futuro dejó de ser una continuidad y se convirtió en incertidumbre. En ese escenario, este seminario no propone una receta ni una consigna, sino algo más valioso: propone una forma de mirar. Y cuando aprendemos a mirar mejor, también aprendemos a vivir con más libertad.

La primera gran idea que atraviesa toda la sesión es sencilla y profunda. No pensamos desde un lugar abstracto, pensamos desde un cuerpo. Sentimos desde un cuerpo. Decidimos desde un cuerpo. La vida mental no ocurre en un vacío, sino en un organismo que respira, se tensa, se agota, se recupera y busca equilibrio. Por eso, cuando el mundo se vuelve impredecible, no solo cambian las ideas que tenemos, cambia el suelo desde el que las ideas se construyen. En ese suelo aparecen la alarma, la fatiga, la urgencia de control. Y también, si lo cultivamos, puede aparecer la calma que no nace de negar el riesgo, sino de regularlo.

La segunda idea es que existe una fuerza silenciosa que nos empuja a persistir. Llámese conatus o llámese impulso vital, en el fondo es el mismo movimiento. Queremos seguir. Queremos conservar lo que nos sostiene. Queremos proteger aquello que da sentido a estar aquí. Esa fuerza es preciosa, pero también es frágil, porque puede volverse conflicto cuando la vida se llena de dolor y el cuerpo no encuentra salida. Entonces comprendemos que hablar de sufrimiento no es hablar solo de síntomas, sino de dignidad. Y hablar de muerte no es hablar solo de biología, sino de sentido.

La tercera idea es que la emoción no es un fallo del pensamiento. La emoción es información. Es una brújula que señala relevancia. A veces señala con precisión y nos salva. Otras veces se desajusta y nos encierra. El miedo, por ejemplo, no aparece solo ante el peligro evidente. Aparece, sobre todo, cuando la incertidumbre domina, cuando no sabemos qué esperar. Por eso, lo más duro no siempre es lo que pasa, sino no saber qué va a pasar. Y por eso, aprender a convivir con lo incierto sin convertirlo en amenaza constante es una forma de libertad interior.

Pero el seminario no se queda en lo individual. Nos recuerda algo incómodo y necesario. La violencia no cae del cielo ni pertenece únicamente a monstruos. La violencia emerge cuando se juntan activación, historia, presión social y relatos que vuelven al otro invisible. Y ese es el verdadero umbral moral. No es solo lo que hacemos, sino lo que dejamos de ver. Cuando el otro se convierte en etiqueta, en cosa, en obstáculo, la agresión se vuelve fácil. En cambio, cuando el otro vuelve a ser rostro, historia, complejidad humana, la violencia pierde una parte de su permiso. La gran batalla ética es esa, la batalla por la humanización.

Y aquí aparece una esperanza con base científica. Nada de esto está escrito para siempre. El cerebro aprende. El cuerpo aprende. La conducta se aprende. También puede reaprenderse. La memoria puede doler, sí, pero también puede integrarse. La alarma puede cronificarse, sí, pero también puede recalibrarse. La regulación no es apagar emociones, sino ampliar opciones. Y ese es, quizá, el mensaje más útil para la vida cotidiana. Cuando una persona gana capacidad de pausa, de perspectiva y de elección, la emoción deja de ser un mandato y se convierte en guía. La libertad no es no sentir, sino tener opciones para hacer con lo que se siente.

Por eso, este seminario termina donde en realidad empezó. En una pregunta que no es técnica, sino humana. Qué significa cuidar. Cuidar no es solo aliviar. Cuidar es crear contextos en los que la vida sea más habitable. Es ofrecer seguridad sin infantilizar, límites sin humillar, comprensión sin permisividad. Es sostener al otro para que no tenga que defenderse de todo, para que la incertidumbre no se convierta en una cárcel, para que el sufrimiento no sea un lugar sin salida.

Y si algo deja esta sesión, especialmente en el marco en que se celebró, es una convicción serena. La ciencia puede ayudarnos a entender, pero el entendimiento solo vale si se pone al servicio de la dignidad. De eso trata el puente entre neurociencia y Humanidad. De mirar el cuerpo para cuidar al Yo. De entender la emoción negativa para intentar navegarla disminuyendo el sufrimiento. De reconocer la fragilidad individual para construir Comunidad. Y, al final, de recordar que la vida no es solo resistir, sino encontrar formas más profundas y más humanas de estar juntos.

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QR de la entrada sobre la segunda parte del seminario de neurociencia de la emoción, por Juan Anaya Ojeda. Puedes compartirlo o usarlo en tus diapositivas, citando al autor

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